Rafael Monterde Ferraando
Profesor en la Universidad Católica de Ávila

Imagen: Distopía Mutante
Cuando comencé la carrera de filosofía en la Universidad de Valencia en el año 2011, nuestro profesor de Pensamiento del Próximo Oriente, D. José García Roca, nos explicó a lo largo del primer trimestre del primer curso la importancia del pensamiento mítico para la comprensión del nacimiento de la filosofía griega. La asignatura se dividía en tres áreas temáticas: el pensamiento mesopotámico, el pensamiento egipcio y el pensamiento hebreo.
Nuestro sabio profesor dedicó horas y horas de sus clases a introducirnos en el pensamiento mítico y en cómo estas culturas se alimentan unas a otras para crecer y desarrollarse, sea para construir sus distintas civilizaciones, sea para desarrollar su pensamiento propio con sus particularidades. Fueron unas clases en las que todos los alumnos nos quedábamos asombrados por el profundo conocimiento de las culturas antiguas que posee en Profesor García Roca, quien, con su paciencia y amor a la sabiduría, hace que lo que es complejo parezca sencillo. Una virtud que es la característica de todo buen Maestro.
Años más tarde, en 2017, cuando comencé mi investigación doctoral sobre transhumanismo en la Universidad Católica de Valencia, donde disfruté de una beca interna de investigación en su Escuela de Doctorado, que me fue concedida durante tres años (2017-2020), me encontré con que las enseñanzas del Dr. Roca seguían estando presentes en mi mente y, así, pude leer a los autores transhumanistas desde la óptica del mito y no fascinarme por sus atractivas propuestas futuristas que, en apariencia, pueden conducirnos a la inmortalidad física. Un sueño mítico que recorre toda la historia de las religiones hasta la actualidad y que, en cierto modo, es la promesa principal del transhumanismo: podemos ser la primera generación de seres humanos inmortales.
La inmortalidad puede parecer atractiva. Sin embargo, ¿es realmente así? Ser inmortales, ¿vale la pena? O, más bien, ¿tiene sentido? ¿No envidiaban los dioses homéricos la finitud de la vida de Odiseo? ¿No fue el héroe griego aquel que, con su astucia, engañó a los dioses para volver a casa junto a su familia? Creo, sinceramente, que más que emprender el camino de la inmortalidad física, en pleno siglo XXI deberíamos emprender el camino a Ítaca para descubrir por qué los dioses inmortales envidiaban a los humanos mortales. Aquellos que, gracias a su vida breve, podían disfrutar del amor a sus seres queridos, su familia, sus amigos y sus conciudadanos. En mi opinión, la esencia de lo humano consiste en eso: en hacer que lo breve sea fecundo, hacer que lo que en apariencia va a acabar sea una experiencia de la eternidad.
La virtud de la vida humana está, creo, en que nuestra mirada puede sobrepasar el tiempo que nos es dado. Podemos trascender el tiempo y mirar más allá de él. Algo que los dioses inmortales no pueden hacer, precisamente porque están encerrados en un tiempo interminable, infinito, que se extiende hacia un lado y hacia otro sin fin. El espacio y el tiempo de los dioses homéricos conduce al sinsentido y al aburrimiento. Además de que, como fruto del tedio, todo compromiso con el bien queda en entredicho, pues las acciones realizadas dentro de ese espacio no tienen finalidad alguna, salvo la mera posibilidad de hacerlas. En cierto sentido, los dioses inmortales son nihilistas porque viven en la nada de su infinitud espacio-temporal. En cambio, el espacio y el tiempo humanos están sujetos por los límites de la fragilidad de la vida humana, que comienza tiernamente y termina vulnerablemente.
La esencia de lo humano es que nos necesitamos los unos a los otros. Eso fue lo que comprendió Odiseo en su viaje de vuelta a casa y eso es lo que creo que tenemos que comprender nosotros, los humanos, en pleno siglo XXI: estamos todos embarcados en la nave de Odiseo, pues todos somos Odiseo. Todos somos tentados por las promesas de los dioses. Todos somos seducidos por el espacio y el tiempo divinos de las realidades olímpicas. Sin embargo, el precio de convertirse en un dios es demasiado alto para un humano, pues implica deshumanizarse, dejar lo que más amamos y abandonar nuestra familia y nuestra ciudad, lugares donde encontramos nuestra verdadera identidad y donde todos nos conocen por nuestro verdadero nombre.
La experiencia de Glauco, descrita por Ovidio en sus Metamorfosis, es a la que se refirió Dante Alighieri en su Comedia de manera metafórica para ilustrar qué es trasumanar. Se trata de la divinización del ser humano, sí, pero sin perder su esencia humana. Cabe divinizarse y a la vez humanarse. Llegar a la vida de Dios, del Dios del cristianismo, sin que por ello se atente contra lo humano. Volveremos más tarde sobre este punto.
En cambio, los transhumanistas parece que quieren abandonar la ciudad de los humanos. Quieren construir otra civilización donde los humanos ya no tengamos sentido. Al menos, sentido para ellos. Pues en su conciencia de transhumanistas ellos ya han trascendido las limitaciones humanas y están viviendo un futuro que ahora mismo existe únicamente en sus mentes transhumanizadas y enardecidas por el espíritu del transhumanismo, que inyecta en sus corazones el ansia de trascender nuestro presente humano y erradicarlo al considerarlo una enfermedad, una naturaleza errada o, como diría Antonio Diéguez, unos cuerpos inadecuados.
Durante mi etapa de doctorando en la Universidad Católica de Valencia, escuchando al Profesor D. José Sanmartín Esplugues, comprendí que el cine es una fuente de inspiración filosófica. Fue él quien me recomendó ver Blade Runner para introducirme en el pensamiento transhumanista en el año 2017 y desde entonces me di cuenta de que este film puede ser considerado como un caso paradigmático del problema del transhumanismo. Precisamente porque el transhumanismo es solamente una idea, no una realidad. Lograr diseñar humanos más perfectos que los humanos aún no se ha puesto en práctica de manera total o perfecta en el sentido estricto del término. Yo desconozco si se ha conseguido… Por eso nos movemos aún en el terreno de la ciencia-ficción, que es una de las formas del mito creadas en el mundo contemporáneo.
Por esta razón, vamos a dedicar las siguientes líneas a hablar de Roy Batty, el replicante rebelde que es líder de la revuelta transhumana de los replicantes en el film de Ridley Scott, quien con su filmografía ha creado un auténtico repertorio de casos transhumanistas con películas como Blade Runner, Alien o con la serie que ha dirigido para HBO, Raised by Wolves, entre otras.
La experiencia del replicante Roy es de un existencialismo atroz. Sabe que le queda poco tiempo, que vive para la muerte y que su final está cerca. Esa es la razón por la que vuelve a la Tierra liderando un pequeño grupo de replicantes que buscan encontrarse con su creador para que les ayude a vivir más. Todo el viaje de retorno a casa, su Ítaca, la Corporación Tyrell, es un regressus ad uterum en sentido estricto. Un regreso que estará marcado por la desesperanza, pues quienes hayan visto la película sabrán que Tyrell no tiene los medios adecuados para extender la vida de sus replicantes más perfectos y, en concreto, de Roy, que es el Rey de sus creaciones.
Roy es un Rey, le Roy, que está diseñado para perder inexorablemente la partida de ajedrez con su creador. Lo cual pone a Roy en una situación extrema, porque realmente no puede jugar con su dios creador, aunque pueda darle muerte. En el tablero de ajedrez puede ganar, pero en la vida está condenado a perder. Cosa que Tyrell conoce de sobra, pues ha puesto las reglas de juego para que él no pueda perder la partida. Su vuelta a casa es la confirmación de su miedo: su creador y padre es cruel y desea que muera o, quizá, tiene un conocimiento tan imperfecto de la vida que lo ha diseñado erróneamente. Se trata de un dios decadente que no puede arreglar su obra y ello justifica el deicidio que realiza Roy al aplastarle los ojos a Tyrell para darle muerte.
No vamos a contar toda la historia de Roy Batty aquí, pues basta el film para comprenderla. No hablaremos de su redención posterior al salvar a Deckard. Ello nos llevaría muy lejos y a un punto que ahora no creo que haya que tratar, como es el trasfondo teológico de Blade Runner. Lo importante aquí es que nos preguntemos por la moraleja de la historia de Tyrell y de Roy. ¿Qué nos enseña este mito contemporáneo? Creo, sinceramente, que está hablando de algo muy importante. Nos está diciendo que de lo que es imperfecto, de aquello que adolece, como es lo meramente humano, no es posible crear algo perfecto. Al menos ahora mismo con nuestros medios tecnológicos.
¿Por qué no se puede crear algo perfecto desde lo imperfecto? La respuesta creo que nos la da Tyrell al afirmar que no tiene el conocimiento suficiente para darle más vida a Roy. El mito de Roy Batty nos deja claro que los humanos, como creadores, no pueden superarse a sí mismos. No somos capaces de ser más humanos que los humanos porque ser más humano significa otra cosa. No se trata de tener una naturaleza perfecta diseñada artificialmente, sino de tener un corazón abierto a la esperanza y al bien. Algo que el miedo a la muerte bloquea, pues los sentimientos de supervivencia convierten la vida en una especie de tortura.
La cuestión que se abre, en consecuencia, es la siguiente: ¿puede el miedo a la muerte ser fuente de futuro? Creo que no. El miedo a la pérdida convierte la vida en una huida hacia adelante. Una huida encabalgada para vencer a la muerte. Pero, conforme se lucha más contra ella, más se acerca y el miedo aumenta. Se trata de un círculo vicioso, de una pescadilla que se muerde la cola ad infinitum. De este modo, buscar la inmortalidad es una manera de tener el rostro vacío de la muerte siempre ante nuestros ojos y esas cuencas vacías nos absorben con toda su fuerza, privándonos de la alegría de vivir el momento presente como un don en sí mismo. Un don que nos da la oportunidad de disfrutar de nuestra fragilidad, de nuestra inconsistencia biológica, que está marcada por la finitud.
Opino que hay que valorar como algo positivo o como una ganancia nuestra fragilidad, pues se trata de la fuente de nuestra cultura, de nuestro cultivo como seres humanos. Creo que es la condición de posibilidad para superar el mito transhumanista, aquel que comprende que la fragilidad es un mal que hay que erradicar. Yo pienso, como se puede ver, de manera diferente: la fragilidad humana es una ganancia para construir un mundo mejor, más humano, más nuestro, en el que podamos convivir civilizadamente.
Algo me dice que el sentido de la existencia de la ciudad es que sus muros, y esto lo digo porque vivo en la ciudad amurallada de Ávila, existen para que los más frágiles tengan protección. De este modo, niños, enfermos, mujeres embarazadas y ancianos son el sentido de la existencia de la civilización. Creamos los muros de nuestras casas para que nuestros cuerpos vulnerables no estén a la intemperie, para que nuestros niños y nuestros ancianos no sucumban a las inclemencias del clima. El frío abulense, que es muy característico, al estar esta querida ciudad cerca de la Sierra de Gredos, nos enseña que hay que adaptarse al clima y, también, que podemos hacernos dueños del mismo para crear una hoguera constante. De esta palabra procede, como muchos sabrán, la palabra hogar.
Nuestra fragilidad es condición de posibilidad para crear hogares humanos donde podamos vivir nuestra vida a lo largo de todas sus etapas. Se trata, creo, de una experiencia profundamente bella. La vida humana es bella. Vivir es bueno. Por eso acude el replicante Roy a Tyrell y vuelve a su casa, al hogar de su creador, porque desea vivir. Se ha dado cuenta de que la vida tiene sentido y quiere luchar por ella. Del mismo modo que han luchado todos los seres humanos a lo largo de la historia para construir sus hogares, ver crecer a sus hijos, envejecer a sus padres y ensanchar su alma con el amor y con la amistad. Algo que es posible gracias a la existencia de la ciudad…
Llegados a este punto, es hora de retomar el trasumanar de Dante Alighieri, con el que quiero concluir el presente artículo. Si queremos seguir viviendo como humanos opino que deberíamos releer al poeta florentino. No porque en su obra se encuentre toda la esencia de lo humano, sino porque creo que puede ayudarnos a dialogar con los pensadores transhumanistas para mostrarles que hay otras maneras de trascender la naturaleza humana sin eliminarla. No es necesario dejar de ser humanos para ser más perfectos. Quizá, y digo quizá, baste con descubrir la mirada del otro, tal y como Dante lo hizo al quedarse asombrado por la mirada de Beatriz. La joven florentina puede ser aún un símbolo de la divinización humana del ser humano conducida por el Amor. Así, tal y como quería Dante, podremos ser, siguiendo su filosofía y su poesía, auténticos fieles del Amor, los fedeli d’Amore. Pues el amor es, en mi opinión, la fuente de toda trascendencia y de toda metafísica. Por el amor vivimos y por el amor encontramos el horizonte del futuro abierto ante nuestros corazones. Ojalá tengamos la oportunidad, como la tuvo Dante, de encontrar la mirada resplandeciente de Beatriz en nuestra vida y podamos contemplar algún día la fuerza del amor que mueve el sol y las demás estrellas. Así podremos construir un mundo nuevo, en el que nuestras ciudades puedan acoger a los más frágiles. Creo que es la mejor manera de vivir más allá del mito transhumanista…

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