Eva Beriain
Poeta
Fecha de publicación: 06/10/26
«Quería morir con las botas puestas, escribiendo». Santiago Aizarna pronunció más de una vez esta frase con esa mezcla suya de ironía y obstinación que hacía difícil saber dónde terminaba la broma y empezaba la confesión. Murió en Donostia el 9 de octubre de 2025, a los 97 años. Había dejado de escribir unos seis meses antes, cuando el cuerpo ya no se lo permitía. De leer, sin embargo, no dejó nunca.
Quizá convenga empezar por ahí. No por el escritor, sino por el lector. Porque en Aizarna la escritura parece nacer de una curiosidad anterior y más profunda: la necesidad de leer, de mirar, de enterarse de las cosas. Los libros ocuparon las paredes de su casa hasta convertirla en una suerte de biblioteca habitable. Se ha hablado de más de 35.000 volúmenes entre habitaciones, paredes y pasillos. La cifra resulta casi desmesurada, pero ayuda a imaginar una existencia en la que los libros no eran decoración ni patrimonio: eran materia cotidiana. Antes de ocupar un espacio, aquellos libros habían pasado por sus manos.
Nacido en Oiartzun en 1928, Aizarna perteneció a una generación que hizo de la cultura donostiarra un territorio de revistas, periódicos, tertulias, conferencias y premios. Su nombre aparece ligado a Noray y, más tarde, a Kurpil, revista que contribuyó a fundar y que dirigió entre 1973 y 1977. También participó en la creación del Premio Ciudad de San Sebastián. No fue, por tanto, un escritor situado al margen de la vida cultural de su ciudad, sino alguien que durante décadas estuvo dentro de ella, interviniendo, organizando, escribiendo y leyendo.
Su obra publicada es difícil de encerrar en una sola categoría. Comenzó con Los pecados de la calle en 1956 y publicó después El carrousel de la vida, Cuentos con hombre, La mujer de Lot, El ojo insomne, Crímenes truculentos en el País Vasco, Amesgaitzak y Don Pío, el Chapelaundi, entre otros títulos. Escribió narrativa, poesía, ensayo, crítica y artículos. Ganó en 1967 el Premio Ciudad de San Sebastián con Al terminar la fiesta y obtuvo también el Premio de Novela Puente Colgante de Portugalete por Los zamuros, novela que decidió no publicar.
Ahí aparece una de las contradicciones más fértiles de su trayectoria. Aizarna escribió mucho, pero no pareció especialmente interesado en construir una carrera literaria en el sentido convencional. Una parte considerable de su obra permaneció inédita por voluntad propia. En sus textos autobiográficos manifestó su desconfianza hacia la publicación y hacia la solemnidad del oficio. Podía escribir sin publicar y, al mismo tiempo, dedicar buena parte de su vida a escribir.
No se trata de una pose. En sus textos autobiográficos hay una desconfianza constante hacia la institución literaria, hacia la solemnidad del oficio y hacia el prestigio que suele acompañar a la palabra «autor». Aizarna podía ganar un premio, fundar otro, dirigir una revista, publicar durante décadas en un periódico y, al mismo tiempo, afirmar que escribir era «una tontería como otra cualquiera». Llegó incluso a explicar su resistencia a publicar por cuenta propia con una frase que resume bien su actitud: «sin mi concurso, ya se publican libros en exceso». Conviene tomarlo en serio, pero no literalmente. Porque ningún hombre que dedica buena parte de su vida a escribir cree del todo que escribir sea una tontería. En Aizarna la contradicción resulta más fértil: rebajar la importancia de la literatura mientras se le entrega la vida.
Quizá por eso resulte más exacto hablar de él como un hombre de escritura. Durante décadas, ese territorio fue El Diario Vasco. Allí desarrolló una labor periodística de una continuidad difícil de medir desde el presente: crítica cinematográfica, comentarios literarios, reportajes, artículos, crónicas de pelota y textos sobre asuntos muy diversos. También firmó bajo el seudónimo Jaime Aizpitarte. En su propio autorretrato hizo una contabilidad de miles de artículos; quienes han recuperado y digitalizado su archivo hablan de más de 22.000 textos de prensa.
La cifra importa menos como récord que como medida de una permanencia. Durante cerca de setenta años, Aizarna estuvo entregando desde las páginas del periódico una forma cotidiana de información cultural. Libros, autores, cine, ciudad, personajes, acontecimientos, pequeñas historias: una parte de la conversación cultural de varias generaciones pasó por su escritura. Hay aquí una deuda que solo se vuelve visible cuando desaparece quien la sostuvo. Mientras un columnista escribe durante décadas, su presencia acaba formando parte del paisaje. El lector abre el periódico y encuentra una firma que ya conoce. Solo cuando las columnas quedan vacías se comprende que no se trataba únicamente de artículos aislados, sino de una labor de mediación cultural. Aizarna leía y devolvía a los lectores una parte de aquello que había encontrado.
El periodismo no fue, por tanto, una actividad secundaria frente a la literatura. Fue otra forma de escritura, otro modo de mirar. El periódico le proporcionaba el contacto permanente con la realidad, con sus personajes, sus conflictos, sus rarezas y sus pequeñas historias. En Aizarna hay siempre algo del cronista, incluso cuando escribe sobre literatura.
Esa mirada explica también la variedad de sus intereses. Crímenes truculentos en el País Vasco parte de la fascinación por el suceso y por la memoria local. Don Pío, el Chapelaundi vuelve hacia Pío Baroja y hacia una tradición donostiarra en la que la literatura, la ciudad y la conversación se mezclan. Su literatura realista participa además de cierta crítica social, pero quizá sea más interesante atender a su mirada que a sus tesis: Aizarna se fija en las zonas laterales de la historia, en personajes, episodios y voces que difícilmente entrarían en una versión solemne de la cultura.
Su proximidad a Pío Baroja resulta sugestiva, aunque no convenga convertirla en una filiación automática. Hay afinidades: la mirada sobre la ciudad, el interés por los personajes excéntricos, la desconfianza ante las convenciones y cierta resistencia a la solemnidad. Aizarna no parece necesitar grandes sistemas. Le interesan las historias, los tipos humanos, las conversaciones, las anomalías.
Y, sobre todo, le interesa leer. Quizá por eso El gramaturgo perplejo resulte tan revelador. La palabra «gramaturgo» fue acuñada por su editor para nombrar al avezado escribidor de voraz y profunda lectura que ha hecho del oficio una liturgia. El término tiene algo de juego verbal y algo de definición. Describe a un escritor cuya escritura parece inseparable de una biblioteca y cuya biblioteca parece inseparable de su escritura.
El título funciona casi como un pequeño autorretrato. Y resulta especialmente apropiado para sus últimos años. Aizarna se jubiló del periódico, pero no de la literatura. Después de abandonar la redacción continuó trabajando sus textos con su editor. De esa etapa proceden La soledad de Bruno y otros escritos (2024), El gramaturgo perplejo (Torres Editores, primera edición, octubre de 2024) y El decaedro regular y otras lecturas (Torres Editores, 2025).
La recuperación de su archivo periodístico permitió seleccionar y digitalizar relatos, críticas literarias y artículos que dieron forma a esos tres volúmenes. No son, por tanto, simples reliquias aparecidas después de su muerte, sino parte de una última etapa de trabajo. El hombre que durante décadas había llenado periódicos de lecturas, comentarios e historias terminaba reuniendo parte de aquel material en libros. La prensa, que había sido su espacio cotidiano, regresaba a la biblioteca.
Tal vez por eso tampoco convenga llamarlo simplemente «un escritor olvidado». La expresión explica poco. Aizarna no estuvo ausente de la cultura de su tiempo. Al contrario: estuvo presente durante décadas, aunque una parte de su obra quedara repartida entre libros, periódicos, revistas, archivos y manuscritos. Una parte está en las bibliotecas; otra, en las hemerotecas.
Su último artículo publicado, en 2023, llevaba un título casi programático: De lecturas, ¡cómo no!. Resulta difícil encontrar una despedida más coherente. Incluso cuando su movilidad se había reducido considerablemente, la lectura permanecía. Siguió leyendo El Diario Vasco hasta el final. La escritura se detuvo cuando el cuerpo ya no pudo acompañarla; la lectura no.
La vejez fue estrechando físicamente su mundo. Apenas salía de casa. Pero las paredes seguían llenas de libros. El exterior se hacía más pequeño mientras el mundo de las páginas permanecía abierto.
Esa imagen permite entender también la deuda cultural que deja su desaparición. Durante cerca de setenta años, Aizarna realizó una tarea que puede parecer invisible mientras existe: leer, seleccionar, comentar y compartir. Hacer circular la cultura. Poner un libro, una película, un autor o una historia delante de los ojos de alguien que quizá no los habría encontrado por sí mismo. No hace falta fabricar una leyenda. Tampoco convertir a Aizarna en algo que probablemente él mismo habría mirado con ironía. Su singularidad está en haber sostenido durante décadas una conversación con los lectores sin convertir esa conversación en una ceremonia de sí mismo.
«Quería morir con las botas puestas, escribiendo». La frase adquiere ahora un sentido más amplio. No se trataba solamente de seguir escribiendo hasta el último día, sino de permanecer dentro del oficio mientras fuera posible: leyendo, escribiendo, revisando, preparando libros. Se jubiló del periódico, pero no de la literatura. Y cuando la escritura finalmente tuvo que detenerse, quedó todavía la lectura.
Quizá sea esa la imagen que conviene conservar de Santiago Aizarna: no la del escritor que produjo una obra perfectamente cerrada, sino la del lector que durante casi un siglo no dejó de buscar algo al otro lado de las páginas. Un hombre que escribió más de 22.000 artículos, que vivió rodeado de miles de libros y que todavía, al final, seguía leyendo.
Las páginas de sus columnas están ahora vacías. Pero quizá la mejor manera de saldar aquella deuda cultural no sea llenar ese vacío con elogios, sino volver a leerlas.
