Fátima Frutos
Escritora
Fecha de publicación: 13/01/26

Cuando supe que podría acudir a la presentación en Málaga del libro de Miguel Ángel Moreta-Lara “La luna en el espejo”, que lleva como subtítulo “Espejismos, marroquismos y otros exotismos”, ya intuí que me hallaría ante un libro-puente.
Llamo libro-puente a aquellos que desde nuestra cultura occidental nos ponen en contacto con otra realidad y otra literatura que, lejos de ser algo ajeno, nos revelan una misma identidad. Es decir, un puente manifiesta sobre todo que no hay dos orillas sino, simplemente, un mismo mar al final del gran río. En ese Internum Mare refulge una luna, a la que en vasco llamamos il-argi (luz de muertos), pero que, en este caso, se trata de una luz interior. Luz a la que Aziz Amahjour se refiere como “mirada desde dentro, por haber nacido el autor y crecido en el país, una mirada desde el cariño, el respeto, el conocimiento y la nostalgia”.
Como saben, en la construcción de puentes hay elementos cardinales. Por ejemplo, los pilares, los tajamares y los estribos.
Los pilares sobre los que se asienta esta obra son sus dos fabulosos capítulos. En el primer pilar-capítulo el autor nos atrae hacia los clásicos del siglo XX en Marruecos. A saber, Mernissi, Chukri, Berrada, Laâbi, Khatibi o Kilito.
Conocemos que los pilares están inmersos bajo la tierra y bajo el agua. Es en esa inmersión donde hallamos la admiración, la amistad y la bibliofilia de Moreta-Lara, con el ahínco del que se sabe elegido para unir orillas. Así, nos encontramos con las andanzas por Ronda del autor junto a Abdellatif Laâbi, donde el pilar se cubre de tajamares. Estos son la obra Le chemin des ordalies o, también, El exiliado de Mogador de M’hamed Lachkar.
Volver la mirada hacia la obra de Laâbi es vestirse de verdad ante la opresión. Una redención que toma como base el humus, palabras heredadas de Sherezade que descubren el saber de nuestros días. Narrar como forma de supervivencia, pero, sobre todo, como cincel de una libertad aprehendida a golpe de rapsodias evocadoras sobre escenas que bien podrían aparecer en “El hombre en busca de sentido” de Viktor Frankl.
Y tras Laâbi, otro grande, el ya mencionado Lachkar, que navega invariablemente a través de su obra sobre las peripecias de uno de los hombres de Abdelkrim y ancla la cultura rifeña para deleite de ambas orillas. A continuación, El Gamoun, Mrteh y la desembocadura de un gran río llamado Abdelfattah Kilito, para quien ya muchos piden el Premio Princesa de Asturias de Las Letras.
A continuación, en medio de este libro-puente nos encontramos con un recorrido por la calzada del mismo, al repasar el episodio histórico del robo de la biblioteca del rey Moulay Zidán. Hecho que estuvo a punto de causar una guerra en el siglo XVII, ya que dichos volúmenes de filosofía, religión, medicina, arquitectura e historia constituyen la colección árabe-islámica de libros más importante en Europa desde el siglo XI. Sobrevivió lejos de su alma mater más allá del incendio de 1671, el paso de Napoleón y la era de la digitalización.
El legado del clan Benumeya, al que Moreta-Lara asemeja a un palimpsesto, podría constituirse en los verdaderos estribos de este puente. Como se puede observar, los estribos se asientan a un lado y a otro, en cada orilla, en la historia común que viene y va entre España y Marruecos. Una historia con muros de contención por los continuos terraplenes y que transmite la carga al terreno para evitar derrumbes. Al crear estos estribos nos topamos con la obra de Jocelyne Laâbi El Marruecos que fue mi país, Al Hazred de Kilito y la trilogía autobiográfica de Chukri. No obstante, todos estos componentes del libro-puente no hacen que se pierda la mirada nostálgica, casi perenne, hacia el mar Mediterráneo. Un mar al que define como “desmemoriado. Un lago agónico. Un río de sangre”.
El segundo pilar-capítulo es un homenaje constante a la alteridad, al otro, al uno, al yo En el espejo, en definitiva. Con distinción se pasea por el trabajo de muchas mujeres en Viajeras a través del Islam, donde lejos de caer en convencionalismos destaca, a través de estas gárgolas desde el puente, por su exactitud, su profundidad y su firmeza para narrar desde espectadoras privilegiadas de un espacio y un tiempo. Así se remarca una cosmovisión alejada de lo patriarcal y un discurso audaz, diferente e insurgente.
Para concluir, la superestructura de este libro-puente. Las vigas, las barandillas vienen forjadas por obras como El jardín de las ánimas de Juan Cañavate, Al sur de Tánger de Gonzalo Fernández Parrilla, El mirador de los perezosos de Sergio Barce, además de adornar los pasamanos con títulos de un subgénero literario al que podríamos denominar novela tangerina. Y como pilonos o torres elevadas, cuando el libro-puente va anunciándonos su final, aparecen los textos sobre la poesía persa de Omán Jayam, un recorrido personal por el Estambul de los minaretes y, a modo de epílogo, las líneas en dedicatoria a Moulay Ahmed El Gamoun y su El barco de los malditos.
Sin La luna en el espejo no podríamos cruzar hacia la orilla primigenia, hacia pangea. Este es un puente hecho de conocimiento. El hormigón que erige todo son lecturas, saberes, reflexiones, miradas, bibliotecas, naufragios, incendios, renacimientos y, sobre todo, hermandades.
Yo ahora solo sé que quiero atravesar este puente. Una y otra vez. Como una cautiva del tiempo, como una muladí sobre el Ebro, una Banu Qasi apresada junto a Abd Allah. Una nómada que navega a través del pensamiento entre las alianzas y las fronteras. Una Asima bint Abd al-Aziz que forja lazos más allá del poder. Una mujer que lee libros, que cruza puentes, que arriba a la otra orilla, que la besa.

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