Entrevista a Gonçalo M. Tavares

Escritor

Reconocido con el prestigioso Premio Formentor de las Letras (2026), el portugués Gonçalo M. Tavares (1970) se reafirma en la cumbre de la creación contemporánea. Con este merecido reconocimiento, que consagra a las mentes más brillantes de las letras, el autor nos revela su fascinante universo creativo.

Juan Alberto Vich Álvarez— Creció en una casa rodeado de ciencia. Su padre, ingeniero; su madre, matemática. Aún recuerdan sus amigos de la infancia, la devoción que tenía por los números. ¿Qué lugar ocupó la literatura en aquellos primeros años y cómo terminó por imponerse?

Gonçalo M. Tavares— Siempre leí mucho. Con el tiempo, la literatura fue avanzando de manera subterránea, como una inundación lenta. En cierto momento, todas las mañanas fueron sagradas para la lectura y la escritura, convirtiéndose en una disciplina casi militar a los dieciocho años. Ha sido un entusiasmo orgánico que se ha impuesto al resto de cuestiones que también me interesaron: ingeniería, matemática, fútbol…

J. A. V. A.— Conserva aún, en su escritura, cierto proceder científico, quirúrgico… Una labor de atomización que condensa, que concentra… ¡Señor Síntesis!, lo bautizaría nuestro querido Vila-Matas. Pero si la ciencia define y la literatura expande, ¿de qué manera resuelve esta aparente contradicción?

G. M. T.— Una bella cuestión. Me gustan las síntesis que tienen infinitas interpretaciones y situaciones, una síntesis que expande. La síntesis que yo pretendo desde el lenguaje atiende el ánimo de decir con rapidez lo que busco transmitir, pero no necesariamente con exactitud matemática, sino desde un desorden medido, desde una inquietud de la sentencia. Es decir, una síntesis no concluyente, más bien una que sirve de inicio para el pensamiento.

J. A. V. A.— Concibe la escritura como una necesidad orgánica, más física que intelectual. Siente irritación, si no tiene ocasión de escribir en el día… Hay ansia, pero también paciencia y pausa. Así lo requiere la corrección y la maduración de los textos. Escribió Jerusalén en 1999 y lo publicó en 2004, escribió Un viaje a la India en 2002 y lo publicó en 2010. ¿Qué le sugiere que un texto está ya listo para su publicación?

G. M. T.—
Escribo rápido, como un loco, como un animal. Puedo escribir veinte páginas en una mañana. Apresurado. Sin colocar las letras en su lugar. Después reviso los textos, corto y pego, los ordeno. Pasados los años, retorno a los libros y los publico si veo que no tengo que nada más que añadir o retocar. En efecto, así se pueden demorar diez años. El fin de Estados Unidos de América, un libro que saldrá en breve en España, fue escrito en 2019.

J. A. V. A.— A comienzos de los 2000 publicó varios títulos estrechamente vinculados a la poesía: Livro da Dança (2001), 1 (2004), Investigações Geométricas (2005)… ¿Regresará a ella? ¿Cuál es su relación con esta y qué posición ocupa en el conjunto de su trabajo?

G. M. T.— Para mí la división de los géneros literarios (poesía, ensayo, novela…) no es muy clara. Por ejemplo, la epopeya que acabo de mencionar, la que no tardará en publicarse en vuestro país, es poesía, pero también prosa… Sería como un lenguaje que está en medio de ambas. De modo que nunca he abandonado la poesía, al entenderla como la preocupación por las palabras. El lenguaje tiene el poder de contener todos los géneros literarios. Una única frase puede concentrar el ensayo, el pensamiento, el sonido, la poesía, la narrativa… Todo está muy conectado.

J. A. V. A.— Pensaba en Mylia, y en esos dolores buenos y malos que sintió aquella noche junto a la iglesia. ¿Acaso no están siempre en competición? Son motor y freno al mismo tiempo. Su literatura se centra en estos dolores universales: deseo, poder, pasión, violencia…

G. M. T.— En todas mis novelas he intentado entender al ser humano, de qué animal se trata; porque antes que lenguaje, el humano tiene organismo, violencias, deseos, miedos… ¡El miedo no viene del lenguaje! ¡El deseo tampoco! Son cosas orgánicas. Yo intento que el lenguaje pueda hacer que entendamos mejor la «animalidad» de lo humano (y no en sentido negativo, necesariamente). Todo mi trabajo tiene este fin.

J. A. V. A.— Hay algo político en todo esto, algo que reivindica la tan esencial inutilidad del arte para el ser humano. Una inutilidad muy valiosa, que enriquece y renueva, estimula y provoca, despierta del letargo. En muchos de sus libros pretende precisamente eso, dar un giro a géneros que dejaron de estar en boga: la enciclopedia, la epopeya…

G. M. T.— No me interesa la política en sentido partidario, sí en su sentido clásico de la polis. La ciudad es una invención extraordinaria, de poner a personas de distintas edades y destinos muy cerca, sin matarse los unos a los otros. Esta es la gran política. El lenguaje es necesario para estos fines y, por tanto, también la literatura, que refuerza el pensamiento. Las democracias necesitan lecciones no tanto de defensa personal sino vinculadas al lenguaje. Muchos de los crímenes que vemos son cometidos por el lenguaje. No vernos engañados por el lenguaje es una tarea de los ciudadanos de las democracias. La literatura tiene toda la potencia del lenguaje funcionando: la ironía, lo subliminal, el humor, la metáfora… Leer es la mejor manera que tienen las personas de prepararse ante los infinitos engaños que la política democrática promueve en los diferentes medios. Dominar el lenguaje permite a uno defenderse mejor.

Me gusta recuperar géneros literarios como, p. ej. la epopeya, que decían que estaba desactualizada. Me interesa mucho la idea de recuperar lo viejo de la literatura y plasmarlo desde nuevos deseos y con una intensidad también renovada.

J. A. V. A.— Ha sido estupendo tener la oportunidad de conversar con usted, Gonçalo. Muito obrigado.

G. M. T.— Muchas gracias, Juan Alberto. Ha sido un placer.