Pérdidas: tipos, lastres y logros

Martín Alonso Zarza
Doctor en Ciencias políticas

Fecha de publicación: 29/12/23

El escrito está organizado en tres partes[1]. La primera consiste en una aproximación a las distintas variedades de lo perdido por la acción criminal de ETA, la segunda y principal trata de las dificultades que impiden la recuperación de aquella parte de lo quebrantado susceptible de reparación, la última se ocupa de las instancias que, a pesar de los obstáculos, alientan la recuperación.

1. Variantes de lo perdido

Para abordar la tarea del título es conveniente preguntarse por diferentes manifestaciones de lo perdido. Cabe arrancar con un contrafactual: ¿cómo sería el hoy si ETA no hubiera existido? Para empezar no se habrían celebrado una veintena de seminarios de la Fundación Fernando Buesa, como tampoco los 22 actos de entrega de los premios concedidos por COVITE. Este contrafactual ilumina la primera y más radical categoría de lo arrebatado: la pérdida incondicional e irremediable. El año próximo habrá elecciones en el País Vasco, no podrá repetirse el debate electoral en ETB de junio de 1994, en el que participaron Fernando Buesa, Joseba Egibar y Gregorio Ordóñez, y acaso eso no es ajeno a la correlación de fuerzas vigente. Pero no son únicamente, con ser eso mucho, las personas, y ello nos lleva a la segunda categoría de lo perdido: la de lo muy improbablemente recuperable.

La diferencia del espectro político vasco hoy y en 1994 es, al menos en parte, el resultado del proceso de nacionalización inducido por la violencia. Se ha producido un encadenamiento de hechos consumados, de metas volantes cruzadas, que difícilmente permiten pensar en volver al estatu quo ante. Tiene razón uno de los entrevistados en La lucha hablada. Conversaciones con ETA cuando afirma que la acción de ETA “ha dejado una sociedad diferente a la que había” (Gago y Ríos, 2021: 143).

Tampoco cabe pensar en rebobinar al sucesor del brazo político de ETA, algo que marca una diferencia con respecto a otras categorías de terrorismo que carecen de apoyo social.

Hay por último lo recuperable porque se sitúa en la zona de contención al alcance de la voluntad de los agentes. En los últimos meses se han producido una serie de hechos, que en cierto modo son un indicador de lo perdido de las categorías anteriores: 212 actos de apoyo a presos de ETA en la primera mitad del año 2023 según el recuento de COVITE; el homenaje de un remero al asesino del empresario Ignacio Uría, aplaudido por Arnaldo Otegi, y el del ayuntamiento de Itsasondo al autor de los asesinatos de dos ertzainas; el mancillamiento del monumento y la tumba de Fernando Buesa, que ya ocurrió en otras ocasiones, como ha sucedido con los símbolos del recuerdo de otros asesinados; la presencia de asesinos en listas electorales; o la invitación de algún líder abertzale a recuperar el impulso de Lizarra, el periodo que abre el tiempo siniestro de la socialización del sufrimiento. Todo ello supone un ultraje a la memoria de las víctimas y, por tanto, un obstáculo a la deslegitimación de la violencia, que son procesos interdependientes.

Hay que preguntarse por los motivos que explican que se produzcan actos indignos como los citados, que vienen a sumarse a las pérdidas porque añaden a la destrucción de las vidas del pasado el atropello a la dignidad de las víctimas en el presente. Se aborda este aspecto en el apartado siguiente bajo el epígrafe de los lastres, de los obstáculos que impiden rescatar lo recuperable de lo perdido.

2. Lastres en la vía de la recuperación de lo recuperable

Entiendo que el obstáculo fundamental para atender a la tercera categoría de lo perdido tiene que ver con un hecho fundamental: ha desaparecido ETA, que ha dejado un reguero de pérdidas irreparables, pero no ha tenido lugar una ruptura en la narrativa con respecto al tiempo de ETA; la discontinuidad radical en cuanto a la práctica –acción violenta versus no violenta– no tiene su correlato en el aspecto discursivo, de modo que no habido impugnación por parte de los perpetradores del corpus de legitimación responsable de las pérdidas. Desglosaré cuatro aspectos por considerarlos fundamentales para el proceso pendiente de afrontamiento del pasado: la orwellización abertzale del lenguaje; la imprimación nacionalista; la conexión entre idealismo patriótico y brutalización; y el uso partidario del pasado y de las víctimas.

2.1. La orwellización abertzale del lenguaje

Escribe el autor de Leviatán que “ni el error ni el sinsentido pueden detectarse sin una perfecta comprensión de las palabras” (Hobbes,1979: 203) y el historiador Tony Judt que “cuando las palabras pierden su integridad también lo hacen las ideas que expresan” (Judt, 2010: 152). La verdad no se lleva bien con los mitos, para evocar el lema de este seminario.

Para leer el paisaje mental vasco es muy recomendable una combinación de la neolengua de 1984, de Orwell, y de LTI, de Viktor Klemperer. Ocurre aquí, cambiando el ismo, lo que denunciaba el último: “[hasta] los que despotricaban contra el nazismo lo hacían con sus expresiones” (Klemperer, 2001: 402). La estrategia más exitosa del abertzalismo es la de haberse hecho con la soberanía hermenéutica o hegemonía cultural (Deutungshoheit) basada en una jerga que sirve de sustento al conjunto de la comunidad nacionalista. Unos ejemplos para ilustrarlo:

  • Abril de 2001. Aparecen en Andoáin carteles con los nombres de los concejales socialistas y populares sobre marca de agua de una cruz gamada y bajo el rubro de “Faxistak”.
  • Mayo de 2001. La librería Lagun encontró estos avisos en sus persianas tras varios atentados, incluida una quema de libros: “Que se vayan…preparando!”, “Faxistak kanpora” (“¡Que se vayan preparando!”, “¡Fascistas fuera!”). ¡Los que queman libros atribuyéndose el papel de combatientes del fascismo!
  • Poco después en “El Bosque de Oma”, en Vizcaya, obra de Agustín Ibarrola, mensajes como estos: “Ibarrola facha de honor”, “Ibarrola español. ETA mátalo”. Podría alargarse la lista ad nauseam.
  • Unos años más tarde la alcaldesa de Hernani, Marian Beitialarrangoitia, pidió un aplauso para los terroristas Igor Portu y Martín Sarasola, autores del atentado en el aeropuerto de Madrid que causó dos muertos y 20 heridos.
  • Saltemos a fechas cercanas. En marzo de 2023 Mertxe Aizpurua, la representante de EH Bildu en el Congreso de los Diputados, sostuvo sin que le temblara la voz que “Euskal Herria es un país antifascista, con una sociedad con profundos valores democráticos. […] Por eso nos comprometimos […] a hacer todo lo que esté en nuestra mano para que aquellos que quieren acabar con nuestras vidas y nuestros derechos jamás puedan acaban con nuestras vidas ni con nuestros derechos”. Una ilustración refinada de competencia en neolengua.
  • Paralelamente, es una constante la omnipresencia del adjetivo ‘democrático’ en cualquier documento o alocución. Fascistas forasteros, por un lado, y demócratas nativos, por otro: el reparto de papeles del ‘conflicto’. En esa longitud de onda, en septiembre de 2023 Oskar Matute, diputado de EH Bildu en el Congreso, comparó a los presos de ETA con Nelson Mandela. No hay mejor ejemplo de la captura referencial: trasmutar a los asesinos en héroes de la patria y las prácticas fascistas en etiqueta democrática.

Un escalón más abajo, la táctica consiste en poner el terrorismo en sordina. En 2014 el lehendakari Iñigo Urkullu reiteraba que “somos una sociedad modélica, que tiene una cultura modélica” [2]. Este elemento tiene su peso para la deslegitimación del terrorismo. Jonan Fernández, un actor clave en la creatividad semántica y en la política vasca como adalid del etnopacifismo, se negó mientras existió ETA a utilizar el término ‘terrorismo’, pero sostuvo que “la sociedad vasca se ha movilizado como pocas contra la violencia, los atentados, las injusticias” (Fernández, 2006: 266). Esta posición se ha convertido en tesis oficial del espectro nacionalista a pesar de que las respuestas del Euskobarómetro muestren que el número de los que reconocen haber participado en movilizaciones contra ETA dista mucho de esa imagen complaciente.

Que un fenómeno tan connotadamente fascista como el representado por ETA haya sido codificado en términos de paz, diálogo, negociación, mediación, convivencia y antífrasis afines supone un ejercicio consumado de competencia neolingüística orwelliana[3]. Un ejercicio que, combinando los recursos retóricos de la hoja de parra y el silbido de perro, ha logrado notables éxitos y servido de freno a la deslegitimación de la violencia (Alonso y Merino, 2022).

Del éxito de esa estrategia dan cuenta tres especificidades vascas. En primer lugar, no hay precedentes entre las democracias recientes de tal número de personas de la oposición escoltadas. En segundo lugar, no existe ningún territorio que haya conocido tal concentración de agentes de márquetin: verificadores, mediadores, facilitadores, promotores, pacificadores, observadores…; ¡siempre internacionales! Lo mismo, en tercer lugar, de la formación de un colectivo etnopacista autoubicado en un supuesto tercer espacio. Desde luego ni etnopacifistas ni pacificadores tomaron en consideración el número de personas escoltadas, un ejemplo de ceguera motivada.

Obsérvese, como conclusión, el resultado del gran cambiazo orwelliano: somos antifascistas y super demócratas, somos gudaris acreedores de respeto y no asesinos deudores. El apoyo de que hoy goza el aberzalismo radical remite a estas habilidades de ingeniería semántica. Tal alteración perceptual no habría sido posible sin embargo sin la contribución de lo que denominaré la imprimación nacionalista.

2.2. La imprimación nacionalista

La fuerza gravitacional nacionalista es el elefante en la habitación, como han mostrado las diferentes intervenciones en este seminario y señalado autores varios (Onaindia, 1995; Unzalu, 2018). Eso explica, por lo menos en una alta proporción, la diferencia entre el número de visitantes de dentro y de fuera del País Vasco al Centro Memorial; y eso explica también que el apoyo a las movilizaciones contra la violencia fuera tanto mayor cuanto más alejadas del propio País Vasco, porque no resultaba bien visto manifestarse contra ETA ni mal visto afear a sus colaboradores su empeño en impedir que alguien, por ejemplo Gesto por la Paz, lo hiciera (Gagnon, 1996). La violencia es una poderosa herramienta de nacionalización (López Romo, 2022), y, para una réplica al epígrafe anterior, el fascismo es la expresión suprema del nacionalismo; pero, a su vez, el nacionalismo es algo más que un excipiente para la violencia; la imprimación nacionalista opera como un búfer que contrarresta la deslegitimación de la violencia. Recordamos la fábula del árbol y las nueces; recordamos también que el único superviviente del debate electoral de 1984 había afirmado que le daba más miedo España que ETA y recuperamos unas palabras de Xabier Arzalluz: “el PNV pretende configurar Euskadi conforme a los postulados nacionalistas, expuestos desde Sabino Arana hasta nuestros días” (Arzalluz, 1986: 166). Sostiene Miren Arzalluz que su padre no legitimaba la violencia sino que la contextualizaba. Pero hay muchas formas de contextualizar. Utilizaré otra anécdota para ilustrar la noción de imprimación nacionalista, de la existencia de un inconsciente comunitario amueblado de nacionalismo banal. El consejero de Salud del Gobierno vasco Jon Darpón ordenó la retirada de tulipanes amarillos del jardín de la subdirección de Salud Pública de Álava para evitar su combinación con los rojos[4].

Darpón es miembro del PNV, firmante, con EH Bildu, EHBai, Sortu y Elkarrekin, del manifiesto del 22 de octubre de 2023 titulado: “Llave. Cerradura. Agujero. Puerta. Abrir-cerrar” y publicado por Gara. En ese manifiesto solo hay dos categorías de firmantes: 5 partidos nacionalistas y 13 víctimas (6 del GAL, 3 de la tortura, 2 de la dispersión y 2 de ETA, no representativas de las asociaciones). Nacionalismo vasco y victimismo son pareja indisociable, como todos los credos basados en el tópico del destino robado. Escribía en los primeros 80 Juan J. Linz: “Uno de los factores claves en el conflicto en el País Vasco es la percepción que se ha creado de que ‘los vascos son tratados injustamente por el resto de los españoles’, […] los más convencidos de que fuera así eran los vascos por parte de padre y madre” (Linz, 1986: 516). Un universal de los credos nacionalistas es la divisoria identitaria ‘nosotros’ / ‘ellos’, siendo ‘ellos’ los responsables de nuestros males. Como parte de esta estrategia discursiva el ‘ellos’ adopta nombres diferentes pero funcionalmente equivalentes en el registro identitario: españolistas, franquistas, unionistas, reaccionarios, maquetos… En el caso de ETA, la denominación general era “enemigo del pueblo vasco”. El asesino de Fernando Buesa declaró en el juicio que no le conocía pero que le bastaba saber que era “un enemigo del pueblo vasco”. El adjetivo es determinante, lo vasco de ‘conflicto’, ‘contencioso’, ‘cuestión’, ‘problema’ o ‘pueblo’ es lo decisivo; por eso había que acudir a Vitoria el 26 de febrero de hace 23 años, para desagraviar al lehendakari y protegerlo de las andanadas españolistas.

Esta percepción de hostilidad es fundamental porque caracteriza lo que Karen Stenner llama una amenaza normativa, una suerte de impugnación percibida del ‘nosotros’ que refuerza la uniformidad y la conformidad grupista (Stenner, 2005: 17ss). La construcción de una amenaza normativa grupalista –“No nos dejan ser lo que somos”, en términos de Karmelo Landa– es la principal característica de las dinámicas autoritarias. ‘Autoritarismo’ tampoco es una palabra del campo semántico transitado por buena parte de la sociedad vasca, pero las dinámicas de antimovilización y silenciamiento de opiniones críticas, las prácticas asociadas a la espiral del silencio –“la dictadura del miedo impuesta por la organización terrorista y su entorno”, según Juan Pablo Fusi (Fusi, 2013: 284)– y de erosión del pluralismo son indicadores inequívocos de autoritarismo, que la neolengua neutraliza.

2.3. Idealismo y brutalización. “Nada de terrorismo, lo nuestro es otra cosa”

Este apartado es inseparable de los dos anteriores. Se habla a menudo del sinsentido y del absurdo del terrorismo pero para los participantes se trata de lo contrario, de una sobredosis racionalizadora, de un idealismo que convierte el asesinato en timbre de gloria. Hay una relación estrecha entre la épica gudarista y la producción, valga la expresión, de víctimas. A veces aparece de forma velada, como cuando el referente ideológico del PNV durante muchos años, Xabier Arzalluz, critica que los políticos quieran acabar con ETA por la vía policial y no que “se acabe con un determinado resquicio o gloria”[5].

Pero vayamos a las formulaciones canónicas del idealismo, la épica gudarista que ha sido minuciosamente desmenuzada (Casquete, 2009). En La lucha hablada. Conversaciones con ETA, uno de los etarras –ninguno de los nueve entrevistados se arrepiente de haber practicado el terrorismo– razonaba así: “El típico discurso que hacen es que en ETA nos gusta matar. […] Lo nuestro fue otra cosa. La sociedad de Euskal Herria sabe que […] hicimos lo que hicimos por una sociedad mejor” (Gago y Ríos, 2021: 111). El mensaje es repetido hasta la extenuación, por ejemplo, por Josu Ternera en la entrevista a Jordi Évole; en ella justifica el asesinato de su amiga Yoyes porque era un problema para la organización. La inhumanidad en directo. Como los 27 minutos que estuvo sonando el claxon bajo los cuerpos acribillados de Antonio y Hortensia en enero de 1979.

En esos años de plomo, constata Juan J. Linz, ninguno de los logros (amnistía, Constitución, Estatuto de Autonomía, elecciones al Parlamento vasco) sirvió para atenuar la violencia, al revés, 1980 batió el récord de asesinatos (97). De las encuestas extrae una explicación: la mitad de la población percibe a los etarras como patriotas o idealistas, frente a un escaso 7% que los considera criminales. Ve ahí no solo comprensión sino algún grado de apoyo (Linz, 1986: 629-630). Resulta difícil esperar desde esas percepciones alguna forma de desautorización de ETA.

Si lo nuestro es otra cosa, entonces ¿quién carga con la responsabilidad por las víctimas causadas? La respuesta remite a la narrativa fundacional: las víctimas son el precio necesario del conflicto, del empecinamiento inmovilista de los culpables del “empate infinito”, mientras que los ejecutores son patriotas y gudaris. La conexión entre idealismo y embrutecimiento es un aspecto crucial para explicar lo que pasó y, sobre todo, lo que no pasó entonces y lo que pasa y lo que no pasa ahora. (¿Por cierto, cómo recuperar lo que no pasó?). Por ejemplo, ahora pasa, además de los homenajes y otros ritos de apuntalamiento, que las asociaciones de presos son –y han sido siempre– solo de presos impenitentes y Sortu consiguió que la mayoría de los presos boicotearan la Vía Nanclares. El conflicto es el meteoro histórico político en cuya cuenta hay que poner a las víctimas, por cierto, en la misma cuenta que los presos, deportados, afectados por accidentes de tráfico y un largo etcétera que acaba gravitando hacia la imprimación nacionalista.

Rafael del Águila, en su libro testamento Crítica de las ideologías. El peligro de los ideales, caracteriza lo que llama “pensamiento implacable” como “una alianza estremecedora entre los ideales y el horror” (Águila, 2008: 36-39). La “pureza moral”, el concepto de Barrington Moore que ensambla el pensamiento implacable con la amenaza normativa, trasmuta a los idealistas en profetas enfurecidos, en fanáticos. En sus palabras: “pureza significa aparentemente el coraje moral que procede de la ausencia de sentimiento de culpa, en especial de una culpa que pueda inhibir la aplicación de la justicia revolucionaria” (Moore, 2001:133); en ETA, la violencia de respuesta contra los enemigos del pueblo vasco. No es una particularidad vasca: “como a los arcángeles Dios le habrá permitido matar con el corazón puro”, se dice de un voluntario de la División Azul (González, 1976: 173). Los mitos matan cuando ceban ideales, cuando engranan credos identitarios.

Las identidades no son siempre asesinas (Amin Maalouf), pero dejan rara vez de ser excluyentes (Claudio Magris), empezando por las narrativas sustentadoras. Pero, cuidado, no hay que perder de vista el trayecto inverso, el que asciende de la sangre a los ideales. Como escribió Rafael Sánchez Ferlosio, “para dar realidad a la causa y hacer verdadero a su dios, nada mejor que una buena carga de muertes. Tal es el principio. Y, ciertamente, ¡mucho ha matado Euskadi para que pueda dudarse ya de su existencia!”[6]. El culto a los ‘mártires’ tiene este cometido (Casquete, 2009: 65 y 299).

Para volver a la brutalización, esa realidad olvidada inseparable del terrorismo del bienestar y del “aquí si vive bien”, dos botones. El mismo día de su asesinato, en el contestador de Gregorio Ordóñez se oyó, “Gregorio, devuelve la bala”, y el mismo día del asesinato de José Luis López de la Calle una pintada implacable proclamaba, “JOSE LUIS DE LACALLE JODETE!!! ETA, Herria zurekin”. En los términos de Helen Fein, ellos, como tantos in-vascos, mal-vascos o ex-vascos, habían sido expulsados del universo de obligación moral: “Alde hemendik!”. Lo cuenta magistralmente José Ibarrola (Ibarrola, 2020). Recordemos que Franco declaró enemigos a la mitad de los españoles y persiguió durante la dictadura a los que no eran buenos españoles.

Los tres puntos precedentes están estrechamente relacionados. De modo que la pregunta de esta mesa se puede aplicar conjuntamente a los tres. Habría que empezar por un tratamiento de desintoxicación del lenguaje y un cuidado para que los mitos y las memorias no asfixien la historia, el análisis cabal del pasado reciente. Me atrevo a sugerir aquí como útil pedagógico a ese fin la sentencia del Tribunal Europeo de Derechos Humanos (TEDH) de 30 de junio de 2009, que ratifica la ilegalización de Batasuna, considera su disolución una “necesidad social imperiosa” y concluye que “un partido político cuyos responsables inciten a recurrir a la violencia o que propongan un proyecto que no respete las reglas de la democracia no puede acogerse a la protección de la Convención Europea de Derechos Humanos”. La propia Ley de Partidos, validada por 304 votos frente a 16 en contra (partidos nacionalistas e IU), es un valioso documento para la memoria. (El PNV la calificó de ‘cruzada antivasca’, un argumento más en pro de la tesis de la imprimación). No cabe aquí una reseña de la literatura desmitificadora.

2.4. Patrimonialización y polarización de las víctimas

En noviembre de 2006, el lehendakari Juan José Ibarretxe inauguró un monumento en Hernani a los fusilados en la Guerra Civil. Con ese motivo, su consejero de Justicia Joseba Azkarraga publicó una columna en la que se lee: “La Guerra Civil […] es parte de nuestro patrimonio histórico colectivo […]. Las víctimas de la Guerra Civil, olvidadas, desterradas, enterradas en el anonimato de fosas comunes, son nuestras víctimas, las de todo nuestro Pueblo”. El cierre es antológico e ilumina los tres epígrafes anteriores: “Así murieron muchos de nuestros jóvenes, lo más granado de la Juventud Vasca. Y no serán olvidados”[7]. No es difícil entrever, siguiendo la vereda historicista del nacionalismo, la conexión entre aquellos jóvenes heroicos y los que hoy defiende el exconsejero al frente de Sare, la red de apoyo a presos de ETA no arrepentidos. En esta circunstancia hay dos hechos significativos que justifican su consideración como ilustración de este apartado. La primera es que en Hernani había desde 1982 un monumento al etarra del comando Araba José Manuel Aristimuño –que fue declarado hijo predilecto y se le dedicó un parque–, y no solo a él, también a Juan Luis Lekuona, Agustín Arregi, Ignacio María Astasuinzarra y Fernando Ros[8]; y la segunda que la comarca es el principal vivero de votos etnorradicales[9] y cuenta con el ominoso récord de asesinatos de ETA (Alonso, Domínguez y García, 2010: 1218).

Este episodio se sitúa en el esquema de nacionalización del antifranquismo que tiene su arranque en el Proceso de Burgos y ensambla el victimismo con la lógica selectiva de las narrativas identitarias. En esta lógica tiene un lugar preeminente Guernica pero se escamotea pertinazmente el Pacto de Santoña. Desde esta perspectiva se enfatiza la idea de que la Guerra Civil fue una guerra de España –las tropas rebeldes no serían fascistas o franquistas sino españolas– contra Euskadi y para ello se acude a toda suerte de subterfugios como euskaldunizar el apellido de muchos de los muertos, oriundos de otras regiones de España. En el País Vasco la represión de la guerra civil y el franquismo fue, en términos comparativos, blanda. Como resumen Javier Gómez y Erik Zubiaga, “la memoria de la Guerra Civil en el País Vasco es, por tanto, sobre todo nacionalista y antiespañola, limitada, imprecisa e hiperbólica pero ha permitido empalmar lógicas y legitimidades apropiadas y negadas al contrario” (Gómez y Zubiaga, 2018: 158).

Frente a esta instrumentalización de la memoria de la guerra, encontramos una posición contraria de parte del nacionalismo español. El 4 de julio de 2006 la mayoría de los grupos del Parlamento Europeo condenaron el franquismo, no lo hizo el PP; el eurodiputado Jaime Mayor Oreja justificó su negativa aduciendo que “muchas familias lo vivieron con naturalidad” y que en el País Vasco la situación era de “extraordinaria placidez”, exonerando a la vez al franquismo al señalar que en este había dos bandos, mientras que en el nazismo “había un solo verdugo”. (Aguilar, 2008: 438, 475). Recordemos para las analogías, respecto a la placidez, el “aquí se vive bien” de Ibarretxe así como los elementos comunes en el tratamiento de la memoria del franquismo y del terrorismo, entre el negacionismo y la apología (“Zapatero vete con tu abuelo”) (Molina, 2019: 138).

Acercando el foco al momento actual, a mi entender la polarización (frentismo) es el más grave problema que atraviesa la sociedad y la democracia española, tiene muchas expresiones y una de ellas envuelve a las víctimas: una parte de la izquierda y los nacionalismos periféricos se preocupan por las víctimas del franquismo y se desentienden de las de ETA, una parte de la derecha hace lo inverso.

Es bien sabido que las víctimas son una figura reciente en la historia y todavía más reciente en la de España. Precisamente el valor moral de la víctima reside en su carácter universal, en ubicarse en un espacio que trasciende las divisorias identitarias, que no reconoce extraterritorialidad para la obligación moral. Por eso es tan valiosa la legislación creada en torno a la memoria y el reconocimiento de las víctimas, las del franquismo y las del terrorismo; y por eso resulta nefasto para las propias víctimas y para la salud pública general, que se haya producido una suerte de enrolamiento partidario y rivalidad binocular –en otros términos, la ley del embudo– también en este espacio tan moralmente connotado. No estoy seguro de si esto es algo perdido o de si nunca existió, pero sí de que, de acuerdo con el acervo doctrinal que se ha ido construyendo en torno a la figura de la víctima, la acepción o discriminación entre ellas en función de si lo fueron por uno u otro perpetrador –otra vez el escollo grupista– es un flaco favor que se hace a todas ellas y que nos hacemos a los demás, porque cuando hay víctimas inocentes no podemos sentirnos indiferentes. Lo escribió magistralmente Leonardo Sciascia: el asesinato de Aldo Moro nos convirtió a todos, también a él, en culpables[10]. Todos es todos.

Por eso escuchar en unos sitios “¡Que te vote Txapote!” y en otros acusar a las víctimas de ETA de revanchistas y enemigas de la paz, son posiciones disonantes con la prestancia moral de las víctimas y se añaden a los lastres ya mencionados que obstaculizan la recuperación de lo valioso perdido[11]. Desde este punto de vista querría expresar mi reconocimiento a aquellas asociaciones que se esfuerzan por cumplir su cometido en pro de la verdad, la memoria, la justicia y la reparación sin exclusiones ni sectarismos. Y con esto llegamos al apartado final.

3. Logros y propuestas. La voz y del reconocimiento de las víctimas

Me refiero ahora a las víctimas más cercanas en el contexto desde el que hablamos. No cabe olvidar la importancia de las medidas legislativas adoptadas, tanto a nivel central como autonómico. Sin embargo, la nacionalización del espacio vasco, y la correlativa desnacionalización española (López Romo, 2022: 485) afecta notablemente a la figura de la víctima en cuanto que el relato matriz le niega propiamente tal condición al subsumirla en una especie de fenómeno natural, en una narrativa de inevitabilidad fatalista ajena a la voluntad de los agentes. Lo mismo pasa con la reducción del pluralismo, del libre mercado de las ideas; las voces más audibles en el espacio vasco son las de los tenores del conflicto que reivindican, desde su ventajosa infraestructura de resonancia, la impunidad, es decir, la injusticia. Pero es sabido que ni siquiera el cumplimiento de las penas devuelve el contador a cero, porque ni los muertos prescriben ni la salida de la cárcel altera la condición de asesino, como acertadamente ha escrito Mario Calabresi.

En el patrimonializado relieve del espacio político vasco la voz de las víctimas constituye la herramienta más poderosa para contrarrestar la inercia discursiva de quienes no parecen estar dispuestos a afrontar cabalmente su responsabilidad por el pasado reciente, un baluarte frente a la posverdad abertzale.

Hace 40 años, Luciano Rincón escribió estas líneas que, pese a la desaparición de ETA, no han perdido vigencia y nos devuelven al meollo de este escrito: “Algunos hemos tardado demasiados años en llamar asesinatos a los asesinatos. Otros hacen aún difíciles equilibrios, retorcidos juegos de palabras y complicadas charadas políticas para no llamar a cada cosa por su nombre… Al fin y al cabo, ETA es muy nuestra. ETA es vasca y lucha por el pueblo vasco. ¿Cómo condenar y cómo divorciarse?” (Rincón, 1983). De aquí se desprende una orientación para el cómo: recuperar el diccionario y distinguir claramente entre prácticas fascistas y actitudes democráticas. Pues, como escribió Orwell, “lo que hace falta por encima de todo es que el significado elija la palabra, y no al revés. […] lo peor que se puede hacer con las palabras es rendirse a ellas” (Orwell, 1953: 169). Pero elegir las palabras apropiadas no será posible, en primer lugar, sin doblegar los mitos de la tribu, porque, como escribió el poeta catalán Joan Margarit: “Els mites són aquesta claredat / rere la qual tanquem tot el que és fosc./ Vénen d’algun profund error de la memòria./ […] Nietzsche s’equivocava:/ som més forts quan els mites són més febles” (Margarit, 2010: 37). Y, en segundo lugar, si mantiene su vigencia la imprimación nacionalista, porque, en palabras de Fernando Molina: “el nacionalismo no es, por tanto, un sentimiento […] sino una cultura que genera sentimientos” (Molina, 2005: 293).

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Unzalu, A. (2018): Ideas o creencias. Conversaciones con un nacionalista, Los Libros de la Catarata, Madrid.


[1] Aunque se ha modificado la estructura de la intervención oral en aras de la claridad y se han retocado algunos detalles, los contenidos son sustancialmente los mismos.

[2] En entrevista de Bingen Zupiria (07/12/2014) (https://www.noticiasdegipuzkoa.eus) y de Olatz Barriuso en El Correo (21/12/2014). Una columna crítica de José María Ruiz Soroa no pasó el filtro de este medio (https://www.libreseiguales.es/los-modelicos/).

[3] Se ha escrito sobre la contribución a este estado de cosas de los llamados nuevos movimientos sociales. Querría citar aquí el ejemplo de la trayectoria de una revista bandera del pacifismo, En pie de paz, que se publicó entre 1986 y 2001. A lo largo de esos años, en los que ETA asesinó a 350 personas, una revista pacifista no encontró razón ni ocasión para criticar abiertamente y sin peros el terrorismo (palabra nunca empleada) de ETA. Pese a la insistencia de algunos de los grupos territoriales que formaban parte del consejo de redacción, que precisamente invocaban el carácter antimilitarista de la revista para que la misma asumiera una línea de denuncia rotunda y sin matices de ETA y de quienes apoyaban incondicionalmente sus atentados, no fue posible ir más allá de artículos ‘impecablemente’ equidistantes; como muestra, el editorial del n.º 7 (septiembre-octubre de 1987) firmado por el Colectivo de la Revista en Barcelona, significativamente titulado De Hipercor a Urigoitia (Lucía Urigoitia fue miembro del comando Donosti de ETA; murió tras un tiroteo, difundiéndose la sospecha de que había sido rematada por la guardia civil con un tiro a quemarropa; Hipercor, 21 muertos). Pedro Ibarra, experto en movimientos sociales fue, con el apoyo del grupo de Barcelona, un opositor declarado a tratar el terrorismo de ETA. (Agradezco esta nota a F. Javier Merino y Josu Ugarte, colaboradores de la revista). Podrían multiplicarse los ejemplos. Una figura tan destacada como Xabier Arzalluz criticó a quienes pedían a ETA que dejara las armas para después dialogar, porque “Si ETA deja las armas, de qué va a hablar usted?” (Europa Press, 17/02/2006).

[4] Icíar Ochoa de Olano, “Primavera españolista en Vitoria”, El Diario Vasco, 09/05/2014 (https://www.diariovasco.com/politica/201405/09/primavera-espanolista-vitoria-20140509095904-rc.html). Podría añadirse otra anécdota que ocurrió un mes más tarde: cuando Holanda marcó su primer gol contra la selección española en junio de 2014, entre el público holandés apareció un individuo con la bandera de Euskal Presoak EuskalHerrira; la publicó Gara.

[5] https://www.europapress.es/nacional/noticia-eta-arzalluz-cree-efectivamente-algo-viene-contrario-eta-tenga-dejar-armas-dialogo-20060217110214.html

[6] Rafael Sánchez Ferlosio, “Notas sobre el terrorismo / y 3”, El País, 10/04/1980.

[7] Joseba Azkarraga, “Hernani en la memoria”, El Diario Vasco, 08/11/2006. En 2016 COVITE denunció a un instituto de Hernani por homenajear a 22 etarras, entre ellos el Aristimuño que se cita luego; (https://covite.org/wp-content/uploads/2016/10/boletin-COVITE-OCTUBRE-2016.pdf).

[8] Zuriñe Gómez Camacho, “De terroristas a ‘hijos predilectos’; los miembros de ETA con reconocimientos en las instituciones”, Crónica Vasca, 24/01/2022 (https://cronicavasca.elespanol.com/sociedad/20220124/
de-terroristas-predilectos-miembros-eta-reconocimientos-instituciones/644935504_0.html).

[9] Jesús Rodríguez, “El silencio de Hernani”, El País Semanal, 22/07/2007 (https://elpais.com/diario/2007/
07/22/eps/1185084946_850215.html).

[10] Leonardo Sciascia entrevistado por Hector Bianciotti y J.-P. Enthoven en Le Nouvel Observateur, 19-25/06/1978, pp. 86-114.

[11] Es expresivo de esta rivalidad binocular que quien popularizó el lema sobre Txapote sea el hijo del historiador revisionista y ministro de Franco, Ricardo de la Cierva.