Ludwig Van y el sabor de las cerezas

Gorka Sánchez
Ingeniero de diseño industrial

Pintura: Juan Gabriel Vich

Quiero hablaros de un recuerdo de mi infancia. Mi abuelo tiene una radio alemana de marca Grundig sobre la mesita de noche de su habitación. Puntera tecnología germana y mobiliario rococó, clichés de otra época, como las pesadas sillas Louis XIV, XV o XVI, que su hermana trajo de un château francés de Avón, en las afueras de París, llamado Bel Evat. En este pintoresco castillo trabajó al servicio del matrimonio Dommange, donde el patriarca Renè ejercía como editor musical del sello de clásica Èditions Durand. Se trata de una historia ligeramente adulterada que mi abuelo me ha contado en repetidas ocasiones. Debido a mi reciente lectura de “Los Restos del día” de Kazuo Ishiguro, quiero tomarme la licencia de establecer paralelismos con el argumento de la excelente novela. En mi imaginación, la tía abuela que jamás llegué a conocer es la ama de llaves que organizaba los servicios para atender a Camille Saint-Saëns, Claude Debussy o Maurice Ravel, ya que estos frecuentaban la casa del editor, un musicólogo explorador de sonidos de vanguardia y jazz que administraba los derechos de publicación de algunas de sus obras (Catálogo completo de Maurice Ravel). Quizás, es posible que al igual que Lord Darlington, el protagonista de la novela de Ishiguro, los tumultuosos años de la Europa entre-guerras, desde el Tratado de Versalles hasta la sorprendente decadencia de La Francia ocupada, con el gobierno títere de Vichy al timón, colocaran al señor Renè en complejos escenarios donde la metralla de nuestras decisiones puede causar grandes daños colaterales…

¿Cómo de lejana es la ficción histórica de Ishiguro con respecto al mundo de mis protagonistas? Me pregunto a qué lugares pertenecerán las élites excepcionalmente poderosas, discreción y cautela como etiqueta, bienintencionados o quizás equivocados en sus juicios, a salvo o condenados tras adentrarse en los campos magnéticos de Mosley o Pétain… Pero en lo que al humilde servidor confiere, después de un arduo día de trabajo podrá regresar satisfecho de su labor al camarote, para la escucha de su cuidadosamente seleccionada lista de reproducción “Restos del día” y así evadirse, amar o conspirar.

Parte de los LP’s de la colección de mis abuelos viajaron desde algún armario de aquel château hasta su actual cápsula del tiempo. Habrán sido testigos, a través de su hueco central, el ojo que todo lo ve, de conversaciones secretas, tensiones FrancoPrusianas como las de los tiempos de Ludwig Van, a quién me gusta llamar así en honor a Alex DeLarge, el rebelde de la Naranja Mecánica. Fue en la radio Grundig, durante una siesta con la habitación más allá de la oscuridad, cuando escuché por vez primera la Sonata para Piano n.º 14, Quasi una fantasía, popularmente conocida como Claro de Luna, reproducida en cassette de sonido polvoriento y “granulado heavy”. Empachado, aquella tarde me tocaba volver a clase y la idea de separarme de la tierna compañía de mi abuelo, el calor y la seguridad del hogar, me sumió en un estado de melancolía nada más comenzar los tresillos del primer movimiento. Mi veredicto: “Es tristísima”. Aún a día de hoy, no sé cómo calificar el sentimiento que me produce escucharla. Los colores nacarados y el tejido óseo están ahí, llegándome al alma, hasta el punto de temer que posteriores escuchas pudieran sumirme en semejante estado, ¡Oh Poderosa cinta! Años más tarde, durante un zapping, probablemente en busca de Los Simpson, volvimos a escucharla en el spot Rayos X de Renault. “La canción es muy muy triste, los esqueletos en movimiento un misterio maravilloso, ¿Cómo lo habrán hecho? …” Seguridad Renault, la nueva referencia a seguir.

Ambos tomamos lecciones de piano y hemos pasado a engrosar las filas de los pianistas frustrados. Con el tiempo he cambiado el grand piano por el Arturia Microbrute, donde el arpeggiator se me antoja más sencillo, intuitivo e interesante que cualquiera de los ejercicios técnicos para pianoforte de Beyer (Ferdinand, clásica publicación de partituras para neófitos; si aún queda en pie, disponible en la tienda Donostiarra Herviti). Mi memoria musical todavía recuerda el inicio de Für Elise, a dos manos y con relativa fluidez. Para muchísima gente, este es el único poso de aquellas lecciones infantiles de piano. La comedia de animación Inside Out hace un guiño a este hecho que siempre me ha parecido cuanto menos curioso.

Me divierte imaginarme a un personaje que se resiste a que la música clásica sea interpretada de forma electrónica. ¡Menuda aberración! Carnaza para los críticos del la reputada tirada Allgemeine musikalische zeitung. El “chunda chunda” es un filón por el que merece la pena seguir indagando, pese al embrollo de los derechos de autor. En la pasada primavera d.C. (新冠肺炎), durante la frenética semana de reapertura de cines, para gusto de los fanáticos hambrientos de séptimo arte, se volvieron a proyectar algunos clásicos de Kubrick, como La Naranja Mecánica. Palomitas, Haribo y Moloko Plus aparte, la música trans-electrónica de Wendy Carlos es uno de los aspectos a destacar de la película. La Oda a la Alegría pasada por vocoder y la Obertura de William Tell de Rossini resonaban como una fiesta de neón en mi cabeza al finalizar el visionado. Los elogios al maestro Beethoven en jerga Nadsat, inglés con préstamos lingüísticos rusos y rimas cockney, son genuínas muestras de admiración por parte del protagonista de esta distopía. Solamente su música es capaz de llevar a la plenitud al pequeño Alex, con quien el ideal romántico de la explosiva personalidad Beethoveniana tiene muchas similitudes. Anthony Burgess se basó en estas concepciones a la hora de proyectar a su antihéroe.

En el año 2014, Jan Swafford publicó una detallada biografía de Beethoven, la voluminosa Angustia y Triunfo, que ocasionalmente he consultado como fuente de documentación para realizar este escrito. El 16 de diciembre de este año se cumplirá el 250 aniversario de nacimiento del genial compositor, así que levantemos nuestras copas de vino sin plomo para brindar por su brillante espíritu. Dediquémosle una humilde reflexión, puesto que “these days” requieren más que nunca de su energía.

Beethoven combatió una extenuante batalla contra la sordera, una pérdida auditiva gradual que lo fue aislando tanto de su entorno profesional, como de su círculo de amistades. Aparte de la propia muerte, ¿Existe algo peor que quedarse sordo para un músico? Al margen de sus penurias económicas u otros achaques derivados de su delicada salud, para un Ludwig curtido en adversidades tuvo que tratarse de su más terrible sufrimiento. Marcó el ocaso de su carrera como virtuoso intérprete del pianoforte, tras una infancia y juventud dedicadas al perfeccionamiento de su técnica. Señorías, dejándome llevar por la emoción, practicaba como un auténtico titán, sus duelos de salón contra otros virtuosos como Joseph Wölfl son antológicos.

Una temprana y rígida educación musical no sólo predestinaron al joven a continuar con la saga familiar de interpretes de la corte de Bonn, donde su abuelo el “Kapellmeister” brilló con fulgor, también hicieron de la música su lenguaje de expresión, incluso parte de su método para descifrar la realidad. Sólo a través de ella comprendía el mundo. Uno de sus primeros tutores, Christian Neefe, compositor de ópera y habitual en los círculos de la masonería e Illuminati, organizaciones que proliferaron durante la efervescencia del despotismo ilustrado en el Electorado de Colonia, fue quien moldeó la mentalidad de Beethoven, proveyéndole, creo yo, de las bases filosóficas que lo ayudarían a enfrentarse a futuras adversidades. Además de enseñarle “El clave bien temperado” de Bach, Neefe hizo que su joven discípulo se embebiera de los ideales de la ilustración, haciéndole ver que el lenguaje musical era depositario, vehículo y medio de expresión de todos aquellos conceptos que conformaban la nueva luz del mundo: libertad, igualdad y fraternidad. Uno de los documentos póstumos más célebres del compositor es una carta conocida como “Testamento de Heiligenstadt”, escrito durante un retiro en las afueras de Viena y dirigido a sus hermanos. Consciente de la irreversibilidad de la enfermedad que lo aqueja, ponderando el suicidio con el carácter de un Beethoven, aflora una descomunal fuerza de voluntad por realizar sus ambiciones artísticas. Se encomienda a sus dones, parte de su naturaleza, sin maldecir al arquitecto que no interviene. Sentir la alegría, el sabor de las cerezas, al menos una vez más, será la meta a alcanzar a través de su fuerza.

Desde Schiller a David Lynch, es importante que transcendamos el conflicto y el estrés, para que el sufrimiento no interceda y termine por ahogar a la creatividad. De esta manera lograremos crear buen arte. La conocida como tercera etapa musical o madurez artística del compositor lo consagró como genio universal de la música. Las posteriores loas de sus herederos románticos lo apuntalaron en el panteón de los grandes de la música. Me gusta creer que el rebelde y tempestuoso Beethoven se reconcilió con su difícil condición. Su carácter seguirá siendo objeto de muchas conjeturas. Según mi interpretación, en su madurez se sumió ocasionalmente en un raptus de armonía euclídea.

Pertti kurikka, en The Punk Syndrome, nos recomienda deshacernos de los discos basura para adentrarnos en el mundo de los dueños y señores de la “musica universalis”. Eso va para los reaccionarios del rhythm & blues y el Roll Over Beethoven de Chuck Berry. Aunque ambos viajen juntos en el disco de oro de la nave Voyager 1 que Carl Sagan envió al espacio, el cual incluye un tema de Chuck para honra de todos los adolescentes del planeta, yo pienso hacerle caso este 16 de Diciembre. Vaya despropósito, incluso compartiendo box-set con los sintetizadores de Laurie Spiegel. ¿No habíamos quedado en que el mix clásica-electrónica es un despropósito?

Collage: Gorka Sánchez

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