Un relato de Daniel Gamarra
Quién será capaz
de plantar una cruz
en el arroz caliente
EDUARDO ESLE, Restaurante
La cola torcía adelante, sobres en mano, bordeando la esquina. «Permiso». Media cuadra por Canaval Moreyra hasta el Uno Cincuenta —así las bases—, donde se incrustaba en la puerta de ingreso del edificio como un gusano daltónico en una manzana descolorida. «Dije permiso». Atrás, se perfilaba por la vereda, todo a lo largo de la verja perimetral de Olaechea. Más allá de la T con Gavilanes, donde la grisura áspera, la pared de hormigón crudo del edificio, deja de recortarse tras los barrotes del enrejado, y a los últimos llegados no les queda más que cubrirse, apartar la mirada de los colorinches, las carrocerías recalentadas que amenazan con achicharrarles los ojos desde el estacionamiento.
La avanzaban de a penas, medio entre condenados y penitentes, como hormigas alrededor de una briqueta de carbón que esa mañana les hiciera de formicario. Encomendados al único amparo de sus valiosos sobres, ya para procurarse un antifaz de sombra o para abanicarse los cuellos escocidos por la hornilla industrial que hace de sol en febrero. «Como si la anduviéramos de rodillas», piensa, inquieto, asándose en vida, sofocado como dentro de un cilindro o una caja china, embutido en el apestoso traje de pollo fosforescente.
«No tiene sentido», piensa, desesperado por la demora, por el sarpullido que no alcanza a rascarse por encima del dunlopillo, «solo es cuestión de dejar el sobre y punto». En nada aliviana su comezón codiciar las camisas vaporosas, las desasfixiantes ojotas, los pantalones a media rodilla de los demás espíritus quebrados que, como él, aguardan recostados contra la verja caliente. «Es una maldita mesa de partes», se dice, «no un aprendiz de cajero al final de una fila de carritos repletos de vegetales. Dejas el sobre y a lo tuyo. Punto». Último día de entrega —así las bases—, y si no es hoy, ya es nunca.
Es su decimotercer intento. Siete mil cuatrocientos cuarenta y siete versos traídos durante trece años. Trece invariables sobres manila con quinientos, mínimo; mil doscientos, máximo —así las bases—. Aunque esto último, de pasarse de largo, no le ha ocurrido jamás, ni de cerca. Siete mil galones y medio de sangre vertidos sobre asquerosos teclados de cabinas de barrio en las que se encerraba a picotear con feracidad. Y contra lo que se piensa que suele atormentar a las mentes prolíficas, la posibilidad de estarse repitiendo, citando, plagiando a sí mismo, no parecía inquietarle en lo más mínimo: también lo ha intentado.
Para la convocatoria anterior, recicló sus mejores, o cuando menos los que le parecían sus mejores. Armó un pequeño Franquenstein —Frankie Ruiz, le pareció entonces un seudónimo propicio; La fiesta no es para feos, un título a la altura de su compilatorio—, y corrió a entregarlo, si no con la misma, con una fiebre bastante similar a la de los viejos días.
Pero esa vez tampoco hubo suerte. Y peor: no solo no ganó nada, sino que ni siquiera se lo devolvieron. Tras leer el fallo del jurado en el diario, acudió a recogerlo en el plazo indicado, antes que se lo destruyeran —«salvarlo de la incineración», tuvo que decirle a Yónquer, el jefe de su cuadrilla de mozos, preparado en todo momento a dejarse caer de rodillas, de haber sido necesario, con tal de conseguir unas pocas horas, «una, Yónquer, una sola», de permiso—, y en la Mesa de Partes le informaron, le hicieron saber en el tono más profesional posible, que al parecer se habría traspapelado en alguna otra oficina, pero que no tenía nada de qué preocuparse, que de todas maneras —«esté usted seguro»—, sí había llegado a las manos del jurado.
No se tragó una sola palabra, por supuesto, y regresó al trabajo, desmoralizado. Tuvo que recurrir, una vez más, a la meditación trascendental y las drogas blandas —término que, quién sabe por qué misteriosa asociación de ideas, relacionaba siempre con golosinas masticables—, al viejo combo confiable de fluoxetinas de veinte miligramos y ositos de goma de treinta.
Aquel golpe le duró meses —¡ah!, todas las órdenes que confundió, las cuentas que no cobró, las propinas que no halló en las mesas—, sobre todo por el efecto dilatado propio de cualquier medicamento de liberación prolongada. Y este año se dijo basta, no más intentos, y decidió que sería la última vez. Se presentaría con seiscientos ochenta y cinco versos flamantes, relucientes como un juego de cubiertos acabado de salir de su caja. Todos escritos durante el trabajo. Aplastados como moscas en pleno vuelo en los márgenes de las comandas, individuales y servilletas. «Si no es en esta, no será nunca», se repetía a sí mismo esta madrugada, sentado en el borde afilado de su comodoy plegable, contemplando los inexpresivos ojos azul neutro de la capucha de pollo, aún relamiéndose del pegamento dulce del sobre. Y con nunca se refería a esta vida, porque, de todas formas, siempre queda la póstuma, en la que en realidad puede pasar cualquier cosa, pero que como ya no nos toca saberlo, la verdad, ya no importa, o en todo caso, si no nada, muy, muy poco.
«Disculpa», dice una voz a sus espaldas, áspera, como de gánster o fumador terminal, o ambos. «Disculpa, Hombre Pollo, ¿te puedo encargar mi sitio? Es solo un momento. No tardo nada». Asiente, sin darse la vuelta del todo. No siempre es fácil calcular los giros de ciento ochenta grados sin verse involucrado en aplastar a alguien con la rabadilla protuberante del traje. «Quizá no fue tan buena idea», piensa, «traérselo ya puesto y todo eso». Pero, en el fondo, sabía bien que no debía fiarse de los embotellamientos en el Puente Camote y, bajo ninguna circunstancia, en vísperas del mediodía. Además, puesto en consideración su historial de tardanzas del último semestre, los doce o trece minutos que se ahorraría en enfundarse dentro del aparatoso traje bien podrían ser la única diferencia entre seguir recibiendo un cheque cada quincena, o contribuir con su decimalidad a las próximas estadísticas nacionales de población no económicamente activa. Aunque, por otro lado, ¿qué clase de política de la empresa era esa? No había en sí ninguna necesidad específica —más allá de un vulgar despliegue de poder— de obligarlos a disfrazarse en días no festivos y noches que no fueran sábados o domingos. Y, sobre todo, considerando que el disfraz parecía no haber visitado una sola lavandería desde que quien fuera que lo hubiera estrenado hace qué, ¿doce?, ¿trece años?, de seguro pensara para sí mismo: «que se joda el próximo». Olores siniestros lo recorrían por dentro. Medias de huaquero o de montañista, sobaco de leyenda olvidada del vóleibol. Hacia la entrepierna, suciedades que lo conminaban a rememorar baños de cines ilegales, bares clandestinos donde mujeres pasadas de carnes se quitaban la ropa entre coreografías de Everybody’s got to learn sometimes —la versión ochentera, no la de Beck—, a cambio de una moneda miserable, plateada, coleccionable, una sola, la entrada. De todas formas, había hecho un trato con Yónquer, con sus colegas: se ponía el traje hasta que terminara el verano y lo cubrirían entre todos mientras venía a lo suyo por esa mañana.
«Gracias, Kentucky», escucha. La misma voz laringítica de hace un rato. Asiente, desganado, amodorrado por la insolación. Ahora, dando la espalda por completo, sin volverse un solo grado. «Qui, qui, qui, ¿quién es?», dice otra voz, nueva, deshuesada. «No lo sé», dice el de la voz de ¡Batman!, «me guardó la cola». «Po, po, po, ¿por qué está vestido así?». «Ya te dije, no sé quién es. Solo me guardó la cola». «¿Quec, quec, qué extraño». «Tranquilízate, parece inofensivo». «Cua, cua, ¿cuántos crees que se presenten este año?». «Dos mil, ponle. Mil quinientos, de hecho, como el año pasado». «Co, co, co, como mierda». «Obvio». «Un hue, hue, huevo de sobres». «Sí. No hay forma de que el jurado se lea todos». «N, n, n, no hay forma, no hay forma». «Por supuesto que no, tú que fueras. Para eso es que tienen a los prejurados». «¿Pre?, ¿pre?, ¿pre?». «Sí, sí. Prejurados. Ellos sí se leen todos, aunque siempre solo la primera página». «¿So?, ¿so?, ¿so?». «Sí. Solo la primera». «Pe, pe, pe, pendejos». «¡Eso!, ¡pendejazos! Los avientan en dos cajas. A una van los puede ser, a la otra, los jamás ocurrirá. Cien o menos, dependiendo del nivel de cada año, pasan a la caja de puede ser». «Pu, pu, ¿puede ser?». «Exacto. A esa le dan otra repasada, y ahí sí leen hasta la segunda página». «Se, se, segunda». «Reducen esos cien a cincuenta o menos, de ser posible. Esos ya pasan a los jurados de verdad, los oficiales, los que salen en los afiches y en la página de las bases». «Los cu, cu, cuellos, bla, blancos». «Sí, esos cerdos. Antes de dar el fallo, abren los sobres de los seudónimos». «Ce, ce, ce, ¡cerdos!». «Se aseguran bien de saber quién es quién. Tratan de mantener un perfil, una línea. Ganan los que están empezando a sonar o los que ya están sonando. «Pe, pe, pe, pendejos». «¡Sí, pendejazos!».
«A ver, genio», piensa, auscultándose la pechuga, convencido de que, bajo el traje, su pellejo ha empezado a adquirir una consistencia crocante, punto galleta, «¿para qué te
guardé la fila entonces?».
«Loc, loc, lo que a mí me jo, jo, jodió, fue el mí, mí, mínimo». «De hecho. Quinientos versos son un huevo. Debe ser alguna especie de trampa. Un filtro para espantar a los mocosos».
«¿Quinientos versos?», voltea hacia ellos uno que está adelante.
Así, de espaldas, parecería un adulto. De no ser por la voz, que pareció brincar entre dos octavas como un pony que acaba de aprender a pararse en dos patas, o por los cráteres centelleantes de acné en la punta de la nariz, lo seguiría pareciendo. Tal vez por la camisa, abotonada hasta arriba de la manzana como una horca, o el pelo rapado de las sienes hacia abajo, como es costumbre entre los mormones, martirizar a sus propios misioneros. Pero era solo un chiquillo, aunque muy formalito, como si lo hubiera vestido la madrastra o cualquier pariente lejano, vengativo y rencoroso. «¿También creerá que puede ganar?», piensa. Pero, bien visto, todos y cada uno en esa fila, que para eso están ahí, para eso han venido. Aunque, para ser honestos, a esa edad uno sí está convencido de veras, y siete mil cuatrocientos cuarenta y siete versos atrás, también él lo estaba.
«Disculpen», dice el mormón, «¿cómo era eso de quinientos versos?». Se dirige a los de atrás, estirándose por encima del hombro radioactivo del monstruo de dunlopillo. «Es el mí, mí, mínimo», dice el de la voz trozada. «Pero, no entiendo», dice el mormón, «¿dónde era que decía eso?». Levanta su sobre. Lo escudriña a contraluz, como quien revisa un billete que le hubieran devuelto por razones sospechosas.
«No sé tú, Barritos», dice el tipo de los carcinomas, «pero yo siempre he tenido la impresión de que, para escribir bien, primero hay que leer bien».
Lo ven enrojecer. Primero, las pústulas de la nariz, a punto de vomitar su lava. Luego, los ojos. Parecería desesperado por ir al baño, o por echarse a llorar, o ambos. «No lo hagas, Barritos», piensa, «no aquí, no ahora, frente a estos idiotas». «Sí, Ba, Ba, Barritos. Le, le, lee bien».
El mormón abandona la cola. Cruza la calle corriendo, cubriéndose los ojos o las pistas de motocross de la nariz con su sobre. Se sienta en la vereda de enfrente, justo en el borde. Lo ven abrirlo, contar las páginas.
Las carcajadas reverberan en la fila, exageradas, enlatadas como grabaciones de sitcoms de bajo presupuesto. Las ha escuchado antes, miles de veces en el trabajo. Las reconocería donde fuera. La clase de risa socarrona que llega hasta la cocina y suele ganarse un escupitajo en el plato antes de ser enviado a la mesa. «Pobre mormón», piensa, «es el último día, está jodido».
Lo ven estrujar sus papeles. Parece decidido a no detenerse hasta lograr un diamante compacto, o hasta que dejen de crujir, lo que ocurra primero. Un gesto evidente de escasísima o del todo nula tolerancia a la frustración. «¡Ah!, las futuras generaciones!», piensa. La cola no se ha movido casi nada desde que regresó el fumador terminal. Voltea hacia los idiotas que siguen riendo. Levanta el dedo o pluma más larga, de las tres que le recubren cada mano. Lo coloca sobre la otra ala, a la altura de donde, es muy probable, debajo, ya debe tener rostizada la muñeca. «Cua, cua, cua, cuarto para las doce», escucha.
Vuelve a darles la espalda. Esta vez con la delicadeza de una llanta de volquete. La monstruosidad de su rabadilla se lleva de encuentro a ambos. Las risas se detienen, como si alguien le hubiera dado stop a la grabación. «Oye, pollo mutante, fíjate». «¡Sí!, po, po, pollo mutante, fi, fi, fíjate». Jamás se enteró si fue el de los problemas de tiroides o el de la voz cuarteada. Solo sintió un empujón en la espalda y un pie haciéndole zancadilla en lo que vendría a ser su pata que le hicieron perder el equilibrio y desplomarse sobre el andador de una anciana que antecedía al mormón en la fila. Se incorpora de a pocos, con la misma aparatosidad de quien maniobra desde adentro un colchón inflable y se planta frente a ellos. No evita sus ojos. Tiene que bizquear los suyos al máximo de sus capacidades para poder mantener la mirada desafiante de los dos idiotas al mismo tiempo. «¿Qué pasa, Alitas?», escucha, «¿piensas hacer algo?». Un dedo puntiagudo, al parecer decidido a perforarle el pecho, enfatiza cada sílaba con un picotazo. «Sí, a, a, a… ¡Ahhh!». No lo deja terminar. Se coloca la capucha del disfraz y se arroja sobre ellos, aplástandolos contra el incómodo ángulo que forman las rejas y la vereda, asfixiándolos con el sobaco y la entrepierna, cacareando como poseído, «Kooo, ko, kokokó», como presa de un ataque repentino de Newcastle, «kooo, ko, kokokó».
Unos cuantos entrometidos de la cola se apresuran a separarlos. La anciana del andador saca del bolso, desesperada, su silbato anti-violaciones —THE ACME THUNDERER, MADE IN ENGLAND— que, por precaución, lleva siempre a todos lados como llavero. Lo sopla con la misma furia con la que un árbitro cobraría un penal escandaloso. Los vigilantes del edificio acuden a su llamado. A regañadientes, en un principio, perturbados por haber tenido que dejar a medias el refrigerio. Aunque poco a poco se van animando, al revelarse ante ellos la oportunidad catártica de liberar las frustraciones doméstico- laborales del día y, ¿por qué no?, las de la semana, anterior y próxima. Caen sobre ellos con entusiasmo, en cargamontón. Él se resiste. Patalea y sacude las alas como si criaturas malignas con mascarillas y mandiles industriales, guantes y botas de goma, hubieran venido por él, el escogido del día para el sacrificio en el matadero. Hasta que uno de los vigilantes, ingrávido y sigiloso, se acerca y, de un salto, le clava la aturdidora eléctrica justo en el músculo debajo del cuello, por entre la abertura que no alcanza a cubrir el dunlopillo del pecho y de la capucha. Cae al suelo, convulsionando, suplicando que, «por favor, no me lleven, no me lleven», pero solo terminan echándolo fuera de la fila, aunque solo a él.
Ninguna mano se estira para ayudarlo a ponerse en pie. Tiene que levantarse por su propia cuenta, a duras penas, como un globo aerostático que tuviera que inflarse a sí mismo. Ya incorporado, sacude el polvo de su disfraz bajo la mirada recelosa de la fila y de los vigilantes en pleno. En un último acto de dignidad, intenta despedirse con el tradicional gesto redentor de cuatro dedos abajo y el del medio arriba. Pero el rústico diseño del traje, inflexible hacia la punta de las alas, le niega la satisfacción de hacerles partícipes de su descargo. Cruza la calle despacio, hacia donde el mormón y su diamante compacto de papel reciclado, estremeciéndose aún por efímeros voltajes, rezagos de la descarga. Un rápido recuento de daños parece confirmarle que, en efecto, tiene el ala derecha medio arrancada a mordidas, y la cresta colorada de su capucha cuelga de unas cuantas, últimas costuras. Su sobre, sin embargo, ha quedado intacto. «¿Cuántos te faltan?», dice, acomodando su escaldada rabadilla sobre la vereda. El mormón no lo mira, tiene los ojos perdidos entre los pisos tres y cuatro del edificio, embebido en fantasías que involucran las ventanas polarizadas y varias canastas de huevos. «Menos de la mitad, creo». Su voz le recuerda al silbato de un tren a punto de llegar o de partir. Se siente grotesco, sentado allí con el mormón, empollando juntos el cordón de la vereda. Rompe su sobre a picotazos y
extrae el fajo de papeles. «Aquí hay unos cuantos», le dice, poniéndoselos en la mano, «quién sabe». Se levanta y, sin despedirse, echa a andar por Gavilanes a paso ligero, alejándose del edificio y de las miradas curiosas, arriba, ya buen rato asomadas a los oscuros ventanales de sus respectivas oficinas. De los gatos rollizos que maúllan desde los balcones de las casas vecinas, fascinados por el gigantesco pájaro amarillo que —ya hace rato que es tarde— apura el paso rumbo a su paradero.
«Quizá él sí tenga suerte», le dice a Yónquer, volteando las sillas sobre las mesas, escrutando las pálidas costras de chicles alguna vez blandos y multicolores que se ahuesan bajo los tableros de los asientos. «Quién sabe». Afuera, la noche es un chaleco de plumas sin lentejuelas y la luna hinchada, acurrucada en su nido de nubes, un cascarón a punto de resquebrajarse.
