El picotazo de la medusa

Un relato de Aitor Irulegi

—¡Ahora salta! —gritó Sergio desde las escaleras de piedra.

Imitando sus movimientos, conseguí sortear la puerta de chapa y subir a pulso hasta el techo donde arrancaba la torre. Arriba, en la plataforma, logré colarme entre el pasamanos y el listón intermedio de la barandilla para poder descolgarme. Después, forzando las muñecas y los hombros, giré el cuerpo y me quedé petrificado mirando al mar, esperando poder reaccionar al escuchar su señal.

Con la espalda arqueada y las costillas sacadas de sitio, como un crucificado a punto de desplomarse de algún retablo, solo tenía que impulsarme con decisión, recobrar la verticalidad en el aire y, justo antes de tocar el agua, plegar las extremidades para evitar el picotazo de la medusa. Así denominábamos a la quemadura que marcaba para siempre, la piel de los indecisos.

—¡Vamos, libre! —volvió a gritar.

Había que confiar ciegamente en las indicaciones de tu predecesor, encaramado allí, no podías comprobar por ti mismo si la zona de salto había quedado despejada. En aquel instante me vinieron a la cabeza todos los intentos fallidos de los que había sido testigo: el espaldarazo de Jon, la peligrosa enganchada que sufrió Raúl y el choque entre aquellos dos que no supieron coordinarse bien y que terminaron con algún hueso roto.

Decían que una picada era dolorosa, incluso mortal si te cogía el cuerpo entero, pero ¿quién era capaz de soportar el desprecio de los que ya habían asumido semejante riesgo? Ellos habían rebasado la barandilla igual que yo, y pese a la posibilidad de resultar heridos, prefirieron aparentar ser valientes.

Solo Sergio disfrutaba con aquello. Él era el único que se permitía el lujo de ensayar alguna postura durante la caída. A veces se recogía en el último momento y provocaba las mayores explosiones de agua registradas. Sus continuas demostraciones, audaces y precisas, le dieron un poder ilimitado sobre todos nosotros.

—¡Está libre, salta! —ordenó por tercera vez.

Entonces, en el momento en que la inmensa mole del barco cochero avanzaba con lentitud por mitad de la bocana eclipsando la luz, solté las manos y di un paso hacia el abismo. Todo fue muy rápido. El corazón se me salía por la boca y, para tratar de retenerlo, cruce los brazos sobre mi pecho.

Sin pretenderlo, había conseguido adoptar la posición perfecta para traspasar la lámina de agua como si fuera un proyectil. Mi cuerpo se hundió varios metros, pero, ese breve tránsito por la oscuridad se me hizo interminable. Salí pataleando, sacudí la cabeza, me quité el pelo de la cara y vi a Sergio esperarme en las escaleras. Me ayudó a subir librándome de pisar las rocas cubiertas de conchas afiladas.

—Bien hecho —dijo mientras tiraba de mí.

Los demás nos observaban sentados desde el pretil, y yo nunca me había sentido tan feliz. Ahora me tocaba a mí ser el encargado de dar el aviso al siguiente que esperaba colgado de la barandilla.

—¡Libre! —grité con fuerza.

Salté muchas veces desde lo más alto aquel último verano interminable. Lo hice de todas las formas posibles, incluso de espaldas, copiando lo que Sergio hacía, en un intento por revivir la euforia de la primera vez. Al final de las vacaciones, por culpa de un exceso de confianza, me desequilibré en el aire y comencé a aletear tratando de corregir la posición perdida. Calculé mal y caí con los brazos abiertos. El dolor de la picadura duró días, los moratones en la piel blanca del interior de mis brazos, semanas. Nunca más volví a saltar desde la baliza, tampoco volví a acercarme al pretil que bordeaba la rampa. Para mi alivio, al poco, supe que ya casi nadie iba a probarse desde tan alto.

Hoy me he cruzado con Sergio en la calle. Me ha parecido que iba hablando solo y lo he evitado. Nadie lo había visto por aquí desde hacía mucho tiempo: así me lo han confirmado mis amigos cuando he comentado la coincidencia. Todos, a su manera, han dejado caer un fugaz comentario lamentando lo mal que le habían ido las cosas y han seguido con lo suyo. Sin embargo, yo me he quedado pensando en que quizá, un único mal salto hubiera hecho de Sergio alguien más precavido. Podría haber acabado aquí todas las tardes, sentado con nosotros, amontonando botellines de cerveza sobre las mesas de la terraza.

Piden otra ronda y me levanto para sacarla. Esquivando a los niños que juegan alrededor, entro en el local; es viernes y está abarrotado. Consigo abrirme hueco hasta la esquina del fondo y espero a que me atiendan, pero nadie parece advertir mi presencia. Apoyo las manos en la encimera y me impulso para colocar la punta de los pies sobre la barra corrida bajo el mostrador: mi cabeza sobresale ahora entre las demás. Me giro manteniendo el equilibrio, separado del suelo, recupero el vértigo. Saltábamos y saltábamos aquel verano, atrapados en una repetición sin salida…, como si estuviéramos preparándonos sin saberlo, para algo más absurdo y despiadado.

Aunque todo el tiempo, a cada latido, el picotazo de la medusa me esté atormentando, sé que, si volviera a escuchar su señal «¡libre, salta!», ya no habría nada que me hiciera dudar.