Tras la conquista de lo inútil

Gorka Sánchez
Ingeniero de diseño industrial

Fotografía: Javier Mina

En el segundo capítulo del ensayo Pandemia: La covid-19 estremece al mundo, el filósofo superestrella Slavoj Žižek analiza las tesis de otro de los pensadores del momento, el coreano Byung-Chul Han, para responder a la pregunta ¿Por qué estamos siempre cansados?

A continuación,sigue un desvergonzado y agradecido batido licuado a todo trapo de dicho capítulo. B. C. Han nos habla de autoexplotación, concepto que funciona especialmente bien para los trabajadores autónomos. A diferencia de las tareas agotadoras por repetición, como las líneas de montaje, o los cuidadores que se han de mostrar empáticos a todas horas, la fatiga de estos proviene de una intensa creatividad auto-exigida. Mirando más allá de la autodisciplina y sus frutos, como las sensaciones de disfrute ocasional en un proceso de trabajo, o la consecución de un objetivo, deconstruyamos el actual escenario de la era digital y la computadora como medio de producción. Veremos que prolifera lo denominado como trabajo inmaterial. Por ejemplo, todo aquel que posea un ordenador puede producir curros digitales y creativos, pero, ¿Cómo se capitaliza este trabajo bajo las circunstancias actuales? Clima urgente, economía enclenque, ¡No bajes la guardia!, ¡No te relajes! Todos conocemos esta clase de lenguaje, te devora. Stop.

La digitalización forzada es uno de los cambios en el tradicional paradigma de trabajo que la pandemia ha traído consigo y el trabajador cuya única meta es avanzar en su carrera profesional no puede mostrarse impasible ante esta novedad. Instinto de supervivencia, o ante las oportunidades, dientes largos. Déjate succionar por el tornado de cursos relámpago online, alimenta tu sancti spiritu con la profética palabra de youtubers, el secreto del triunfo te costará unas pocas criptomonedas, escucha lo último de Nick Cave, “Let speculation In”. He aquí una versión del HOMBRE-PROYECTO de B.C. Han, con un centenar de tareas inconclusas en su portfolio, cada vez más agotado y carente de visión. Quizás haya representado su metamorfosis más acelerada y corrupta. Démosle otra vuelta. Su afán compulsivo por perseverar en el competitivo y difícil mercado lo obligan a optimizarse constantemente. Cuenta con los medios de producción para su trabajo y carece de limitaciones externas, solamente está en deuda consigo mismo. Si los logros que proyecta son lo único que le da forma, ya sean éxitos o fracasos enmascarados, se sumirá en un limitante conflicto personal, el círculo vicioso de autoexplotación.

La creatividad del individuo resultante ha mermado como una cabeza reducida por los jíbaros. Me resulta tan preocupante que me siento obligado a prescribirle alguna clase de tratamiento, tema que ocupará el resto del artículo. Queriendo ser funcional y monetario a toda costa, sus binoculares indiscretos para lo que la sociedad considera valioso e indispensable están desenfocados. Recalibrarlos exigirá paseos en máquinas imaginarias, grageas dulces multifrutas, y grandes dosis de estudio de lo inútil de la mano de un patafisico. Se trata de un termino acuñado por Alfred Jarry, dramaturgo francés, en la novela póstuma Gestas y opiniones del Doctor Faustroll, patafísico.

La mejor forma de explicar la ´patafisica (se escribe con apóstrofe y predomina el gusto por lo rimbombante) es haciendo un nombramiento para su canon internacional de celebridades. Mediante este documento oficial damos la bienvenida al ilustre inventor japonés Kenji Kawakami.

Kenji San es conocido por sus chindogu (珍道具), termino que podría traducirse como artículo o producto inusual. Durante los 90 fue editor de la revista Mail Order Life, catálogo de compras por correo de productos del hogar, dirigido a amantes del shopping que no podían disfrutar de la cercanía de los centros comerciales. Los buzones de los hogares japoneses se llenaban con una de nuestras lecturas favoritas, la publicidad, y Kenji decidió enviarnos un mensaje sobre nuestros hábitos de consumo.

Aprovechando algunos vacíos en la maquetación, comenzó a colar anuncios de sus propios inventos. He aquí una pequeña lista de estas rarezas: las pantuflas-fregona para gatos (asistencia felina para las tediosas tareas de limpieza del hogar), las gafas con embudo incorporado (precisión pupilar para aplicación de colirios, cada gota cuenta) o las máscaras con cremallera para un acceso bucal instantáneo, reduciendo nuestra exposición al aire contaminado de gérmenes. Podrás cerrar el buzón entre bocados y caladas, correrás menos riesgos.

Un sabotaje anarquista que terminó en éxito comercial no es la única paradoja tras este fenómeno. La combinación de mandamientos que siguen los chindogu desata en nosotros una respuesta psicológica especial. Par empezar, resuelven con eficacia un fenómeno particular y fallan de manera cómica para el resto de casuísticas. Nunca fueron creados por y para la estupidez, aunque las carcajadas que provocan nos hagan olvidar el éxito cosechado en su caso excepcional. Tienen el enorme poder de evocar o homenajear las iteraciones que perdemos en un proceso de diseño. Los caminos divergentes de la casi solución imaginaria se materializan ante nuestros ojos. No se usan ni se venden. Defiendo la eficacia de esta vía de pensamiento ante una crisis creativa, el estudio de lo excepcional, las anomalías, el cuestionamiento de lo ridículo. ¿Acaso temes llevarte una sorpresa al adéntrate en el porqué de lo inútil?

Para los que quieran más, aquí va otro plato fuerte de las conquistas de lo inútil. Lamento tener que dejar la edad de oro del Himalayismo y el mito de Sísifo para otra ocasión, pero siento un acuciante deseo de divagar sobre el director de cine Werner Herzog y su película Fitzcarraldo. El rodaje de esta fue tan memorable, accidentado y demencial como la propia obra. Por vez primera, podría estar pecando de falta de hipérboles. El día a día de esta épica cinematográfica puede seguirse en el diario de Werner, publicado como Conquista de lo Inútil o el documental Burden of dreams de Les Blank (documentalista del blues), quien temió regresar del Amazonas Peruano con síntomas de estrés post-traumático propios de un veterano de Vietnam. El tiempo transcurrido por Werner en el corazón de las tinieblas, le sirvió para convertirse en un connaisseur de la esencia de lo inútil.

¿Quién es Fitzcarraldo? He aquí una pequeña reseña basada en hechos reales. Es el varón del caucho que sueña construir una ópera en la ciudad de Iquitos, para que la voz de Enrico Caruso suene sobre los cantos de la piha gritona (lipaugus vociferans), pájaro amazónico. Para sufragar los gastos, adquiere una remota parcela que explotar, intacta hasta la fecha, por el reto que supone llegar hasta ella. La ruta más directa, navegar el río Ucayali, no es practicable. La travesía se vuelve muy angosta en unas gargantas conocidas como pongos, donde las aguas que bajan del altiplano andino se vuelven turbulentas debido al estrechamiento del caudal. Sin embargo, el curso del vecino Pachitea se acerca lo suficiente a nuestro río, en zona segura, pasados los rápidos. Sólo una montaña se interpone entre nosotros y nuestro objetivo.

A mi parecer, durante aquel rodaje Herzog se poseyó de la visión que roza lo temerario y la voluntad inquebrantable del propio Fitz o Aguirre, el protagonista de La Cólera de Dios. Decidió correr un destino digno de sus protagonistas. Se empeñó en subir un barco de vapor de 320 toneladas por una colina de 40 grados de pendiente. ¿Efectos especiales? No, gracias.

Algunos pueblos del amazonas peruano, como los aguarunas o machigengas que ayudaron a Werner durante el rodaje, creen que dios aún no ha completado la creación, volverá para terminar su obra cuando el hombre haya desaparecido. Esta sentencia incluye una metáfora sobre la jungla como ser vivo, de sofocante humedad, en imparable cópula, habitada por criaturas prehistóricas cazándose mutuamente… La miseria se manifiesta de forma tan exuberante que resulta abrumadora. Ante esta falta de armonía, nuestros sentimientos fluctúan entre la admiración y el aborrecimiento. Nos dejamos contagiar por la fiebre del oro, para después querer salir pitando.

Sin embargo, pese a los flechazos que tan de moda están por esos lugares, Werner Herzog supo que la visión del barco vapor ascendiendo por la colina nos pertenece a todos nosotros. Tuvo la suficiente entereza de mantenerse fiel a su misión, articular el extraño lenguaje de los sueños a través de su poética cinematografía. Aún a sabiendas de que ni los halagos, ni la Palma de Oro iban a borrar el amargo sabor de esta victoria. Cuando, por fin, el barco subió y descendió hasta el río vecino, pudiendo así completar la filmación de la escena más metafórica de la obra, Herzog no sintió atisbo alguno de alegría, aunque tampoco de dolor. Sólo la profunda conciencia de haber hecho algo totalmente inútil. ¿No será que las conquistas de lo inútil también pueden constarnos muy caras?

Espero que hayas llegado más confundido de lo que empezaste a este final, pero con el extraño pálpito de que los servicios de cena en el sushi de Kenji Kawakami y Werner Herzog funcionarían de maravilla. Nuestros tiempos necesitan esta clase de sacudidas de la realidad, con los consiguientes despertares creativos que provocan. Lo saben los ‘patafísicos, si transitamos este camino con respeto y cautela, habrá risas aseguradas y unas migajas de sabiduría.

¡Qué familiar nos es todo esto!

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