Cuerpos pasajeros

Reseña de Cuerpos pasajeros (Trea, 2025) de Eli Tolaretxipi

Aritz Gorrotxategi
Poeta

Fecha de publicación: 09/12/25

El recorrido poético de Eli Tolaretxipi (San Sebastián, 1962) es un itinerario que ha ido madurando con los años tanto en su aspecto formal como en su indagación simbólica, hasta alcanzar una coherencia y una personalidad poética  visiblemente distinguible para el lector. Desde los primeros libros publicados en Bassarai, hasta su posterior evolución en la editorial Trea, Tolaretxipi ha ido desarrollando esa tensión característica de sus poemas, ese juego de espacios cerrados y abiertos, ese ir diciendo e ir omitiendo, esa tensión interna del poema entre lo que nos resulta accesible y lo que queda oculto. Cuerpos pasajeros es la confirmación y el culmen (por el momento) de esa evolución. Sus poemas se nos presentan como pinturas incompletas, como esbozos llenos de niebla que debemos ir desbrozando. Sin retórica ni artificio, Tolaretxipi va creando una atmósfera inquietante, una progresión de objetos y sensaciones (guijarros, bañadores, fotos, cordones, charcos, máquinas de coser, caminos, puertas, huesos, arena…) que parecen cobrar vida y corporeizarse dentro del poema, entrar en pugna entre ellos, temblar y entreverarse con el propio poema, hasta apropiarse de este. Siempre a través de imágenes y metáforas cargadas de significado, de un lenguaje que avanza por un lugar áspero, que perfora la realidad como la pretensión de un grito, “como pulmones que se airearen”. Como dice Ángela Bonadies en el prólogo del libro, en sus poemas “percibimos que algo inquietante sucede, sin desvelar la evidencia”. Esa evidencia queda atrapada en el enigma. Y añade más adelante Bonadies: “Los poemas aquí son caballos salvajes que montamos a pelo”.

No es fácil ubicarse dentro del poema. A pesar de haber muchos elementos e hilos a los que aferrarse topográficamente, vamos resbalando por el lomo de ese caballo, sintiendo huecos y vacíos, piel y ausencias, y, de esa manera, es la propia realidad la que se escurre o dilata, la que se multiplica o se cobija en la duda, a través de esa mirada particular de Tolaretxipi en la que lo onírico y lo surrealista se vinculan con la zozobra de lo cotidiano, de lo monótono. Y como nos recuerda una cita de Silvina Ocampo que hay en el libro, esas cosas monótonas, son, precisamente, las más difíciles de conocer, nunca nos fijamos bastante en ellas, porque creemos que son siempre iguales. Dentro de los poemas de la poeta donostiarra nos sentimos un animal extraño y aislado, lanzado al vacío del lenguaje, “destartalados por palabras que no se dejan escribir”, tratando de enmascarar charcos con tablones, en los que nos vamos hundiendo irremisiblemente. Tolaretxipi indaga sobre los fundamentos del lenguaje que nos acerca y nos aleja. “Unas palabras se quedan/arrastrándose alrededor/otras dentro del cuerpo”. O como afirma en el poema LXXXIV: “El tigre muere en el incendio del bosque/No entra palabra ni en el bosque ni en el surco”. Su manera de observar crea otra nueva realidad, transforma eso que ve, circunda solares donde construir derrumbes, donde trazar danzas de la muerte  en ropas colgadas que ya no arrastran su carga palpitante.

Los poemas de Eli Tolaretxipi me traen a la memoria esos planos pausados de Andrei Tarkovski en los que parece no suceder nada, y sin embargo, percibimos la tensión que destilan, irradian una especie de movimiento matemático y de naturaleza estática que todo lo impregna. Algo parecido sucede con sus poemas. Zumban como abejas de lo invisible, que diría Rilke. Y se deshilachan por corrientes de agua, como en ritos de purificación, dejando huellas y moldes que van desbordándose suavemente por una masa sin tope, “que no deja de tener un límite”. Solo nos queda dejarnos arrastrar por los poemas, sin preocuparnos por atar el cabo, soñar que somos cuerpos en movimiento hacia un agua más caudalosa, hacia un hipotético mar donde imaginaremos el modo de espantar las consecuencias dolorosas, ásperas.