David Lorenzo Cardiel
Filósofo, escritor y periodista cultural
Fecha de publicación: 29/02/24
Existen las obras clásicas y luego están las obras universales. Las primeras suelen delimitar el horizonte de los escritores. Aspirar a que un trabajo propio se convierta en clásico o, dicho con otras palabras, que los lectores lo sigan leyendo y legando en sus bibliotecas durante siglos es el gran talón en blanco de casi cualquier autor. Ahora bien, las obras universales, en su mayoría, pertenecen a los filósofos. Un libro universal se diferencia de un clásico en que es capaz de seguir ofreciendo una interlocución fresca con los lectores sea cual sea la época en la que se lea. La clave aquí no es tanto la genialidad con la que esté escrito el texto, sino su contenido: se trata de la sabiduría.
Una obra universal son las Meditaciones, del filósofo y emperador Marco Aurelio (s. II d.C.). Las notas y apuntes del gobernante romano no estaban pensados para convertirse en un trabajo que leyesen otros. El destino, en un particular juego de manos, quiso que su trabajo fuese preservado por unos y por otros. La razón es que el estoico ofrecía consuelo frente al gran yugo que cargamos los seres humanos, el sufrimiento. Esta verdad la sabían bien nuestros ancestros, que vivieron en un tiempo donde no existía el desarrollo farmacológico y científico de nuestros días. También porque tuvieron que enfrentarse a sociedades menos edulcoradas, al menos, que las occidentales de hoy. El trabajo, la vida y la relación con los demás era infinitamente más dura tanto si eras hombre como mujer, rico o pobre.
La guerra, la enfermedad y el desastre siguen siendo tres pruebas a las que nos seguimos enfrentando los seres humanos. Ante ellas, nuestro lugar en el mundo desaparece. Sheldon Cooper estableció su origen de coordenadas en un cierto rincón del sofá del apartamento que compartía con sus compañeros en la serie The Big Bang Theory. Así caminamos cada uno de nosotros en la vida, al menos, al nacer, lo reconozcamos o finjamos no hacerlo: la búsqueda interior y el rincón que ocupamos en el cosmos (esto último es lo que multitud de autores llaman «el sentido de la vida», aunque en mi pensamiento filosófico esta cuestión sea una tautología).
Estas son las dos principales claves que recogen las Meditaciones. Marco Aurelio habitó una época incierta, como no podía ser de otra manera: las campañas militares en la frontera, la mano izquierda para cogobernar uno de los países más extenso y estructuralmente complejos de la antigüedad, la plaga que asoló Roma. Su madre, una de las mujeres más ricas de la historia romana, le educó en el respeto a los cultos, la rectitud ética y la entrega al estudio. Por su parte, casó con una mujer, al parecer, en sintonía con su visión de la vida. Y cuando le tocó gobernar lo hizo desde su condición de filósofo, no a causa de ella. Su reinado fue, en líneas generales, fructífero para su país. De hecho, la decadencia del Imperio Romano comenzó de la mano de su hijo y heredero, Cómodo.
El filósofo conocía bien que la vida es un juego donde el más grave de los destinos es la muerte. Gracias a la franqueza de su legado al no estar destinada para ser leída para nadie más que para sí mismo, Marco Aurelio consigue ofrecer pequeñas perlas de sabiduría. No es sólo que las Meditaciones nos inviten a pensar, sino que trasciende la mera reflexión, entronizada desde la perspectiva epistémica grecolatina, y alcanza el saber indiscutible, aquel que bien entendido lo percibimos, certeramente, como indiscutible, sepamos exactamente por qué o seamos todavía incapaces de discernirlo. Como hoy están de moda los consejos del estoicismo y se sigue escribiendo profusamente de Marco Aurelio no haré demasiadas citas del libro. Tan sólo tomaré una de ellas, aunque no por su singularidad está escogida precisamente al azar: «Ya en breve no serás más que ceniza y un esqueleto, solo un nombre o ni siquiera un nombre. Pues el nombre no es sino un rumor o un eco lejano. Las cosas que reciben honores durante nuestra existencia son vacías, corruptibles, insignificantes. Son como cachorros que se mordisquean entre sí o como niños que aman la discordia y unas veces ríen y otras, de golpe, lloran. Fe, pudor, justicia y verdad se van “al Olimpo desde la anchurosa tierra”. Entonces, ¿qué es lo que aún te retiene, si es cierto que las cosas sensibles son tan fácilmente cambiables y en absoluto fijas, y si los sentidos son borrosos y fácilmente impresionables, si nuestra alma es una emanación de la sangre, y si es vanidad, según esto mismo, buscar la buena fama? ¿Y qué? Hay que esperar o bien apagarse serenamente o bien trasladarse a otro lugar. Pero hasta que el momento oportuno llegue, ¿qué basta hacer? Ninguna otra cosa sino honrar a los dioses y hablar con respeto, obrar bien hacia los seres humanos y soportarles o alejarse de ellos. Cuantas cosas hay fuera de los límites de tu cuerpo y de tu espíritu recuerda que ni son tuyas ni dependen de ti».
La editorial barcelonesa Arpa ha publicado recientemente una nueva edición de las Meditaciones en una, a mi juicio, magnífica y cuidada traducción anotada de la mano del especialista David Hernández de la Fuente. Las calidades físicas en las que Arpa ha elaborado el libro, en tapa blanda y papel de alta calidad facilitan una lectura confortable, en un tono actualizado al habla castellana de nuestra época, eso sí, dentro de la más estricta corrección terminológica y adecuación a la obra conforme ha sobrevivido hasta nuestros días. Si aún no poseen un ejemplar de esta obra que sigue invitando a posibles planteamientos sobre cuestiones de plena actualidad, ésta es su edición. Cómoda, rigurosa y respetuosa con un libro universal, que salvo desastre mundial se seguirá leyendo, moleste a quienes les incomode el estoicismo y agrade a todos los demás.
