¡Oíd, alemanes!

Iñaki Vázquez Larrea
Doctor en Antropología

Fecha de publicación: 02/12/25

“Exhortar a un pueblo para que se levante no significa creer, de todo corazón, que sea capaz de hacerlo. Lo que sí creo firmemente es que Hitler no puede ganar su guerra. Es una creencia que se funda mucho más en motivos metafísicos y morales que en militares, y debo decir, que siempre que expreso dicha creencia en las páginas que siguen, lo hago con toda sinceridad.

No quiero, con esto, sostener la peligrosa idea de que la victoria de las Naciones Unidas está asegurada por sí misma, de forma que, confiando en esta certeza, pudiera permitirse no solo cualquier error, sino también el debilitamiento de la voluntad, la falta de compromiso y la “reserva” política con respecto a sus aliados y a la paz que se debe conquistar.

No puede permitirse nada, por mínimo que sea, después de todo lo que se ha permitido en el pasado. Esta guerra habría podido evitarse, y el mismo hecho de haber llegado a estallar constituye una pesada carga moral para nuestro bando. La guerra tuvo una sombría prehistoria, cuyos motivos determinantes de ningún modo han desaparecido, sino que siguen operando ocultamente y, con la paz, ponen en peligro la victoria. Perderemos si hacemos una guerra errada en vez de una guerra justa, la guerra de los pueblos por su libertad”

Thomas Mann

15 de septiembre de 1942.

En una carta a Erich von Kahler del 20 de octubre de 1944, Mann descubrió su “creciente e inmensurable disgusto por todos los alemanes”, pues “ ….no han aprendido nada, no entienden nada. Ni siquiera tienen la decencia de admitir que el heroísmo no les corresponde- después de todo lo que han hecho sobre el sagrado suelo alemán, antaño sagrado y hoy profanado por la injusticia y la más extrema vileza -. Pero necios y acríticos lo defenderán hasta la muerte, durante meses, junto a Hitler y Himmler, impulsado por el fanatismo que se les ha inculcado”.

Décadas después de la muerte de Thomas Mann, la pregunta de si los alemanes eran víctimas o culpables se convirtió en uno de los más espinosos debates del país. Mann escribió este juicio antes del final de la guerra. Generaciones enteras de historiadores alemanes necesitaron décadas de disputas para, al menos, ponerse de acuerdo en el término responsabilidad, después de haber vitoreado al régimen nazi, después de todos los crímenes y después de la absoluta quiebra moral.

Thomas Mann nunca vaciló en afirmar que se avergonzaba profundamente de todo lo que los nazis representaban o hacían y se distanció de ellos sin ambigüedades. El escritor Mann era un ciudadano del mundo, un cosmopolita convencido de la idea de Europa. “Sois un pueblo como cualquier otro”, decía a los alemanes, con la esperanza de bajarlos de su pedestal. Alemania podría ocupar un lugar en la “comunidad de naciones” si adquiriese un verdadero compromiso con la humanidad, junto a los demás, en igualdad de condiciones. No pudo formular de manera más clara el rechazo a los alemanes como “raza superior”, su profunda creencia en la igualdad de los pueblos.  

Thomas Mann, en su discurso de enero de 1942, señaló a los alemanes que: “al comienzo de esta guerra-que no empezó en 1939, sino en 1933-se decretó la supresión de los derechos humanos”. Son dos observaciones increíblemente sagaces. A destacar, en primer lugar, que la barbarie siempre comienza con la abolición de los derechos humanos o con la “deshumanización”, como la llamará más adelante Y, en segundo lugar, la guerra ideológica y política empezó en 1933, cuando los alemanes votaron abrumadoramente-. no por mayoría-.  al NSDAP; derrocando así a la República de Weimar y allanando el camino a un “sistema de robos, crímenes y falsedades”.

Para Thomas Mann la Alemania nazi es una asesina desquiciada. Continúa discurso tras discurso, indignándose, enfureciéndose, echando pestes y luchando contra la demagogia y la propaganda nazis. Apela, suplica, ruega e implora al pueblo alemán que se libere, que se oponga a la guerra, que no se una a ella. Envía por cable los discursos desde América a la BBC de Londres, que siempre comienzan de la misma manera: “¡Oíd, alemanes!» (Deutsche Hörer!)