Napoleón en Rusia, la campaña decisiva

David Lorenzo Cardiel
Filósofo, escritor y periodista cultural

Fecha de publicación: 21/01/26

En contra de quienes, con negligencia, equiparan a Napoleón Bonaparte con Adolf Hitler por haber intentado ambos líderes invadir Rusia, el emperador francés no subestimó la fuerza del gigante euroasiático. Tiempo antes, había establecido una actitud «cordial» con el zar Alejandro I: los rusos ayudarían a Bonaparte a realizar el trabajo para el que los españoles se habían demostrado unos aliados ineficaces en 1805, con el trágico resultado para la flota peninsular en la derrota de Trafalgar. La frágil e inexperta flota francesa, junto con la rusa, aplastarían la resistencia marítima de Reino Unido, mientras que los eslavos podían quedarse con todo el territorio al este de Estambul. Dos imperios, dos monarcas, dos mundos. Y el sueño de una Europa occidental unida.

            Sin embargo, Alejandro I distó mucho de ser un rey torpe e iletrado. Consciente de las debilidades estructurales del ejército ruso –demasiadas levas, una potente heterogeneidad, el atrofiado sistema jerárquico militar proveniente del régimen aristocrático–, Alejandro centró sus esfuerzos en reorganizar su Estado Mayor en beneficio del talento por encima del título nobiliario, de manera discreta y, por tanto, pacata, eso sí, como buen ejemplo es el de Mijaíl Barclay de Tolly. Para ello, el zar intentó pactar una tregua con los otomanos, que consiguió después de un intenso desgaste diplomático y de una potente política de intimidación, trasladando algunos ejércitos a la frontera, aunque sin actuar sobre territorio enemigo. Napoleón, en cambio, sufrió una potente campaña de desinformación propiciada desde Londres. Los mismos consejeros que hicieron creer al empéreur en 1808 que el débil primer ministro Manuel Godoy daría paso a un gobierno oportunista del príncipe Fernando que permitiría el tránsito de los enemigos de Francia a través de los Pirineos (aunque, conociendo cómo gobernó el futuro Fernando VII, razones para dudar no le faltaban a Bonaparte), una de las principales justificaciones para el fallido intento de toma de control de España, terminaron por señalar que era posible una rápida victoria contra Rusia.

            Calidad contra cantidad. El emperador francés idolatraba a Alejandro Magno, a César, a Fernando II de Aragón, a Federico II el Grande de Prusia. Todos ellos construyeron un mundo nuevo, uno dominado por la estrategia y ejecutado mediante el buen uso de sus soldados. La mecánica bélica de principios del siglo XIX aún estaba gestándose. Los cañones todavía eran interpretados por multitud de escuelas de guerra como piezas de apoyo a la infantería. La caballería estaba dando paso a la gobernanza de una infantería capaz de formar en cuadrado y de atesorar una mejor precisión en el fuego. Napoleón había preparado a Francia con ideas ilustradas: ascensos por mérito, estandarizaciones en armas y cuerpos militares y una profunda cohesión gracias a su liderazgo y victoria, contra los pronósticos más halagüeños, en las campañas de Italia y de Egipto. Así que Bonaparte, informado de una posible agresión rusa a modo de horda, planeó el golpe definitivo: un asalto rápido, en verano, a través de la estepa, en una batalla decisiva que rindiese Moscú. Después, el francés esperaba negociar con un zar desarmado. El plan parecía perfecto, pues aquella idea de rebelarse en masa con un puñado de aperos sólo podía ser cosa de españoles. Además, la guerra en España parecía a punto de decidirse a su favor.

En primavera de 1812, Napoleón avanzó en dirección a Moscú con más de seiscientos mil soldados. El siete de septiembre, ya a las puertas de Moscú, ambos ejércitos se encontraron en Borodinó. Napoleón ordenó un avance frontal contra las muy bien situadas baterías artilleras rusas en un movimiento impropio de la tenacidad que había demostrado años antes. Pese a las bajas (algunos historiadores calculan unos cuatrocientos caídos por minuto entre ambos bandos mientras duraron los combates; Cannas, entre Roma y Cartago, se estima en la mitad, en doscientas por minuto), los franceses rompen las líneas rusas y dividen al ejército del zar. Una parte retrocede hacia San Petersburgo, donde se refugió la familia real. Otros se dispersan. Mientras tanto, Napoleón toma un Moscú vaciado, enajenado, con todas las riquezas al alcance de la mano de los soldados. Meses después, el incendio de la ciudad y la estepa quemada, junto al asesino frío del invierno, acabaron con las vidas y la gloria del mayor y más preparado ejército de invasión de su época.

¿Qué sucedió entre la ocupación francesa de Moscú y la posterior fatídica derrota? La población de alta cuna rusa hablaba francés (denostaban su propia lengua, por ruda y vulgar), compartían las ideas ilustradas desde una distancia impracticable, es decir, siempre y cuando alimentasen las discusiones de salón, pero no afectasen a sus privilegios de clase. Podría decirse que la llegada de Napoleón y la derrota de Kutúzov en Borodinó deberían haber inclinado a las clases burguesa y aristócrata en favor de los ocupantes, pero no sucedió así, o no en masa. Hay tres líneas de opinión histórica que especulan acerca de la parálisis francesa. Una, la difundida después de la guerra por los ingleses, redunda en la irracionalidad del emperador, porque para los británicos, al igual que sucede en nuestros días, una victoria rusa por mérito es impensable. Napoleón odiaba a los rusos, ergo se lanzó sobre ellos como un lobo en la yugular. Y atrapado en medio de estepa quemada, viendo que aquellos testarudos hombres y mujeres del este no le ofrecían una rendición, tuvo que retroceder. Bajo esta mirada, Rusia no ganó por estrategia, sino por oportunismo y barbarie: cazando a las muy superiores tropas francesas por la retaguardia, como adjudicó esta misma mirada sobre la guerra a la impecable actividad guerrillera española durante la campaña peninsular. Otra opinión aceptada en la Academia es que Rusia lo había previsto todo en secreto. La idea de la «Rusia omniscente» también posee sus adeptos. Bajo esta perspectiva, la derrota en Borodinó fue sólo una consecuencia lógica de la presión francesa. Sin embargo, los rusos ya contaban con reponer cada baja con nuevos reclutas, con prender fuego Moscú con infiltrados y agitadores y, por supuesto, con usar el invierno como arma destructiva.

Hay una tercera vía, y es que Rusia perdió la guerra, pero no el honor. Esta opinión se basa en datos reales. Sí, el imperio ruso podía reponer en números a los caídos en Borodinó, pero ni tenía tiempo para adiestrarlos ni para equiparlos decentemente. Cuando Napoleón destroza al ejército defensor a las puertas de Moscú, los rusos se quedan sin un ejército capacitado para hacer frente al corso. Y así parece que le trasladaron la información al zar. Sin embargo, Alejandro, lejos de enviar una embajada a Moscú para negociar mantuvo silencio. Su objetivo era decidir sobre la marcha y aprovechar el tiempo para entrenar guerrillas y formar nuevos reclutas. Si Napoleón decidía avanzar hacia San Petersburgo, el rey rogaría por la paz. Pero si, como sucedió, Napoleón caía en la trampa y mantenía posición en medio de la nada, desprovisto de la ruta de víveres que le llegaba desde Polonia (asaltada continuamente por la resistencia rusa), aún podían ganar la guerra.

Como casi siempre que los análisis se basan en datos, creo más certera esta tercera interpretación de la campaña rusa. Del silencio de Alejandro se podían interpretar dos cosas: una, que jugaba al engaño (lo que seguramente hizo) o, dos, que Rusia tenía un segundo ejército de primer nivel esperando a Napoleón en el norte, en San Petersburgo. Napoleón, que sostengo que no subestimaba la potencia gregaria de los rusos, pensó, efectivamente, que el zar se mantenía firme, porque aguardaba el asalto francés, un asalto que podía ganar (en realidad, no). Teniendo en cuenta la costosa victoria en Borodinó, Napoleón debió de no jugársela. Esta interpretación explica la angustia del emperador francés al enviar comunicaciones al zar para negociar una rendición. El corso fue muchas cosas, pero jamás un torpe en la estrategia, hecho que demostró en la resolución de su efímero regreso de cien días. El zorro ruso ganó, por astucia, al lobo francés.

En una muy reciente apuesta literaria de la siempre exquisita (y muy frecuentemente acertada con sus decisiones) editorial Acantilado, el académico y especialista en historia rusa Dominic Lieven ha publicado en España el ensayo Rusia contra Napoleón, que lleva por subtítulo La batalla por Europa (1807-1814). El ensayo es el resultado de una minuciosa investigación que le valieron los premios Napoleón y Wolfson de Francia y Reino Unido, respectivamente.

A mí, como criterio personal, que un ensayo o autor sea premiado no me importa en exceso ni cambia mi criterio. Sí me importa qué dice, cómo cuenta lo que desea comunicar, la verdad que se esconde bajo la máscara que, de una manera u otra, todos portamos en sociedad. Bajo esta perspectiva objetiva que intento siempre mantener, y como conocedor dedicado del periodo napoleónico que también soy (aunque no sea especialista, ni mucho menos), puedo afirmar que el ensayo de Lieven es espléndido en dos dimensiones. La más evidente, en la literaria. Es un ensayo «ensayo», un libro que esquiva toda parafernalia inventiva y ese intento rebuscado tan de moda en el (mal) nuevo ensayo de moda en España por imitar la frescura que goza el género en el mundo anglosajón, pero escrito para personas que no leen en inglés. Es decir, el trabajo de Lieven está dirigido a cualquier lector: es sumamente accesible y cómodo de leer. Cualquier adolescente que haya seguido provechosamente las clases de Lengua en la educación Primaria y Secundaria puede comprender hasta el último detalle de este libro. Es más, lo recomiendo a los adolescentes desde los catorce años, porque hay una razón magnífica para animar a cualquier persona a amar la lectura, que es alinearla con periodos históricos, circunstancias o contextos vibrantes y, sin la menor duda, la época napoleónica lo es. Ahora bien, sí intento señalar al lector excesivamente relajado que Lieven no es un ñoño que escribe desde las tripas ni que mezcla sus experiencias personales con opiniones de tertulia de cafetín con los amigos. Si usted busca un ensayo de estas características, está de enhorabuena: la industria española actual está produciendo una cantidad ingente de estos títulos de baratillo, que venden muy bien y con dos palabras cultas y otras dos referencias propias de un vídeo de TikTok parece que provengan de un autor o autora cultos, de los que al escucharles se va uno aprendido lo que dejó de aprender, por desgracia o desgana, en la formación reglada.

A la accesibilidad y rigor del ensayo de Lieven se suma el segundo aspecto que convierte a Rusia contra Napoleón en una obra digna de una lectura profunda, reposada y gozosa. Y es que se percibe cómo Lieven ha investigado este periodo, además de conocer mejor que bien la cultura rusa. Académico de las academias Británica y Rusa de las Ciencias, hace honor a su doble y peculiar membresía. En el libro, el autor abarca el periodo de los enfrentamientos en Europa continental entre rusos y napoleónicos. Me atrevo a recordar al lector que durante las Guerras de Coalición, el imperio ruso paseó varios ejércitos en apoyo de Austria y Prusia, de ahí que Lieven inicie el ensayo en 1807, cinco años antes del asalto francés en suelo patrio para los rusos.

Del prolífico texto, colmado de referencias exactas, distribución de cuerpos militares y tropas, mapas, ubicaciones y detalles que encantan a quien guste de la historia bien recreada, sin fantasía, destaco dos conclusiones, a mi juicio, muy acertadas, y una pequeña crítica. Comenzaré por la última.

Por alguna razón, a Lieven no le gusta la visión tradicional rusa del resultado de este enfrentamiento. A mí tampoco me gustan las exaltaciones patriotas y de las exageraciones del «poder del pueblo», como si el pueblo fuese una entidad o un sustituto de lo divino con capacidades milagrosas. La versión rusa de la derrota de la incursión de Napoleón en Rusia habla de resistencia, de un pueblo unido, de sacrificio. Es Agustina de Aragón convertida en un geist que, para los que somos realistas como yo, nos resulta poco menos que un cuento infantil mal narrado y aburrido. Como cuando los franceses hablan del peso de la Résistence frente a los nazis y el Estado de Vichy o como mis paisanos zaragozanos ensalzan la temeridad defensiva durante los dos sitios contra, precisamente, el señor Bonaparte, a nada que se escarbe en los documentos reales se observa lo que es la sociedad, ayer y hoy: un maremágnum de supervivencia, valor, cobardía, bondad y maldad que dependen del aderezo de cada individuo. Por ejemplo, en Cariñena, en los albores del ataque francés, en verano de 1808, la junta local parece ser que atrapó a un muchacho que balbuceaba palabras raras. La intuición no engañó a aquellos paisanos enaltecidos, deseosos de dar un paseo no precisamente amistoso a los vecinos del norte de los Pirineos. Era poco más que un adolescente que había desertado de su bando por miedo a morir, uno de los pocos niños que, una vez enredados en la guerra, un día despiertan manchados de lodo y de sangre tras sus primeros bautismos de fuego y cobran conciencia de que el cielo azul, la frescura de los riachuelos y la sonrisa de las mujeres son cosas demasiado hermosas para despedirse ya de este mundo. Este muchacho, una vez desertó, no podía regresar hacia Francia, o lo ejecutarían por su traición. Pero marchando hacia el sur había caído en las garras del enemigo. Por fortuna, la persona que estuvo al mando de la junta se apiadó del niño y les dijo a las gentes que era vasco, no francés, y que por aldeano no hablaba el castellano. No se sabe qué sucedió con el muchacho más allá de que quedó en libertad.

Yendo al periodo de la Resistencia francesa en la Segunda Guerra Mundial, mal que les pese a mis amados vecinos del norte, basta saber un poco de Historia, tener cierto afrancesamiento y saber leer para descubrir, en numerosos documentos, testimonios y memorias (como las de la escritora Irène Némirovsky) que abundó más el colaboracionismo que la lucha clandestina. No los culpo, tampoco a los antepasados españoles que, cuando el 21 de febrero de 1809 capitularon Zaragoza, se pasaron al bando francés y ocuparon puestos de represión contra quienes habían sido sus compañeros de armas el día anterior. Me parece odioso, de mala persona, pero entiendo que es supervivencia. Son malas decisiones en un contexto negro.

De la misma manera, coincido con Lieven en que la idea de un pueblo ruso unido, casi sin fisuras, dispuesto a dar hasta la última gota de su sangre en beneficio de la victoria final resulta ridícula, por exagerada. Sin embargo, hay parte de verdad en esta perspectiva, y es el aspecto que critico al autor. Sin ir más lejos, menciona las conclusiones de León Tolstói en su Guerra y paz, unas conclusiones que, por cierto, son un ensayo sobre la naturaleza humana y de la guerra en sí mismo. Lieven critica que genios como Tolstói apoyasen esa perspectiva que tanto gustó diseñar a una alta aristocracia rusa afrancesada hasta el tuétano y sospechosa de un colaboracionismo vertebral. Claro que fue propaganda. Pero en el caso de voces como la de Tolstói, que era un díscolo de su clase y –me atrevo a decir– un díscolo del mundo mismo para el bien de la humanidad, lo que detallaron, más bien, es que fueron los accidentes circunstanciales y el empuje de las clases medias y bajas las que hicieron posible la victoria. Tolstói, de hecho, esquiva la cuestión patriótica para centrarse en el sacrificio, como puede leerse en numerosos personajes en la ficción. Al genio ruso le quemaba lo contrario de lo que le señala Lieven, que es que unos se declaren la guerra, como si fuese un juego sin consecuencias, mientras otros, cuyas vidas nada tienen que ver en los objetivos de los líderes beligerantes, sean conducidos al sufrimiento y a la muerte. Esa es la visión de Tolstói que, quizá, Lieven no ha sabido ver. Una visión profundamente humana y humanista que nada tiene que ver con la propaganda oficial del momento.

 Muy distinto me parece su acierto al señalar un elemento frecuentemente minusvalorado de la guerra. El autor incide en cómo los historiadores, muy a menudo, han pasado por alto el papel de la caballería ligera rusa. Para poner en antecedentes al lector, la caballería fue un arma de destrucción en masa desde la antigüedad hasta la Gran Guerra, en 1914, cuando el desarrollo de las ametralladoras de campaña –no las Puckle de 1718 y posteriores, de manivela, como las versiones que pueden verse en la fracasada carga final de la debilitada caballería en El último samurái (Edward Zwick, 2003), ambientada en las últimas décadas del siglo XIX­– pulverizaron la hegemonía del caballo –una buena ambientación sobre la ineficacia real de la caballería contra el atrincheramiento ligero y las ametralladoras modernas puede verse en una de las escenas de la película War Horse (Steven Spielberg, 2011)–. Pero en la época napoleónica, una carga de caballería significaba la muerte para los pobres desdichados que eran alcanzados por los jinetes.

A principios del siglo XIX, la caballería era un pilar esencial de cualquier ejército europeo. La especialización en cuerpos muy distintos la hacía especialmente versátil. Existían los coraceros, ideales como caballería de choque contra los caballos enemigos, lanceros (magníficos para destrozar a la infantería con bayoneta, especialmente antes de que se desarrollase la bayoneta calada), húsares (combatían a sable con uniformes elegantes y coloridos; su misión era cargar, romper líneas y aprovechar la ligereza extrema de sus corceles y el poco peso de sus jinetes y aperos para huir antes de recibir una descarga de fusilería) y caballería auxiliar más o menos entrenada. Básicamente, cualquier jinete o amazona con cualquier herramienta capaz de quitarle la vida a una persona podía convertirse, montado sobre una bestia de casi quinientos kilos, en la destrucción encarnada.

Rusia tenía una tradición de caballería espléndida. De nuevo, no existía precisión política en este desarrollo a lo largo de los siglos, sino adaptación al paisaje. Hablar de Rusia equivale a hacerlo de la estepa, de distancias inverosímiles entre campos yermos y pequeñas aldeas (léase Tormenta de nieve, de León Tolstói) y una mezcolanza entre repoblaciones, pueblos autóctonos y asentamientos nómadas. Rusia fue y es vacío y civilización, peligro y una tenue sensación de seguridad. En este contexto, que la tenencia de establos y cría de caballos proliferase en el país de los zares tiene todo el sentido del mundo. Desde los transportes hasta los aristócratas, quien careciese de monturas quedaba angostado en los estrechos límites de su aldea.

Pero había algo más. Además de los cuerpos de caballería muy ligera que el ejército ruso había desarrollado al modelo húngaro, los húsares, tenía a su disposición a dos cuerpos tenaces, los tártaros y los cosacos. Ambos grupos pertenecían frecuentemente a fuerzas irregulares. Se las consideraba indisciplinadas y distanciadas del estándar (por sus orígenes étnicos), pero altamente eficaces, poseedores de una moral extraordinaria. Los cosacos se hicieron famosos en Rusia durante los conflictos del siglo anterior por la rotunda efectividad y la calidad-precio de su reclutamiento. En la época napoleónica, cosacos y tártaros marcaron la diferencia, muy en especial en las operaciones de hostigamiento, ataque a las líneas de suministro y prácticas de asalto y huida que dinamitaron la resistencia francesa en Moscú ante la llegada del invierno helado.

Lieven acierta rotundamente al reivindicar a la caballería ligera como la verdadera arma secreta de los rusos, y no el accidental ambiente helado. La caballería carga en sí misma un defecto: cuesta mucho tiempo y dinero criar caballos y entrenar jinetes. Este hecho ha convertido a este cuerpo del ejército en un arma sibarita, propia de familias adineradas o de los ambientes más exclusivos del ámbito castrense. Pero, también, la más difícil de reponer. Rusia multiplicaba por mucho la capacidad de Francia y sus aliados forzosos para reponer jinetes y monturas, por lo que cada baja en aquellas unidades de élite significaba reducir la capacidad operativa y de maniobra del ejército del emperador. La infantería francesa, incluso las milicias, estaba bien pertrechada y suficientemente entrenada para resultar una amenaza seria a las opolcheniye (milicias) y a los cuerpos de fusileros y mosqueteros rusos, con pertrechos peor organizados y líneas de comunicación y de mando ineficientes en comparación con las que portaba consigo Napoleón. Sin embargo, las marchas a pie eran lentas y debilitantes para la infantería.

Lo que Lieven quiere decir en este ensayo (o así lo interpreto a partir de su lectura) es que Rusia, conocedora de su fragilidad cualitativa, retrocedió en dirección a Moscú no para encerrar a los franceses en la tumba del invierno, sino intentando retrasar lo más posible una batalla definitiva que el francés buscaba con ansias y que los rusos trataban de esquivar. Lo hicieron siguiendo sus líneas de suministro, conforme las tácticas de la época y la lógica más elemental. Ya a las puertas de Moscú, por orgullo y caído Smolensk, tuvieron que presentar batalla en un terreno favorable. Y perdieron. Parecía que se iba a cumplir la de ABBA en su The Winner Takes It All, pero no, porque no dio el paso de besar a la chica al despedirse bajo la lluvia. Se despidieron con un adiós y ninguno tuvo el coraje de volverse a llamar. Napoleón se desmoralizó cuando encontró la estepa quemada, las líneas de suministro continuamente asaltadas, su ejército distribuido en medio de la nada, en territorio enemigo, la ciudad evacuada y sus mensajes al zar en busca de la paz absolutamente ignorados. Tolstói, en Guerra y paz, deja caer que si bien los franceses pudieron quemar la ciudad (demasiados tesoros en manos de soldados de baja cuna: no es ninguna tontería), lo más probable es que, viendo el alto mando ruso que los franceses se habían atrapado a sí mismos y habían sido incapaces de avanzar en otoño sobre San Petersburgo, era el momento de sacarlos de su trinchera. Y, posiblemente, incendiaron su propia ciudad.

En el resto del proceso de aniquilación del invasor durante su retirada, el ejército ruso, debilitado y repuesto cuantitativamente a base de reclutas, utilizó a la caballería. El hambre obligó a sacrificar monturas. Miles de jinetes, que sólo eran eficaces sobre los lomos de un corcel, se encontraron expuestos a combatir a pie. Napoleón tomó su trineo y huyó con su séquito. Abandonó a su ejército. Rusia, en cambio, aprovechó su superioridad en caballería irregular para apoyar a su débil infantería. La caballería rusa destrozó al ejército francés más que el hielo.

Un último aspecto que destaco del análisis de Lieven, y que comparto, es la actitud geopolítica de la Rusia de la época. Seamos serios: los rusos no son idiotas. El imperio ruso de principios del siglo XIX estaba rodeado de estepa, pueblos orientales y grandes imperios: el Sacro Imperio (Austria), el Imperio Otomano, el Imperio Persa, el Imperio Chino, el reino de Prusia (que ya apuntaba maneras), Polonia, el reino de Suecia (que ya fue un dolor de muelas al zar Pedro I un siglo antes), el imperio francés y el inmenso leviatán español. Sin contar con el imperio británico, por supuesto, siempre instigando sobre el viejo y el nuevo continente. ¿Quién en su sano juicio puede creer que el imperio ruso pretendía invadir Europa occidental? Suponiendo que Rusia hubiera derrotado a Prusia, a los estados del Rin, al imperio austríaco y a Francia, todavía le quedaba España. España, en aquella época, era un monstruo diezmado a lanzazos por el Lanzarote inglés. A España se la había obligado a mantener un perfil defensivo a base de hostigamiento en los Países Bajos, en el mar combatiendo contra el corso inglés, neerlandés y francés; en las continuas guerras contra las potencias centrales europeas. Pero seguía siendo el imperio más poderoso en el mar y en extensión. Si Rusia hubiese invadido la Península Ibérica, la guerra hubiera continuado en las provincias de ultramar, que no eran colonias, eran España también. Y, como bien digo, en ese hipotético escenario quedarían los británicos y los otomanos a sus flancos oriental y occidental. Además, la diferencia cultural y la violencia de la invasión obligaría a una represión salvaje que despertaría una reacción de igual medida del pueblo llano. En otras palabras, el escenario de una Rusia victoriosa sobre Europa occidental era una estupidez militar y estratégica. Sin contar que los recursos europeos ya se fundamentaban en el campo y la capacidad protoindustrial más que en recursos primarios brutos.

Hay un detalle clave más profundo: Alejandro I era un hombre culto, prudente e inteligente. Sabía que su país era un imperio más por orgullo y extensión que por equivalencia a los europeos. Su título, evolución que reivindica, a modo de eco, la civilización a través del título de césar –como káiser los alemanes o el título de Kayser el-Rûm, «César de los Romanos», que se atribuyó el sultán otomano Mehmed II en el siglo XV, cuando logró derrotar a Roma al conquistar Constantinopla–, pero la Rusia de principios del siglo XIX distaba mucho del refinamiento intelectual y de la grandilocuencia militar de sus compatriotas del sur europeo. Los tiempos de expansionismo fácil de Catalina la Grande habían terminado. Alejandro había heredado potencia por encima de acto. Así que su perspectiva era bastante conservadora.

La estrategia de Alejandro consistía en revisar las ideas ilustradas y revolucionarias americanas y francesas y trasladarlas muy tamizadas a los intereses de la corte imperial. En un plano práctico y social, el zar quería que las mejoras en estudios, escuelas científicas, uniformidad del ejército y producción se implementasen en paralelo a una mejora muy inferior en recursos, pero imparable, de mejora en sanidad, red viaria, comunicaciones y apoyo de los estamentos inferiores de la población. Mientras tanto, el sistema aristocrático no debía cambiar.

Para Alejandro, la expansión hacia el sureste era necesaria en tanto a marcar el paso a Prusia y Austria más que por intereses expansionistas. Las antiguas ciudades de la Liga Hanseática, como Gdansk o Königsberg (actual Kaliningrado) representaban enclaves comerciales y militares golosos para expandir su hegemonía naval. Pero, como digo, los planes de Alejandro eran prudentes: una guerra contra los imperios centrales era insostenible para aquella Rusia.

El directorio y el posterior imperio de Napoleón tranquilizaron al zar. Los aires revolucionarios parecían haberse disuelto. Sin embargo, la ambición expansionista del francés dinamitó esta breve alegría. Alejandro sabía que era cuestión de tiempo que hubiese guerra, y que esa guerra difícilmente podía ser ganada sin ayuda exterior. Esa ayuda llegó: en 1808, Napoleón consigue la abdicación de la débil familia real española y traspasa sus recién adquiridos derechos dinásticos a su hermano José y su esposa, Julia (sí, España tuvo una reina, Julia, que nunca pisó el territorio). El asalto francés no fue tanto una «invasión» como una represión que se les fue de las manos. Los franceses simplemente tomaron control de lo que les pertenecía por derecho. Los reyes de España habían traspasado el país en Bayona a los Bonaparte, y ahora Napoleón era el verdadero rey de las Españas, desde la Península hasta Filipinas y América. Con lo que no contó Napoleón es con el hecho de que el pueblo español dio un golpe de Estado contra su propia monarquía renunciante. El fenómeno de las Juntas no fue más que golpismo, al menos, bajo mi lectura. Y para muestra, un caso. En Zaragoza, el Capitán General de Aragón, Jorge Juan Guillelmi, la revuelta encabezada por las clases populares zaragozanas logró hacerse con las armas y deponer al militar, que quería rendir la ciudad a los franceses sin presentar combate. El poder pasó de las manos del representante de Carlos IV a unos revoltosos que luego formaron la Junta local. Este proceso sucedió de manera simétrica por toda España: las Juntas tomaron el control y lucharon en nombre del príncipe Fernando (el posterior Fernando VII), pero ya no representaban al poder establecido. España cayó, primero, por acción popular y, después, hubo guerra.

Cuatro eventos sorprendieron a la Europa de aquel Napoleón que ganaba casi siempre. Primero, la liberación de Vigo; segundo, la resistencia obstinada y tenaz de Zaragoza; tercero, la victoria española en Bailén; y cuarto, la resistencia en Cádiz y la Constitución de 1812, con representantes venidos de cuantos rincones de la hispanidad pudieron alcanzar el puerto andaluz. Aquella constitución emanada del pueblo revolucionario demostró a los franceses que no se necesitaba de la guerra para la propagación de las ideas revolucionarias, bastaban las circunstancias. Pero también significó ante los monarcas absolutistas la constatación de que la llama de la revolución podía prender muy fácilmente. Si España acababa de inaugurar un gobierno en paralelo bajo la ocupación francesa y una monarquía constitucional, ¿qué no podría suceder, después de caer Napoleón, en el resto del continente?

El zar Alejandro fue muy consciente de este peligro y del impacto que podía tener el ejemplo español entre las empobrecidas clases populares rusas. Lieven dice muy bien en el ensayo que Alejandro intentó mediar para que Francia no fuera ultrajada. El zar no quería que aquel país destrozado por la guerra sufriera una humillación que convirtiesen el muy débil repuesto gobierno absolutista borbónico en una república de inspiración napoleónica. Visto en perspectiva, Alejandro I fue infinitamente más inteligente que los norteamericanos, británicos y franceses cuando durante el Tratado de Versalles de 1919 impusieron unas condiciones tan angustiosas al imperio alemán. Alejandro sabía que lo sucedido en España –golpismo popular, demostración de la inutilidad de monarcas y aristocracia, poder traspasado de burgueses y nobles a la clase intelectual de facto– iba a suceder en las próximas décadas. Así que Alejandro, como afirma el autor de Rusia contra Napoleón, defendió un estatus quo muy sibilino: mano izquierda y junto con mano derecha, puño de hierro bajo guante de seda. En España, la restitución de Fernando VII fue absolutista, con el deber de Francia, el país más cercano culturalmente a España, junto con Portugal e Italia, y por la línea de familia borbónica, de auxiliarle. Sucedió después de Riego, en 1823, cuando un ejército francés llegó en ayuda del rey español, que no quería ese estorbo que para él era la Constitución de Cádiz. Aquí he de añadir una adenda: más allá del romanticismo, ¿quiénes querríamos una Carta Magna impuesta por unos rebeldes? Al margen de esa consideración, la infamia fernandina es indiscutible.

Y, de hecho, Alejandro estaba en lo cierto. Durante aquel siglo, los grupos intelectuales y las logias inspiraron movimientos constitucionalistas por todo el continente, incluida Rusia. El zar logró reprimir con mayor o menor fortuna estos intentos de alzamiento en su vasto territorio. Cuando la muerte le llegó en diciembre de 1825, le sucedió un hombre que se convertiría en un rey tan infame y mamarracho como lo fue su homólogo ibérico, Nicolás I. El catorce de diciembre de ese año, un grupo de jóvenes de clases media y alta se levantaron contra el zar, exigiendo una constitución ilustrada, a la europea. Los Decembristas fueron aplastados, ejecutados y deportados a Siberia o a zonas étnicas del imperio. Sin embargo, el nuevo zar descubrió que, al igual que sucedió en España en el albor de la Guerra de la Independencia, los cabecillas pertenecían, en su mayoría, a la aristocracia. El resto del reinado de Nicolás I fue de represión creciente, violencia y salvajismo institucionalizado, con castigos crueles contra estudiantes y revoltosos polacos, además de una incapacidad perenne para gestionar sus planes militares (por ejemplo, la tenaz resistencia en Crimea de mitad de siglo, caída bajo el asalto franco-británico, o la Guerra de Chechenia, que inspiró Hadjí Murat, de Tolstói). Todos sabemos que tres zares después, su tocayo, Nicolás II y su familia, terminaron de la manera trágica en la que lo hicieron.

Regresando al rutilante y elocuente ensayo que es Rusia contra Napoleón, pienso que el lector se encuentra ante una obra casi magistral. No llega a serlo por una cuestión de necesidad de mayor hondura, a mi juicio, pero sucede que el periodo y contexto histórico que abarca, aunque parezca muy acotado, es sumamente extenso para abarcar un solo ensayo. Escrito con frescura y accesibilidad a cualquier lector, este libro me ha parecido una de las grandes apuestas de la temporada literaria, una ganadora, y no sólo por el aval que la obra lleva cosechado en su recorrido en el extranjero. Lieven ha escrito un buen ensayo, ha roto con prueba y análisis la noción anglosajona de que Rusia poco menos que tuvo suerte en aquella guerra, y ha asentado con precisión detalles, como el uso de la caballería o el deseo de Alejandro de una transición ilustrada sibilina, sin ningún deseo de invadir toda Europa, que me parecen sumamente acertados. Habrá quien diga que, bueno, el autor pertenece a la Academia de Ciencias rusa y que juega en parte en ese bando. Pero los hechos son los que son. Y Rusia contra Napoleón, editado con la elevada pulcritud con la que acostumbra el sello barcelonés Acantilado, ha conseguido traer hasta los lectores en español una obra que bien merece ser leída por su profusión de detalles y la calidad con la que se narran los acontecimientos. Les recomiendo esta lectura, tanto si son amantes de la historia como si pasan de cuantos sucesos recogieron los periódicos ayer.