Antonio Rivera
Catedrático en la UPV/EHU
Fecha de publicación: 18/02/25
Quien dijo (o cantó) que “veinte años no es nada” no sabía bien lo que son veinticinco. Un cuarto de siglo, para cualquier entidad asociativa, es un término temporal que la hace más que mayor: la hace casi añeja. Y si esa entidad lo es memorial de algo tan esquivo como el terrorismo de los nuestros, el etnonacional, su longevidad relativa ha de celebrarse y destacarse como un logro superlativo.
La Fundación Fernando Buesa Fundazioa cumple precisamente ese número, coincidiendo así con otras tantas que se constituyeron en aquellos significados años del cambio de siglos XX al XXI. La estrategia terrorista de ETA, desde 1995, se aplicó a atentar contra personas referentes de la vida política y social. Originalmente, fue la reacción contra la caída de su cúpula en Bidart (1992) y pronto se tradujo siniestramente en aquella estrategia de “socialización del sufrimiento” que incluía este tipo de objetivos. Todo comenzó con Gregorio Ordóñez, y siguió con Francisco Tomás y Valiente, y Fernando Múgica. Falló, pero lo intentó, nada menos que con el entonces rey Juan Carlos, con el líder de la oposición, José Mª Aznar, y con el consejero vasco de Interior, Juan Mª Atutxa. Continuó con Miguel Ángel Blanco, un modesto concejal de pueblo, convertido su crimen en magnicidio por la repercusión que alcanzó, al que siguieron Jiménez-Becerril, Tomás Caballero y otros más. Después, tras el final de aquella “tregua-trampa”, la emprendieron con una lista fatal: Buesa, López de Lacalle, Jáuregui, Ernest Lluch, Giménez Abad, Joseba Pagaza y otros a los que la suerte salvó, como Recalde, Edu Madina o Ramón Rabanera, por no alargar esta penosa relación.
El proceso de fundación de entidades memoriales ligadas al recuerdo de estas personalidades había comenzado ya, siguiendo el estudio de Eduardo Mateo1, en 1992, con la Manuel Broseta, la del citado Ordóñez, Miguel Ángel Blanco, Jiménez-Becerril y Tomás Caballero, concejales del PP y UPN, respectivamente. El repunte criminal del comienzo de este siglo abrió una nueva fase con la constitución de fundaciones en memoria de Fernando Buesa, López de la Calle, el empresario Joxe Mari Korta y Maite Torrano. Todavía en 2002 se crearía la Giménez Abad, la Luis Portero y la Doctor Muñoz Cariñanos. Y ya referida a un tipo de terrorismo distinto, el yihadista, se constituyó la Rodolfo Benito en 2004.
Contra la privatización del sufrimiento y del recuerdo
La mayoría de esas entidades, al cabo del tiempo, han ido finiquitando. A día de hoy quedan solo unas pocas, sobre todo las que han conseguido ubicarse en una cierta especialización o mantenerse como referente de su objetivo inicial. Las asociaciones memoriales juegan un rol distinto de las de víctimas: no representan intereses “corporativos” de estas, como pueda ser atención, ayudas, seguimiento jurídico y otros ámbitos que les dan sentido. A diferencia de ellas, su objetivo es mantener el recuerdo de la persona referida, de lo que significó su trayectoria vital y de la defensa de lo que representaba y quisieron eliminar los terroristas con su acción. En el caso de Fernando Buesa, el lema tradicional de su fundación, “El valor de la palabra”, recuerda precisamente su capacidad para abordar la realidad desde la reflexión razonada y la defensa inquebrantable de la lucha pacífica de argumentos como única aceptable en sociedades habitables.
De manera que las dos razones que hacen fracasar estas entidades que, inicialmente, surgen con el lógico entusiasmo de sus promotores son el propio paso del tiempo y la falta de una cierta especialización. El paso del tiempo mina ese entusiasmo inicial de los implicados en sostener las fundaciones, pero sobre todo lo hace con su entorno. Por lo que dicen las encuestas, a medida que pasa el tiempo la ciudadanía remite el dolor –y con él el recuerdo- al ámbito privado. La víctima y su recuerdo son siempre incómodos, pero lo son más aún cuando pasan los años y el tiempo presente ya no tiene que ver con aquel en que tuvieron lugar los crímenes. A la incomprensión se le suma el hastío y hasta un cierto rechazo, y no solo entre los indolentes con aquel sufrimiento, sino incluso entre los cercanos. En el fondo, nadie quiere compartir en algo una victimización permanente, eterna; todo el mundo pretende recobrar cierta normalidad. Un asunto que afecta también a las propias víctimas directas, que del mismo modo se hacen la pregunta de hasta cuándo van a tener que seguir siendo víctimas militantes. Como puede observarse, el tiempo hace coincidir la mayor necesidad: que el recuerdo y el aprendizaje del pasado no se pierdan al cabo de los años, con la natural degradación: que los años devuelvan todo a una cierta normalidad, a un confortable olvido.
La otra razón para el decaimiento y la final desaparición asociativa es la falta de especialización o, mejor, la dificultad para encontrar un espacio desde donde decir algo que siga siendo útil año tras año. Este es, entiendo, el mérito que ha tenido la Fundación Fernando Buesa y que, en parte, está detrás de su continuidad y referencialidad. Las entidades memoriales ejercen una función social pedagógica en tanto que inciden en la necesidad de cultivar valores cívicos (el pluralismo, la tolerancia, el respeto, la defensa de las libertades y del Estado de derecho, el aprendizaje social…). Algunas han conseguido esto especializándose en campos como el derecho (vg. la Giménez Abad, especializada en estudios parlamentarios y del Estado autonómico).
En el caso de la Buesa lo ha logrado a través de tres mecanismos. Primero, una doble actividad documental y pedagógica, generando gran cantidad de materiales y fuentes para un conocimiento del terrorismo en España desde la perspectiva de sus víctimas (Centro Documental, Efemérides y Hemeroteca) y encabezando iniciativas para los jóvenes que proyecten los valores cívicos en su lenguaje (vídeos, exposiciones y proyectos educativos varios)2. Segundo, a través de un programa ininterrumpido de conferencias, presentaciones, debates y, particularmente, seminarios anuales (con sus libros correspondientes) en los que no ha tenido miedo a abordar la realidad y los temas más candentes a través de sus protagonistas y de sus expertos, dejando siempre clara una posición valiente y, en ocasiones, no exenta de riesgo. Finalmente, como tercer argumento, la Fundación se ha destacado por un posicionamiento público identificable por su alejamiento de partidismos y por su voluntad práctica por conocer lo que rodea al terrorismo con criterios de razón y de verdad, frente a la tentación permanente de asistir a esta temática desde el apasionamiento ciego o el interés espurio. En ese sentido, la Fundación se ha puesto en más de una ocasión en evidencia y en solitario contra o ante posiciones mayoritarias y populares que, sin embargo, entendía que no contribuían a superar las consecuencias del terrorismo desde los valores que defiende desde su creación en el año 2000. En esa defensa han jugado un papel que es necesario destacar “las mujeres de la Fundación”, su presidenta original, la viuda de Fernando Buesa, Natividad Rodríguez, y sus dos hijas, Marta y Sara3.
Creo, entonces, que no es conclusión de parte afirmar que la Fundación Buesa ha demostrado en este largo medio siglo una capacidad constante para ser contemporánea, acorde con lo que pide cada instante y con sus renovados debates, y otra paralela para ser valiente e independiente en sus posicionamientos. Posiblemente, la profunda convicción en torno a una serie de valores básicos que anima a las personas que la sostienen cada día ha hecho posible este pequeño milagro de seguir siendo tan actual al cabo de veinticinco años. Ser tan actuales como cuando Nati afirmó rotunda su voluntad de que el recuerdo y la figura de Fernando no se las llevara el inevitable paso del tiempo.
Notas:
1 E. Mateo, “La contribución del movimiento asociativo y fundacional a la visibilidad de las víctimas del terrorismo en España”, Revista de Victimología, 7 (2007), pp. 9-46.
2 Se remite a su web https://fundacionfernandobuesa.com/web/es/
3 Otro factor no menor que explica esta continuidad es el arraigo local que tuvieron tanto la figura de Buesa como luego su fundación, a pesar de que el conocimiento de ambos trasciende desde hace mucho el ámbito inicial vitoriano y alavés.
