Memento mori

De la multitud de los muertos diré (…) que les fue más fácil contar los que quedaban vivos

Álvaro Ibáñez Fagoaga
Historiador

El sueño de Occidente como divinidad intocable ha caído. Las viejas pandemias parecen no estar tan lejos como habíamos pensado.

Hace cuatro siglos, Sevilla, epicentro por aquel entonces del comercio con las Indias, y capital económica del estado más extenso y poderoso de la Edad Moderna, sufriría también el implacable azote de la más temida de ellas: La peste.

El contexto político de la Monarquía Hispánica en los tiempos en los que la peste asoló su capital económica (1649) no pasaba por el mejor de sus momentos:

Varias décadas antes, Felipe III (1598-1621), consciente de la inviabilidad económica de una guerra in perpetuum frente a Europa, intentaría infructuosamente el viraje de la política internacional de la Monarquía hacia un nuevo objetivo: la búsqueda de la paz.

Fueron estos los tiempos de la Pax Hispánica (1598-1621). Una paz que, si bien no logró sus objetivos a largo plazo, otorgaría un imprescindible balón de oxígeno a una economía castellana exhausta de la perenne belicosidad esgrimida por el César Carlos (1516-1556) y su prudentísimo hijo Felipe (1556-1598), siempre generosos ante el derroche de recursos en pos de la reputación de la Corona.

Sin embargo, la paz lograda por el Rey Piadoso se resolvería efímera, y apenas dos décadas después de su vertebración, estallaría la mayor conflagración bélica vivida hasta entonces en Europa: La Guerra de los Treinta Años (1618-1648).

Y que tuvo, por otra parte, un discreto inicio:

En 1618, la nobleza protestante bohemia, recelosa de la militante catolicidad del Emperador Fernando II, arrojaría por las ventanas del Castillo de Praga a los delegados imperiales al tiempo que ofrecía el trono al protestante Federico V del Palatinado, alzándose así no sólo frente al poder de los Habsburgo, sino también frente al dominio católico de Bohemia.

La petición de ayuda del Emperador a su primo, el rey Felipe IV (1621-1665), llegaría en un momento en el que las arcas se encontraban, como era ya costumbre, exhaustas y agotadas.

El Conde-Duque de Olivares, valido del Rey Planeta, resolvió entonces enviar a los Tercios de Flandes para acabar con la sublevación antes de que la cosa fuese a mayores.

Y de pronto, la mecha de la guerra prendió Europa.

Aterrados ante el arrollador empuje de los Habsburgo, Inglaterra, Dinamarca, Suecia y finalmente Francia engrosarían las filas de los enemigos de la Casa de los Austrias.

Europa entera se vería transformada en un gigantesco campo de batalla.

También los Países Bajos redoblarían sus esfuerzos en pos de su independencia, abriéndose de paso, en medio de la Guerra de los Treinta Años, la segunda fase de la Guerra de los Ochenta Años (1568-1648).

La tan famosa Guerra de Flandes.

La Monarquía, rodeada de enemigos, resistiría obstinadamente durante las tres primeras décadas de la contienda.

Sin embargo, en 1640, llegaría el Annus Horribilis:

Portugal, Andalucía, Aragón, Cataluña, Sicilia y Nápoles conspirarían o se rebelarían abiertamente frente a la Corona desatando un cataclismo de proporciones bíblicas en el fuero interno de la Monarquía.

Y tras un sinfín de cruentas batallas y larguísimos asedios, en Flandes se puso el sol.

Centrada en mitigar sus rebeliones internas, la corte de Madrid asistió con pavor a las noticias venidas desde Flandes. A las afueras de Rocroi (1643), en la Champaña francesa, el Ejército de Flandes, el mejor y más preparado de los ejércitos de Europa, había caído derrotado.

A partir de entonces se perdería definitivamente la iniciativa militar. Con el núcleo duro del tercio capturado, la maquinaria militar de la Monarquía perdería punta y filo.

Tras Rocroi, las picas de los Austrias no estarían en posición de hacer temblar de nuevo a Europa.

Así las cosas, apenas un año antes de la llegada de la peste, con sus arcas vacías, el núcleo de sus mejores combatientes apresados y las sublevaciones asolando la Península, el imperiodonde-ya-sí-se-ponía-el-sol diría adiós a su indiscutible hegemonía con la firma de las Paces de Westfalia (1648).

Al parecer, Dios había dejado de ser español.

Pintura de Alonso Sánchez Coello

En cuanto a la condición indiana y colonial de Sevilla, su posición central dentro de la Carrera de Indias hizo de ella una de las grandes capitales comerciales de la Edad Moderna.

El exclusivismo comercial era entonces consustancial a la idea de colonia, y la vertebración del monopolio su más lógica consecuencia.

Sevilla era pues la única puerta de entrada y salida con el Nuevo Mundo, ocupando así las vegas y riberas del Guadalquivir un lugar central en el panorama económico mundial.

El Guadalquivir era el soporte de la ciudad. Su condición más esencial. La fuente principal de su monumental riqueza.

Como consecuencia de este lucrativo monopolio, Sevilla aumentaría vertiginosamente su población a lo largo del siglo XVI, pasando de una población de 35.000 habitantes a principios del quinientos, a ser la quinta urbe más poblada de Europa para mediados del siglo XVII (135.000 habitantes).

La naturaleza del comercio hispalense discurría entonces en una lucha contante entre la especulación, el fraude, la picaresca y el contrabando. Entre la actividad imparable y frenética ante las puntuales llegadas de la Flota de Indias y los interminables tiempos muertos sumergidos entre mentiras, rumores y bancas rotas.

Sin embargo, la explosión comercial vivida durante el siglo XVI viviría una compleja transformación con el paso de siglo.

Pese al veto formal sancionado por la Casa de Contratación de Sevilla al respecto de la participación extranjera la Carrera, la capacidad de respuesta financiera y manufacturera necesaria para articular la superestructura comercial de la Carrera de Indias era inasumible para Castilla, único reino de la Monarquía Hispánica con derecho a comerciar con las Indias.

En la práctica, una vez entrados en el siglo XVII, el Monopolio no era más que una entelequia.

La falta de estructuras productivas y financieras necesarias para articular de manera efectiva el comercio con América, sumada a la prohibición oficial de la participación extranjera, propició una economía sumergida que, para mediados del siglo XVII, no solo llegaría a rivalizar con el volumen oficial (y legal) registrado en la Casa de Contratación, sino que haría gravitar el control de la Carrera hacia ciudades como Ámsterdam, Amberes o Génova.

Los datos ofrecidos por José María Oliva Melgar, catedrático de Historia Moderna de la Universidad de Huelva, resultan demoledores:

Para mediados del siglo XVII, la exportación de textiles manufacturados en el extranjero suponía ya el 63% del volumen total exportado a las Indias. Y Génova, gracias a sus mecanismos financieros y a su posición de privilegio dentro de la Monarquía, llegaría a acumular el 35% de los metales preciosos venidos del continente americano.

Y todo esto prácticamente sin pasar por el fisco.

Para mediados del siglo XVII, el embudo sevillano no era más que un profundo coladero.

Sin embargo, los espejismos áureos y argentarios seguían esperanzado a la Corona a proseguir con una política exterior que, inevitablemente, acababa recayendo en los exhaustos bolsillos castellanos.

Del César Carlos (1517-1547) a Carlos II “El Hechizado” (1665-1700), Oliva Melgar afirma que la política exterior de la Monarquía hipotecó y sentenció cualquier tipo de desarrollo comercial e industrial efectivo dentro de Castilla, que a través de su tan preciado comercio indiano apenas conseguía sufragar el 45% de los costes militares.

Y como apuntaría acertadamente en las conclusiones de su estudio, el Monopolio de las Indias tan sólo fue una oportunidad de enriquecimiento que, por las condiciones políticas de la Monarquía, sumadas a la problemática inherente a la propia naturaleza de la Carrera de Indias, realmente nunca existió.

Sevilla era un mito, un ilusorio estado de ánimo.

Y también un territorio literario:

La novela picaresca afincada en la ciudad hispalense ejemplificó a la perfección el abrumador contraste entre el meteórico enriquecimiento de un reducido patriciado urbano frente a unas clases populares inmersas en el hurto, la violencia y el embrutecimiento derivados de una pobreza estructural que el sistema económico indiano poco hizo por cambiar.

Delincuencia y miseria convivían a diario con la opulencia y fastuosidad de las grandes flotas indianas atracadas en los muelles del Guadalquivir.

Sevilla era pues también, como el propio Cervantes afirmaría en sus obras, ciudad en la que “Por maravilla se pasa un día sin pendencias”, ciudad en la que “Con la misma facilidad se mata a un hombre que a una vaca”, y que en sus profundidades era ante todo un “Refugio de desechados”.

Ni la dignidad imperial ni la fastuosidad mercantil mostraron jamás una preocupación real por aliviar las condiciones de vida de las clases populares de la ciudad.

Así las cosas, en los tiempos en los que la peste asoló la metrópoli del primer gran imperio moderno, la grandeza austríaca, la pompa indiana y la miseria hispalense convivían en una permanente oscilación entre la armonía y el caos.

El inicio de la tragedia vino precedida por unas enormes crecidas que, además de asolar las barriadas populares de la ciudad, derivaron en una aguda crisis de subsistencias.

El hambre asomaba ya por los arrabales de Sevilla para cuando las noticias de los primeros infectados hicieron su aparición ante el Cabildo.

Rápidamente, se constituyó la Junta Real de Sanidad Pública para la adecuada gestión de la epidemia.

El Hospital de las Cinco Llagas, obra maestra de la arquitectura civil andaluza del Renacimiento, habilitaría con extraordinaria rapidez 18 nuevas salas con una capacidad que oscilaba entre los 50 y los 300 enfermos por estancia. Además, se decretó la quema inmediata de la ropa de los contagiados, sumándose esto a la obligatoriedad del enterramiento de aquellos que hubiesen fallecido como consecuencia de El Contagio.

Sin embargo, el número de enfermos escaló a tal nivel que era necesario traerlos masivamente en grandes carretas, y la mortalidad de estos era tan alta, que todos ellos eran obligados a recibir los Sacramentos previa entrada al hospital.

Poco después, el hospital colapsó.

Los enfermos comenzaron a hacinarse a las puertas del enorme edificio, convirtiendo el camino desde la Basílica de la Macarena hasta el hospital en una escena digna del más profundo de los infiernos de Dante.

La psicosis colectiva comenzó entonces a hacer mella, y una contraproducente avalancha de ayunos, penitencias y multitudinarias procesiones se sucedieron a lo largo y ancho de la ciudad.

Todos los perros y los gatos de la ciudad fueron también ajusticiados en masa como medida preventiva ante el contagio.

Fue este el momento en el que llegó el previsible colapso de los cementerios.

6 grandes fosas comunes fueron abiertas entonces a las afueras de la ciudad como medida extrema, aunque pronto se mostrarían de nuevo como insuficientes.

El pico de la epidemia, que tuvo lugar a finales de junio, coincidió además con un inesperado eclipse lunar; 4.000 personas fallecieron al día siguiente, y los mensajes apocalípticos iniciaron también su propagación a través de las mentes más afectadas por la tragedia.

El descontrol y la muerte masiva de enfermeros, médicos y enterradores llegó hasta tal punto, que vecinos y familiares comenzaron a cavar sus propias tumbas en las puertas de sus casas.

El Hospital de Triana, habilitado como consecuencia del colapso del de Las Cinco Llagas, vivió poco después la escena más cruda e inhumana de la epidemia.

El 20 de julio de 1649 se declaró el cierre total del hospital. Con los enfermos dentro.

Puertas y ventanas fueron tapiadas, y 12.000 enfermos fueron encerrados dentro sin esperanza alguna de salvación.

En el Hospital de las Cinco Llagas, sede actual del Parlamento de Andalucía, más del 80% de los ingresados (22.900) no lograron sobrevivir a la enfermedad, siendo una enorme cantidad de ellos enterrados en otras 18 pequeñas fosas que debieron ser habilitadas en el actual Parque del Parlamento.

Fue el más trágico suceso que ha tenido Sevilla, y en que más experimentó cercana la muy miserable fatalidad de ser destruida”.

En apenas 4 meses, el 50% de la población de la ciudad (60.000 personas) murió como consecuencia de la peste, siendo esta la mayor calamidad vivida jamás por la ciudad de Sevilla.

La población hispalense no volvió a sobrepasar los 100.000 habitantes hasta bien entrado el siglo XIX.

Bibliografía, notas y fuentes:

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Floristán, Alfredo (Coord.) (2011) Historia de España en la Edad Moderna. Madrid: Ariel.

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Oliva Melgar, José Mª (2011) El Monopolio de Indias en el Siglo XVII y la Economía Andaluza: La oportunidad que nunca existió. Huelva: Servicio de Publicaciones de la Universidad de Huelva.

Jiménez Montes, Germán (2016) Sevilla, Puerto y Puerta de Europa: La Actividad de una Compañía Comercial Flamenca en la Segunda Mitad del Siglo XVI. Groningen: Ediciones Universidad de Salamanca.

Villar García, Mª Begoña (2010) Baetica. Estudios de Arte, Geofrafía e Historia: Violencia y Delitos en los Tiempos Modernos. Málaga: Universidad de Málaga.

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Cervantes, Miguel (1613) Rinconete y Cortadillo. http://cervantes.uah.es/ejemplares/rinconete/rinconet.htm