Cuando Hitler destapó la Solución Final en 1923

Javier Mina
Escritor

Fecha de publicación: 02/12/23

A comienzos del verano de 1923 un joven, pero ya bregado en lides periodísticas, Josep Pla (1897-1981) es despachado por la cabecera catalana La publicitat para tomar el pulso a la convulsa Alemania donde, al parecer, está surgiendo una fuerza política nueva que seguiría la senda del triunfante y más tempranero Partido Fascista italiano. El corresponsal tendrá la suerte de unirse a su coterráneo y decano Eugenio Xammar (1888-1923) para emprender juntos un periplo por lo que solo una década después serán los dominios de cierto político electrizante y extremista llamado Adolf Hitler. Xammar lleva un año de corresponsal en Berlín, lo que facilita los movimientos del tándem. En octubre tienen la oportunidad de entrevistar al líder del NSDAP y consiguen una primicia espantosa. El genocida in nuce les ofrece en exclusiva sus deseos de exterminar a los judíos. Se trata de la primera y única manifestación explícita que haya realizado el futuro Führer sobre lo que entiende por solución final antes de ponerla en práctica años más tarde. Resulta difícil de comprender que la historiografía no haya insistido lo suficientemente en ello. Sea como fuere, la explosiva interviú deberá permanecer varios días en el cajón por imperativo de la actualidad inmediata. Aunque solo sea porque la actualidad se llama golpe de estado. Lo da casualmente Hitler y se produce en Múnich el 8 de noviembre de 1923.


El azar quiso que ese día Xammar y Pla se encontraran en la capital bávara. Su instinto periodístico les llevó a la cervecería Bürgerbraükeller atraídos por la posibilidad de pudiera podía producirse algo gordo. Y es que corrían rumores de que Gustav von Kahr, comisario de del Gobierno de Baviera, tal vez aprovechase el discurso que debía impartir con motivo del quinto aniversario de la República de Weimar para hacer un llamamiento a las fuerzas ultraconservadoras de cara a dar un vuelco a la situación política e implantar un régimen dictatorial. No bajo la forma de golpe de estado, seguramente, pues había recibido severas y reiteradas advertencias por parte del general Hans von Seeckt para que se quitara de la cabeza semejante eventualidad. Kahr se mostró obediente, al menos en apariencia, lo que no fue del agrado de Hitler cuyo concurso en la conspiración había sido vetado expresamente por el organizador, temeroso de que aquel infatigable y exaltado líder pudiera arrebatarle el control del cotarro.


Una cosa es cierta, en la Bürgerbraükeller reinaba la bonhomía aunque un tanto tumultuosa, pues su aforo de 1830 personas se estaba quedando pequeño ante la afluencia de una multitud expectante y entusiasta. Xammar describe así el ambiente de la colosal cervecería:


“Los hombres llevaban calzones cortos, zapatos bajos y calcetines cortos —que les dejaban los tobillos y las rodillas al descubierto— y una cola de gallo en el sombrero. Todos bebían cerveza y cada uno de los señores de la presidencia tenía delante un vaso enorme. El comisario general Von Kahr, entre párrafo y párrafo de su discurso-programa, levantaba el vaso, metía media cabeza dentro y sacaba el bigote chorreando”.


Cuando Kahr estaba diciendo: “En la tarea del momento, que es la creación del nuevo alemán, radica la justificación moral de la dictadura. Porque ofrece la única posibilidad de crear los fundamentos para la educación de la nueva generación de los alemanes libres”, Hitler pegó un par de tiros al aire, ganó la tribuna y llamó a la insurrección. El relato de Xammar aparecerá en La veu de Catalunya, el 17 de noviembre de 1923 bajo el título “El golpe de estado como espectáculo” y lo recoge el recopilatorio de sus artículos titulado El huevo de la serpiente (Acantilado, 2005). Al episodio de la cervecería narrado por Xammar se había referido brevemente Xavier Pla en el artículo “Un golpe de Estado en una cervecería”, publicado por Cuadernos Hipanoamericanos el 1 julio de 2018.


“Cuando el discurso de Von Kahr -escribe Xammar a pie de obra- se estaba acabando por momentos, la gente, llevada por la riada de cerveza habría ido a dormir de muy buena gana. Pero Hitler tenía dispuestas las cosas de otro modo. Seis compañías del Kampfhund, la organización de combate del Partido Socialista Nacional, ocuparon, a las nueve y media, la calles que rodean el Bürgerbraükeller. Hitler en persona y unos cincuenta hombres de confianza con dos ametralladoras se presentaron en la puerta principal; dejaron las ametralladoras con un piquete, y Hitler penetró con su guardia de corps en el vestíbulo. Desde dentro se oyen los gritos y el ruido que hacen. La gente se levanta, canta el «Deutschland über alles» y grita de mala manera: “¡Viva Von Kahr! ¡Viva el rey Rupert!”. Entretanto, Hitler acompañado de una treintena de hombres armados con revólveres, está ya en la sala. Lleva el arma en la mano derecha y grita como un desesperado: “¡Viva Alemania! ¡Muera el Gobierno de los judíos. Callaos! ¡Nosotros no vamos contra Von Kahr!”. Hitler tiene una voz de segundo cornetín que se hace oír a pesar del griterío. La gente le deja paso y ya lo tenemos sobre la tarima. Von Kahr se mete los papeles en el bolsillo y se sienta. Hitler quiere hablar, pero el desorden y los vivas a Von Kahr y al rey Rupert le ahogan la voz. Es entonces cuando Hitler con un gesto completamente norteamericano y cinematográfico levanta la mano al aire y encaja dos tiros en el techo. En cualquier parte del mundo la campanilla de Hitler hubiera provocado una desbandada. Pero la cerveza es en último término una garantía de orden y asegura el éxito de los golpes de Estado. La movilidad de un bávaro con seis u ocho litros de cerveza en la tripa es escasa. En vez de huir, los ciudadanos reunidos en el Bürgerbraükeller se dieron cuenta de que era más fácil callar y sentarse. Y el golpe de Estado, propiamente dicho, empezó”.


La noticia era lo suficientemente importante como para despacharla urgentemente. Así que Xammar y Pla enviaron los papeles a sus respectivos periódicos para, en una entrega posterior, dar a conocer al público la entrevista que habían realizado semanas antes al líder del fallido putsch, trabajo que adquiría así un formidable espaldarazo histórico: ya no eran las declaraciones de poco menos que un patán sino de un hombre muy peligroso.


Ahora bien, que los dos periodistas realizaran la entrevista a Hitler al alimón no quiere decir que fuesen a escribir un artículo en común. El de Pla comienza con un retrato del ya hombre del momento:


“La característica de Hitler es el impermeable. Es un impermeable vulgar, con cinturón y solapas grandes, pero parece el patrón del que han salido los impermeables vulgares, con solapas y cinturón. En la manga Hitler lleva una gran cruz teutónica”.


Los lectores de La Publicitat podían leer el 28 de noviembre el trabajo de Pla cuyo título era “Cosas de Baviera: Hitler (monólogo)”. El reportaje contiene una curiosa apreciación del líder del NSDAP sobre el comunismo:


“El marxismo es la negación de nuestro espíritu, que es antes que nada nacionalista y patriota. Nosotros somos socialistas, todos los problemas de la clase obrera nos interesan, porque son problemas germánicos, pero no creemos que estos problemas puedan tener otra solución que la antimarxista, esto es, que el nacionalismo. Nuestro partido se llama nacionalsocialista, nombre que se ajusta perfectamente a nuestra situación. Nada tenemos que decir contra los comunistas. Estamos en inmejorables relaciones con este partido. Los obreros comunistas no son germánicos impuros, porque el comunismo no es en Alemania un hecho antinatural. Contamos con los comunistas para triunfar. Por otra parte, somos partidarios decididos de la alianza con Rusia. Rusia está hoy gobernada por elementos marxistas. El papel de Alemania será expulsar del Gobierno del gran país del Este estos elementos, y hacer que en Rusia los elementos alógenos sean dominados por los elementos puros. Entonces habrá llegado la hora de hacer marchar paralelamente, hacia el grandioso porvenir que tienen abierto delante, al pueblo alemán y al pueblo ruso”.


Hitler recibió encantado a los corresponsales españoles porque, a diferencia, de los franceses, italianos o norteamericanos -apostilló-, tenía por seguro que no eran judíos. Lo que le lleva a enaltecer la postura de los Reyes Católicos por haber procedido a expulsarlos de España señalando, sin embargo, que se equivocaron al tomar la cuestión judía por un problema religioso y no racial. Hitler se permitirá incluso una broma sobre la nariz de Eugenio Xammar asegurándole que sus chicos le habrían dado algún palo en la calle a causa de ella, pero estaba seguro de que se hubieran detenido al saber que era español. El aludido utiliza la gracieta como puente para sondear al bravucón sobre la actitud que piensa mantener con la que considera raza maldita. La respuesta resulta sorprendente. Sabido es que desde 1919 albergaba el proyecto de expulsar de Europa a los judíos pero por primera y única vez se referirá explícitamente a lo que acabará conociéndose como la Gran Solución o Solución Final, es decir al exterminio de la raza judía, como la mejor de las opciones. Esta declaración no cabe más espontánea y proferida al calor de la que supone cierta complicidad con el entrevistador, convierte el artículo-entrevista en una joya histórica que no ha sido lo suficientemente valorada. ¿Por qué? En su día, debido seguramente a que se consideraba todavía a Hitler un payaso, actitud que mantuvo la propia intelectualidad alemana hasta que fue casi demasiado tarde para cambiar de opinión. Posteriormente la causa puede ser que el bombazo se produjo en el mundo periodístico provinciano -las cabeceras donde publicaban Pla y Xammar se distribuían solamente en Cataluña y en catalán- por lo que la crucial entrevista fue quedándose al margen de los circuitos historiográficos. Sin embargo, resulta demasiado sorprendente que los historiadores especializados en el Holocausto no reaccionaran cuando vieron la luz los recopilatorios de la producción periodística de ambos escritores.


Por lo que respecta a la entrevista propiamente dicha, se desarrolló como sigue:


“La cuestión judía es un cáncer que roe el organismo nacional germánico. Un cáncer político y social. Afortunadamente, los cánceres políticos y sociales no son una enfermedad incurable. Tenemos la extirpación. Si queremos que Alemania viva, debemos eliminar a los judíos…


—¿A garrotazos?


—Ojalá, si no hubiera tantos. El pogromo es una gran cosa, pero hoy por hoy ha perdido buena parte de su eficacia medieval. En la Edad Media no había problemas nacionales judíos. Solo había una serie de problemas locales o municipales, y el pogromo era un método adecuado y suficiente para resolverlos. Pero ahora las cosas han cambiado. ¿Qué ganaríamos con apalear a la población judía de Múnich si en el resto de Alemania los judíos continuarán siendo, como ahora, los dueños del dinero y de la política? En toda Alemania hay más de un millón de judíos. ¿Qué quiere hacer? ¿Los quiere matar a todos en una noche? Sería la gran solución, evidentemente, y si eso pudiera ocurrir la salvación de Alemania estaría asegurada. Pero no es posible. Lo he estudiado de todas las maneras y no es posible. El mundo se nos echaría encima, en lugar de darnos las gracias, que es lo que debería hacer. El mundo no ha comprendido la importancia de la cuestión judía por la sencillísima razón de que el mundo está dominado por los judíos. ¿Lo va viendo claro, ahora? La cuestión judía es una cadena. Alemania, si no quiere morir, debe romper esta cadena. ¿Cómo? ¿De qué modo? Ya hemos visto que el pogromo no es una solución. No queda sino la expulsión. La expulsión en masa” (“Hitler o la necedad desencadenada”, La veu de Catalunya, 24 de noviembre de 1923).


Eugenio Xammar permanecerá en Alemania hasta 1936, convirtiéndose así en guía del también periodista español Manuel Chaves Nogales cuando visite Alemania a comienzos de 1933 para dar cuenta del ascenso de Hitler al poder gracias al regalo del presidente de Alemania, el general Paul von Hindenburg, que le cederá la cancillería el 30 de enero. Chaves Nogales envió once crónicas para el diario Ahora entre el 14 y el 28 de mayo. En ellas denuncia el aumento del antisemitismo y de la violencia así como la aparición de ciertos campos de trabajo para recluir a los disidentes. Su entrevista a Goebbels levantó ampollas en el torturado corazón del inminente jefe de prensa y propaganda. Tantas que, en 1940, cuando los nazis invadan Francia Chaves Nogales tendrá que huir del París donde se había refugiado desde el comienzo de la Guerra Civil española. Sabe que Goebbels se la tenía guardada desde que supo que le había retratado como “un tipo grotesco, ridículo… con su gabardinita y su pata torcida”. Una prenda, la gabardina, que ya puso de relieve Pla cuando presentó a Hitler -ese “nacionalista histérico”- envuelto en un impermeable, un impermeable, trinchera o gabardina vulgares, que identificó como sello de la jerarquía nazi: “La característica de Hitler es el impermeable”.


BIBLIOGRAFÍA
CHAVES NOGALES, M. Bajo el signo de la esvástica. Almuzara, Córdoba, 2012).
PLA, J. “Hitler o la necedad desencadenada”. La veu de Catalunya, 24 de noviembre de 1923).
La inflación alemana. Crónicas 1923-1924. Destino, Barcelona, 2023.
PLA, X. “Un golpe de Estado en una cervecería”. Cuadernos Hispanoamericanos, 1 de julio de 2018.
XAMMAR, E. El huevo de la serpiente. Acantilado, Barcelona, 2005.