Hagakure y la ética samurái en el Japón Moderno

Iñaki Vázquez Larrea
Doctor en Antropología

Fecha de publicación: 25/02/25

En los veinte años que han seguido al fin de la Segunda Guerra Mundial, la sociedad japonesa se ha ido trasformando en el mundo descrito en las páginas del Hagakure. Ha dejado de haber samuráis, contiendas bélicas, la economía se ha recuperado, reina la paz, la juventud bosteza…”

Yukio MIshima

“En toda la historia del Japón la persona con quien uno estaba endeudado en última instancia era el superior más alto dentro de su propia esfera. Según la época, esta persona era el señor local, el señor feudal o el Shogun. Hoy es el emperador.

Durante la guerra los soldados japoneses decían “Estoy decidido a vivir como alguien ya muerto, y así devolveré ko-on (el honor) al emperador” y ello significaba, entre otras cosas, realizar su propio funeral antes de embarcarse, prometer el cuerpo de uno “al polvo de Iwo Jima” y decidir “caer con las flores de Birmania”.

En Ruth Benedict, “El crisantemo y la espada”.

Hagakure es el clásico de la literatura samurái escrito por Yamamoto Tsunetomo, tras dejar las armas y convertirse en monje budista, en el Japón Tokugawa del siglo XVIII. En sí misma, es una obra paradójica, tal y como la definió Mishima, por cuanto que es un alegato contra los placeres mundanos a los que, supuestamente, se habían entregado los samuráis (morir junto al señor feudal era visto ya como un anacronismo en la época).

Podría traducirse como Oculto por las Hojas. Se trata de un conjunto de dictados sobre las virtudes del Samurái ideal. Libro de cabecera de Yukio Mishima desde su niñez, fue muy popular en Japón hasta la Segunda Guerra mundial.  Dio sentido literario y vital a la vida del propio Mishima, que terminó suicidándose en 1970 practicándose el seppuku, el rito tradicional de suicidio japonés.

Las analogías con la obra de la antropóloga Ruth Benedict en el “Crisantemo y la espada” son claras. Si Ruth Benedict pretende dilucidar la lógica del militarismo japonés a través de la antropología cultural, Hagakure pone de relieve una utopía ética en la que la virtud consiste en el abandono de uno mismo, y en el camino a seguir por el Samurái no es otro que la muerte.

 La frase más célebre del Hagakure es la siguiente:

Descubrí que el camino del Samurái es la muerte. En un asunto de vida o muerte, decídete de inmediato por la muerte. No debe darte pereza, toma la decisión, no pienses nada y lánzate” (Yamamoto, pág. 23).

Existe un consenso generalizado de que Ruth Benedict llevó sus conclusiones demasiado lejos. En primer lugar, por el excesivo peso epistemológico de Margaret Mead y la escuela de Cultura y personalidad en su obra, además de las lógicas limitaciones de trabajo de campo en plena Segunda Guerra Mundial (el estudio sobre Japón se realizó en 1944).

Dicho esto, no es menos cierto que los soldados japoneses mostraban una disponibilidad de vida total, en la que la rendición equivalía a deshonor, y la muerte una muestra de superioridad espiritual nipona (en ausencia de propaganda de guerra notoria). Este último punto no pasó desapercibido para el Alto Mando estadounidense.

En palabras de Ruth Benedict:

La política de no rendición fue la aplicación extrema de esta teoría sobre la disponibilidad absoluta de la vida de los soldados. Si un ejército occidental tras haber hecho cuanto pudo, ve que no le queda salida alguna, se rinde al enemigo. Estos hombres siguen considerándose soldados dignos de todo respeto y, por acuerdo internacional, se envía una lista con sus nombres al Gobierno de su país para que las familias sepan que siguen vivos.

No caen en desgracia ni como soldados ni como ciudadanos, y sus familias no se sienten avergonzadas de ellos. Los japoneses, en cambio, consideraban la situación de manera distinta. El honor estaba íntimamente ligado a la idea de morir luchando. En una situación desesperada un soldado nipón debía suicidarse con la última granada que le quedaba o arrojarse sin armas al enemigo en un ataque suicida masivo, pero jamás rendirse.

Incluso si se le hacía prisionero cuando estaba herido o inconsciente, “no podría andar con la cabeza alta” en el Japón, había caído en desgracia, había “muerto” para su gente” (Ruth Benedict, pág. 48).

Del catálogo de virtudes samuráis, Mishima quiso ver la denuncia del abandono de los valores tradicionales en la sociedad Tokugawa y en un doble juego de espejos dialógico de la propia sociedad japonesa de posguerra, abocada al sin sentido de la deshumanización y el consumo. Escrita en 1967, La ética del samurái en el Japón moderno, constituye una de las obras claves de Mishima. Explica no sólo su forma de pensar, si no, también, su trágico final.


 Bibliografía:

Benedict,  R; El Crisantemo y la espada, Alianza Editorial, Madrid, 2006.

Mishima, Y; La ética del Samurái en el Japón moderno, Alianza Editorial, Madrid, 2013.

Mishima, Y; Los sables, Alianza Editorial, Madrid, 2011.

Tsunetomo, Y; Hagakure: El Libro de los samuráis, Editorial, Dédalo, Buenos Aires, 1991.