El dolor en suicidas y en dolientes por suicidio

Anastasio Pablo González Báez
Profesor en la Universidad Europea de Canarias y en la Universidad Isabel I

Imagen: Sara Ramone

Introducción.

Es artículo intenta mostrar, desde la experiencia profesional en atención en posvención del suicidio, las bases para un abordaje que difiere del modelo psicopatológico imperante de la conducta suicida, tratando dicha conducta como un trastorno mental, en la que la persona que intenta suicidarse y los dolientes en caso de consumarse el suicidio, quedan relegados a una categoría diagnóstica sin entrar en lo que realmente importa. Estas bases expuestas son la que nos llevan a un trabajo basado en comprender el dolor que se puede sentir en ambos y que es el núcleo sobre el que gira la conducta suicida.

Las cifras del suicidio en España muestran un incremento desde 2018 hasta 2022, siendo la primera causa de muerte no natural según el Instituto Nacional de Estadística (INE).  Cada año de esta serie temporal registrada supone la muerte de 3.539, 3.671, 3.941, 4.003, 4.227 personas respectivamente. En el período de 2023 se produjo un descenso, pasando a ser la segunda causa de muerte no natural, dejando esta cifra en 4.116 (Ministerio de Sanidad, 2024). Además, estas cifras pueden estar subestimadas, pues el propio registro del INE incluye diferentes causas de muerte como el ahogamiento, eventos de intención no determinada, envenenamiento accidental, caídas accidentales… que pueden ocultar el suicidio como causa de muerte (González, 2023).

Últimamente se ha hecho hincapié en la edad de las personas que mueren por conducta suicida, siendo el rango de edad más afectado, con un 40%, entre 40 y 49 años, seguido con un 27%, entre 60 y 79 años y con un 17%, entre 20 y 39 años. (Europa Press, 2022) y según INE (2023) estos datos para el año siguiente se corresponden con un 19,43%, entre 40 y 49 años, un 27,21%, entre 60 y 79 años y con un 8,6% entre 15 y 29 años, apuntando el rango de 50 a 59 años con un 21,57%. A estos datos sobre la estadística del suicido, podemos añadir la aportación de la OMS (2014) que asume que el 90% de los suicidios se deben a un trastorno mental, y que mantiene una visión de la conducta suicida como una psicopatología, convirtiéndose en la variable que más puede explicar esta conducta (Al-Halabí y Fonseca, 2023). Este porcentaje es compartido por autores como Cavanagh et al (2003), añadiendo un 92% para las personas que lo han intentado, o la presencia de la depresión en el 80% de los suicidios (Echeburúa, 2015). Todo esto nos muestra a una visión biomédica del suicidio, en lugar de entenderlo como un fenómeno complejo y multifactorial (Blasco. 2022). El no tener en cuenta esto último nos lleva a confundir el factor de riesgo con causalidad (García-Haro el al., 2020), manteniendo una visión reduccionista, simplista de la conducta suicida, el estigma de esta conducta y las consecuencias para los supervivientes, así como contradecirse con definiciones propuestas por la propia OMS (2014), que la entiende como un acto deliberado e intencional de quitarse la vida.

Contrapuesto a esta forma de entender el suicidio, Shneidman (1993) apunta que un 15% de las personas que se suicidaban tenían algún trastorno mental, entendiendo la causa principal de la conducta suicida el dolor psicológico “psychache”. En el libro Rethinking suicide, de Bryan, G. (2022), encuentra datos contra esa hipótesis del 90%. No se pueden corroborar esos datos epidemiológicos, además los indicadores de trastorno mental están débilmente correlacionados con la conducta suicida y los diagnósticos están basado en métodos informales y no sistematizados, implicando poca fiabilidad.

La relación entre el dolor psicológico o “psychache” y la conducta suicida, se ha ido demostrando por diferentes autores (Flamenbaum, 2009) y la correlación positiva entre “psychache” en estudiantes universitarios, (Flamenbaum y Holden,2007; Holden et al., 2001; Lester, 2000) y mayor “psychache” en pacientes hospitalizados con ideación suicida. En base a este predictor de la conducta suicida y otros factores propuestos por Joiner (2005) y Joiner y Silva (2012), abordaremos el trasfondo del dolor en la persona que intenta suicidarse y en dolientes, también conocidos como supervivientes.

El dolor y el sufrimiento como causa de la conducta suicida.

“El suicidio podría percibirse como la única solución posible al dolor. Puede ser una decisión tomada con perfecta calma y claridad mental…ese dolor ha tenido que haberse mantenido ahí un tiempo sin que hayamos hecho nada para deshacernos de él.” (Íñiguez, 2020, pág. 60).

Shneidman tras acuñar el “psychache” para describir el dolor psicológico derivado de necesidades psicológicas insatisfechas, propone unas características comunes del suicidio.

Tabla 1. Características comunes del suicidio

Elaboración propia adaptado de Edwin Shneidman y la suicidología moderna, Chávez y Leenaars, 2010.

Bajo este prisma centrado en el dolor psicológico, se nos hace entender que la persona con intención suicida parecer ser que no busca la muerte de forma gratuita, es la necesidad de encontrar una solución al sufrimiento psicológico padecido. El cese del sufrimiento por ese dolor que la persona considera insoportable se produce cuando se consigue interrumpir la conciencia del mismo, por medio de la muerte. Todo esto se produce en un escenario de desesperanza y en el que la ambivalencia o la presencia de pensamientos contradictorios están presentes. Sumamos una visión de túnel que no permite apresar otra posibilidad que el escape de la vida como única salida. Tal y como recoge Shneidman (1993)

Tabla 2. Características del suicidio

Elaboración propia a partir de Suicide as Psychache, Edwin Shneidman, 1993

Y ¿qué puede aumentar ese dolor? Joiner (2005) y Joiner y Silva (2012) nos hablan de la condición de sentirse una carga para los otros, sentimiento de esta aislado, fracaso en la pertenencia social y/o haber aprendió a tolerar el daño y el dolor, puede llevar a un vacío existencial y en consecuencia al suicidio.

Enlazando el sufrimiento psicológico con los datos estadísticos ofrecidos, en el grupo de edad entre 15 y 29 años, factores como el elevado estrés emocional o el acoso pueden desencadenar como situaciones insoportables que terminan en conductas suicidas (Navarro-Gómez, 2017).

“Iba caminando hacia mi casa, cuando al pasar por el puente me detuve y subí el muro con la intención de acabar con el dolor que suponía ir todos los días al instituto. No pensé en nadie, sólo quería terminar con este dolor” (Narrativa en entrevista posvención sucidio).

En el grupo de edades, a partir de los 40 años, donde hay mayor incidencia, las situaciones laborales, socio económicas, y la soledad en grupos de avanzada edad, pueden ser causas que lleven a ese dolor insoportable y como consecuencia, a la conducta suicida.

Tal y como comentamos, la conducta suicida es multifactorial, y estos factores pueden llevar a ese dolor psicológico insalvable e insoportable que nos lleva a un dolor cuya analgesia es el suicidio.  “El dolor es el núcleo del suicidio. El suicidio es una respuesta exclusivamente humana al dolor psicológico extremo” (Shneidman, s.f.). No podemos saber cual es el último pensamiento del hombre antes de morir (Bayés, 2011).

“Cada mañana, hacia las seis y media, afuera en la oscuridad el ruido de hierro de los botes de basura. Ella decía con alivio: la noche por fin ha terminado (sufría por la noche, ella sola, cosa atroz)”. (Barthes, 2009, p. 15)

El dolor del superviviente del suicidio.

A la hora de entender las reacciones a la pérdida de un ser querido es adecuado hacer referencia a: “Comparar los tipos de pérdidas y vivencias de cada persona en duelo no sería adecuado y tampoco justo puesto que cada proceso de duelo es único e irrepetible y su elaboración depende de muchas variables” (Herrero, Corbella y Putin, 2023 p.103).

Podemos hablar de manifestaciones en el duelo por suicidio, pero éstas estarán incluidas en las manifestaciones de duelo por muerte inesperada que a su vez se incluyen en las manifestaciones por cualquier tipo de muerte (Jordan y Mcintosh, 2011). Estas manifestaciones de duelo normal van desde reacciones fisiológicas, conductuales, afectivas y cognitivas (Worden, 2013) y en el caso del sucidio, aparecerán preguntas por resonder, sentimientos de traición, culpa, fracaso personal (Bermejo y Santamaría, 2011), afección del entorno familiar y social (Baños, 2022), problemas para compartir el dolor y aislamiento en el núcleo familiar (Camacho, 2016).

Pero es en el contenido de la narrativa de estos dolientes donde podemos observar el dolor que genera este tipo de muerte:

“Hija tengo la necesidad de que me acojas a tu lado, de que extiendas tu mano y me salves de lo que aquí considero un sacrificio mi estancia… Me siento culpable de esta situación y este sentir lo llevo clavado muy profundo hija…Como siempre digo y no puedo quitar de mi mente, es no poder volver a ver a mi hija, a mi niña. Veo sus fotos y cada vez menos me creo lo que ha ocurrido, es como si fuera una pesadilla que dura ya demasiado… El infierno se me une con el cielo, porque en uno estoy yo y en el otro lado, la persona que debió permanecer aquí después de mí y difiere uno tanto del otro” (Mensajes recibidos por un doliente).

La ruptura de continuidad generacional que se puede dar en los progenitores, verse como víctima, sensación de fracaso, angustia por no entender la muerte e incluso la ruptura de la pareja, así como la falta de un espacio común para compartir el dolor afectan a éstos, convirtiendo ese dolor en algo que nadie va a entender (Olmos, 2023).

“Porque es que no lo llevo bien, finjo mucho, pero y no lo llevo bien. Tengo una soledad increíble. yo quiero tocar ciertos temas con él, no lo veo tampoco preparado como para sentirlo o escucharme”, “estoy sola, cada uno con su dolor y atendiendo a todos” (Narrativa en entrevista con doliente).

En los hijos que quedan, estos se ven olvidados debido al retraimiento del dolor de los progenitores y sentimiento de abandono (Olmos, 2023)

“Estoy en un momento que no me lo creo. A veces a veces tengo bajones porque digo, es verdad, ya no la voy de volver a ver nunca más, pero a veces estoy en momentos en que digo no esto, esto… o sea que no es real” (Narrativa en entrevista con doliente).

“Empecé con autolesiones, estaba también con trastorno alimentario, y notaba que las autolesiones me aliviaban, por un momento de desmallaba y, pues mira, tenía esa paz, esas voces constantes psicológicas de no querer vivir, esa angustia, encima, pues no podía contar con nadie”, “Sola, un sentimiento de haber perdió a mis padres y a mi hermano, mis padres no estaban” (Narrativa en entrevista con doliente).

La expresión de dolor en cada superviviente será diferente y estará condicionada a la posición que ocupa en la relación con el suicida y con las personas del entorno familiar y/o social. Suele estar presente un vacío casi imposible de llenar, una vivencia única de ese dolor que raramente es compartida con los demás. Cada superviviente se cree único en ese dolor y es así, tal y como dicen Herrera, Corbella y Putin (2023), en el que cada proceso es único e irrepetible y está condicionado para variables que influyen en la gestión de ese dolor.

Conclusión.

La experiencia personal y profesional sobre este tema, lejos de encuadrar el suicidio como una psicopatología y, por ende, estigmatizar a los dolientes, me ha mostrado que el dolor en el proceso de duelo por suicidio es idiosincrático, difícil de ser compartido y entendido por el resto. La sensación de irrealidad presente de forma permanente, los sentimientos de abandono y culpa y el intento de buscar una explicación continua de lo sucedido, hacen que transitar el proceso de duelo sea difícil, ya que en estos casos suele suceder que, aunque se esté en familia, durante los momentos iniciales del proceso, se transite en soledad, incrementando ese dolor referido, pues no se trata de un dolor físico sino de un dolor que va más allá, afectando y cambiando para siempre la vida de los dolientes.

Es el tiempo quien hará que se retome una casi normalidad funcional entre los dolientes afectados, e incluso aparecerá dotar de significado ese dolor y esa ausencia que permita continuar el proceso interminable del duelo de una forma diferente. Frankl (1946) nos comenta que el sentido de la vida difiere de un hombre a otro, haciendo hincapié en el significado de la vida de cada uno en un momento dado. Y es en este significado donde puede descansar el dolor que genera la pérdida de un ser querido por suicidio.


Bibliografía, notas y fuentes:

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Barthes, R. (2009). Diario de duelo. Siglo XXI.

Bayés, R. (2011). La muerte psicológica. Suicidio y vida. Desde y contra la memoria…hacia el sentido. Colección observatorio del duelo.

Bermejo, J. y Santamaría, C. (2011). El duelo. Luces en la oscuridad. La esfera de los libros

Blasco, H. (2022). Guía práctica sobre el suicidio y conductas relacionadas. Síntesis.

Bryan, G. (2022). Rethinking suicide. Why prevention fails, and how we can do better. Oxford.

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