Discursos propagandísticos del miedo

Sara Rebollo-Bueno
Doctora. Comunicación

Imagen: Sara Ramone

Introducción

Entre todas las emociones primarias que atraviesan la vida humana, el miedo destaca por ser la más poderosa (Meana, 2008; Boscoboinik, 2016), así como por ser monopolizadora del pensamiento de los individuos cuando la padecen (Ekman, 2007). Precisamente, su vínculo con la supervivencia del individuo lo que la lleva a ser un controlador social nato (Mannoni, 1984; Sarráis, 2014), convirtiéndola así en un recurso de interés para los discursos propagandísticos. Su eficacia como herramienta política es conocida y reconocida a lo largo de la historia de la propaganda (y de la civilización); en concreto, si se atiende al pensamiento occidental, puede seguirse el rastro de esta emoción desde el Leviatán hobbesiano (Hobbes, 1980) hasta la definición de las sociedades del riesgo de Ulrich Beck (2008) y la implantación de la cultura del miedo de Frank Furedi (2018). Todos estos conceptos, autores y, en general, los estudios sobre esta emoción han acabado reconociendo el poder y el control social que emana de su instrumentalización política. En parte, esta capacidad de influencia se debe a que se trata de una emoción idónea para generar vulnerabilidad, inseguridad y pasividad en la ciudadanía (Pratkanis y Aronson, 1994; Tizón, 2011), propiciando así una obediencia extraordinaria y, con ella, la aceptación de mecanismos excepcionales de poder y decisiones políticas (Arias Maldonado, 2016).

Atendiendo a la dimensión psicológica y biológica del miedo, esta emoción responde a la necesidad evolutiva de la especie (Furedi, 2018), intentando que los individuos eviten el peligro en la medida de lo posible. Es precisamente esta perspectiva más intrínseca a la faceta animal del ser humano la que conduce a su importancia en otras disciplinas, como la antropología cultural, desde la cual el miedo ha sido tratado como una forma transmitir las posibles amenazas a diferentes generaciones e, incluso, la idea de ser receptores de posibles castigos (Boscoboinik, 2016), como la ira divina. Desde la dimensión colectiva, el miedo empieza a erigirse como un controlador social, adquiriendo así un valor estratégico relevante.

Si bien el estudio del miedo ha sido abordado desde diferentes disciplinas, estas líneas lo harán desde la Comunicación y, siendo más específicos, desde el fenómeno comunicativo de la propaganda política. Ese valor político estratégico de la emoción es el que consigue ser atractivo para los propagandistas; al fin y al cabo, y como se desarrollará en las próximas líneas, quien domina la percepción de la amenaza, domina el miedo, y quien define la amenaza, señala al enemigo y propone las soluciones. De esta forma, el miedo no solamente se padece, sino que se puede inducir y dirigir.

Esto se vuelve más relevante en las sociedades occidentales contemporáneas, en las que el arraigo de la cultura del miedo (Furedi, 2018) y la sociedad del riesgo (Beck, 2008) tuvieron como punto de inflexión los atentados del 11 de septiembre de 2001 en Nueva York (Salvador, 2015). Este acontecimiento implicó una conmoción social y política que, a su vez, sirvió para señalar un enemigo que todavía hoy sigue en el punto de mira de las políticas internacionales y, por supuesto, para la implantación de medidas de seguridad extraordinarias que siguen vigentes (y en aumento). En parte, la onda expansiva de este atentado, además de su indudable valor estratégico, se debió a la difusión que tuvo el suceso en los medios de comunicación de masas; cuestión que sirvió (y sirve) para describir y ejemplificar los discursos mediáticos del miedo (Ordoñez, 2006): «A más miedos, más cuentos mediáticos del miedo: más publicaciones, más historias, más sensacionalismo, más individuo, más estigmatización, menos investigación, menos democracia» (Rincón y Rey, 2008, 35).

Este hecho es un ejemplo de que el miedo, a pesar de parecer una reacción espontánea ante un suceso, en muchas ocasiones es el producto de una ingeniería simbólica de discursos, construida a través de imágenes, titulares, etc., que (retro)alimentan la idea de una realidad individual y social en la que las amenazas acechan constantemente (Korstanje, 2010; Furedi, 2018). Y, ante la inseguridad y vulnerabilidad, la ciudadanía necesita salvadores; escenario ideal para aquellos que pretendan hacerse con el poder.

Ante lo expuesto, no es casual que las estrategias propagandísticas tengan preferencia por el uso de recursos emocionales, como el miedo (Pratkanis y Aronson, 1994; Huici, 2017), pues esta emoción no necesita ser verificada, sino simplemente resultar creíble. Para ello, el binomio inseguridad/seguridad es clave: basta con difundir e instalar la percepción de inseguridad y miedo para que se active en los receptores la necesidad de protección/seguridad (Briant, 2017). Esta necesidad, entendida en la mayoría de las ocasiones como urgente por el propio instinto de supervivencia, es la clave para desencadenar la obediencia, renunciar a libertades, aceptar narrativas propagandísticas que enfrenten el «nosotros» contra el «ellos» y soñar con un futuro mejor, basado en algunas ocasiones en una añoranza de un pasado idealizado.

Técnicas propagandísticas vinculadas al miedo

La historia de la propaganda y, con ella, el desarrollo de las diferentes técnicas propagandísticas ha dejado patente el vínculo existente entre el miedo y este fenómeno comunicativo. Así, en el propio concepto de propaganda —fenómeno de «contenido y fines ideológicos mediante el cual un Emisor (individual o colectivo) transmite interesada y deliberadamente un Mensaje para conseguir, mantener o reforzar una posición de poder sobre el pensamiento o la conducta de un Receptor (individual o colectivo)» (Pineda, 2006, 228)—, la idea de poder es esencial. El objetivo de este fenómeno no es informar, sino que pretende movilizar al sujeto y, para ello, el componente emocional es indispensable (Huici, 2017). Ante esto, el miedo podría catalogarse como una emoción que inhibe el pensamiento complejo por su vínculo con la supervivencia, lo que la convierte en un recurso ideal para la implantación de discursos propagandísticos a través de amenazas, ya sean reales o no.

De esta forma, la propaganda basada en el miedo opera como una maquinaria semiótica que acaba por convertirse en un círculo vicioso: identificación y selección de amenazas, simplificación de las causas y los relatos, señalamiento de culpables y, por último, presentación del emisor como la única solución viable. Este desglose deriva, precisamente, de las técnicas propagandísticas vinculadas al miedo que se han ido definiendo con el desarrollo y el estudio del fenómeno propagandístico.

En primer lugar, tanto la identificación de las amenazas como el señalamiento del culpable bien podría vincularse con el maniqueísmo y la polarización (Bauman, 2007); técnicas asiduas en los discursos propagandísticos que pretenden, principalmente, que existan únicamente dos grupos posibles para la ciudadanía: el «nosotros» o el «ellos/otros» (Chomsky, 1992; Brown, 1995; Lakoff, 2020). La polarización dada entre un endogrupo y un exogrupo elimina la posibilidad de que los individuos puedan estar en contra de ambos discursos: deben elegir un bando, pues las opciones neutras no tienen cabida y, lo que es peor en términos democráticos, si no se elige automáticamente se es considerado del «otros/ellos» (Huici, 2017). Esta visión maniquea implica que el endogrupo sea caracterizado como el bien absoluto y, por ende, que el exogrupo encarne el mal; discurso basado en la exclusión absoluta que, como afirman autores como Huici (2010), Virilio (2016) o Bisquerra (2017), han conllevado (y conllevan) miedo y odio, así como pensamientos y acciones racistas y xenófobas que todavía hoy son parte del escenario discursivo político.

En segundo lugar, y vinculada a la polarización, se encuentra la técnica de la creación del enemigo. Sin embargo, no se trata simplemente de una mera identificación, sino que la propaganda pretende desfigurar su imagen e, incluso, deshumanizarla (Domenach, 1962; Brown, 1995; Catalán, 2018). De esta forma, se les arrebata las características propias de un ser humano, eliminándose así la capacidad de los receptores de empatizar con los enemigos. Huici (2017) pone el ejemplo de la Segunda Guerra Mundial, en la que los judíos, gitanos, etc., eran definidos como «seres infrahumanos, unas alimañas (ratas, cucarachas…) que no merecían vivir. ¿Hay algo más razonable que matar cucarachas? ¿No hacemos un bien a la humanidad librándola de semejante plaga? Más aún, el verdadero crimen sería no actuar en ese sentido» (2017, 33). Esto se vincula con la técnica de la atrocity propaganda, la cual implica llevar al extremo esta idea, vinculando al enemigo a acciones deshumanizadas hacia la población (Morelli, 2002; Çetinkaya, 2014). Ejemplo de esto es lo sucedido en la Guerra de Kuwait, en la cual, ante la invasión de Iraq, se difundió que el ejército iraquí sacaba a bebés de las incubadoras para dejarlos morir.

En tercer, y último lugar, la presentación del emisor como la única opción viable para superar la amenaza y, con ello, el miedo, responde a la conocida como estrategia del salvador (Charaudeau, 2009; Eggs, 2011). A través de esta estrategia, el emisor —que bien podría ser un partido político o el líder del mismo, por ejemplo— se erige como salvador, proclamándose con la opción adecuada para superar aquello que atemoriza a la población o, al menos, mermar las consecuencias que pueda tener. De hecho, y aunque no es una técnica del fenómeno comunicativo en estudio, se relaciona directamente con el apocalipsis; un tema recurrente en los discursos propagandísticos del miedo. Esta temática bebe, principalmente, del maniqueísmo/polarización y de la estrategia del salvador, pues consiste en ofrecerle en el relato a la ciudadanía únicamente dos caminos viables: el del bien y el del mal. Sin duda, esto sienta sus bases en el capítulo 13 del Apocalipsis (Gaitán Briceño y Jaillier Castrillón, 2014). Como explica Magnani (2013), por un lado, el camino del bien implica un acompañamiento del grupo, del «nosotros», la comunidad, liderada por una persona o grupo de personas que serán los proveedores de seguridad y felicidad, confiando así un futuro próspero a sus seguidores. Por otro lado, el camino del mal es desconocido, lo cual siempre es algo a temer, considerado como un miedo innato (Gaitán Briceño y Jaillier Castrillón, 2014). Además del desconocimiento, esta opción está vinculada al sufrimiento, a la soledad y a la incapacidad de pensar en la posibilidad de un futuro, así como la resistencia ante los opresores (González Lamadrid et al., 2016).

Las técnicas que se han expuesto en este apartado no deben entenderse como cuestiones independientes que se aplican en los distintos discursos, sino que componen un entramado coherente: se crean narrativas complejas y entrelazadas donde el miedo funciona como arista principal. Así, estos discursos ofrecen a su receptor no solo una amenaza a la que temer, sino un objeto generador de miedo, un culpable y una posible solución e, incluso, y de forma más general, una idea de cómo debe (o tiene) que sentirse al respecto. Esto es interesante si se vincula a lo que se tratará en el próximo epígrafe, en tanto los sentires forman una parte indiscutible de la construcción identitaria social e individual; construcción para la cual el miedo toma un papel relevante en los discursos políticos.

Esta eficacia del miedo no sería posible sin un caldo de cultivo previo (Domenach, 1962), así como de un ecosistema simbólico que sostiene y amplifica estos discursos. Precisamente, es la cultura del miedo la que provee de estas cuestiones, pues el miedo no solo forma parte de los discursos propagandísticos, sino también, por ejemplo, de la cultura de masas. Esta atmósfera que exagera, distorsiona, descontextualiza y fabrica amenazas consigue generar una ansiedad colectiva que acaba por erigirse como un terreno fértil para estos discursos propagandísticos.

Ante esto, no es de extrañar que estas técnicas propagandísticas vinculadas al miedo hayan encontrado un terreno fértil en el presente. Al fin y al cabo, la realidad de Occidente se caracteriza por una saturación de flujos comunicativos que, cada día más, se aceleran y aumentan (Ordoñez, 2006), los cuales beben de las representaciones apocalípticas, las guerras, los ataques terroristas o las crisis económicas, entre otras posibles amenazas que se dan alrededor del mundo. De esta forma, el miedo se convierte en un lenguaje y una temática común en los medios y en la política. En la actualidad, la propaganda del miedo se alimenta de las inseguridades latentes y de la vulnerabilidad de los individuos. Así, el miedo se ha convertido en una emoción estructurante de identidades colectivas que es de utilidad para ciertos partidos, como los de extrema derecha que reivindican una identidad nacional fuerte. En definitiva, la instrumentalización de esta emoción en los discursos propagandísticos, lejos de debilitarse, ha conseguido alcanzar nuevas temáticas y formas de difundirse.

Instrumentalización del miedo en la propaganda de los extremismos políticos

La instauración del miedo en las sociedades occidentales ha provocado que, en la política contemporánea, deje de convertirse en un recurso ocasional para ser un estado emocional permanente. El relato del enfrentamiento —esa polarización del «nosotros» contra el «ellos/otros»— alimenta una atmósfera en la que el miedo es rentable; los discursos siguen arremetiendo contra los migrantes, los científicos, las minorías sexuales, las feministas o, por supuesto, contra los enemigos ideológicos, entre otros. Sea como fuere, esta rentabilidad se basa en la consecución de objetivos políticos, ya sea lo más palpable como la obtención de votos o, también, en cuestiones más invisibilizadas, como el refuerzo de identidades colectivas; cuestiones que dejan patente la rentabilidad del miedo (Catalán, 2018). Esta lógica, dada en diferentes contextos, ha encontrado una de sus expresiones más agresivas en el ascenso de la extrema derecha en Europa.

Sin duda, la actualidad política contemporánea está marcada por el ascenso de partidos ultraconservadores y nacionalistas que no han dejado indiferentes a los distintos parlamentos de los países de la Unión Europea, como Francia, Hungría, Italia, Polonia, Países Bajos o España, entre otros. Estas formaciones políticas han hecho uso del discurso propagandístico del miedo, armándose con relatos simbólicos y emocionales que acaban por ser narrativas populistas que consiguen llegar a la población, señalando cuestiones como la migración, el islam o las cuestiones de género como elementos centrales de peligro, decadencia y pérdida de identidad nacional (Schelle, 2019; Desviat, 2020). De esta forma, se instala la idea de que el país, la cultura, la nación y los ciudadanos están en peligro y, ante esto, se necesita un salvador, una renovación, provista por la formación política. Así, el miedo no solo genera reacciones y sentires, sino que implica, casi inevitablemente, la justificación y el apoyo de políticas autoritarias.

En estas líneas se va a tomar el caso de España, tanto por su interés geográfico para el lector de este artículo, como, sobre todo, por su relevancia política y social en la actualidad y la realidad del país. El partido de derecha radical español, Vox, irrumpe en la política española por primera vez en las elecciones andaluzas de diciembre de 2018, lo cual será el principio de una mayor relevancia mediática y política que le llevaría a obtener representación en el Congreso de los Diputados de España en las próximas elecciones nacionales (Ferreira, 2019), erigiéndose hoy en día como la tercera fuerza política tras las últimas elecciones celebradas en julio de 2023. Esta formación política se caracteriza por el nacionalismo, el nativismo, el autoritarismo, el patriotismo y por la defensa de los valores y símbolos que ellos catalogan como nacionales (Arroyo Menéndez, 2020; Rodríguez-Temiño y Almansa-Sánchez, 2021). Si se atiende a su discurso propagandístico, el miedo toma un papel relevante en la construcción del mismo: miedo a la «ruptura de España» (por el separatismo catalán), a la «invasión migratoria», a la «ideología de género» o a la «agenda 2030», entre otras cuestiones, forman parte de sus relatos políticos, como ya quedó reflejado en un trabajo anterior (Rebollo-Bueno, 2025). Esta clasificación de amenazas (y temáticas) responden a una construcción identitaria que articula un sujeto colectivo en oposición a los diferentes enemigos que el partido señala.

Respecto a esta construcción identitaria a través del discurso propagandístico de Vox, la instrumentalización del miedo se construye junto a un relato nostálgico que venera los valores de un pasado franquista (Tardivo, Díaz Cano y Suárez Vergne, 2021), a la vez que pretende presentar los valores contemporáneos como una amenaza. De esta forma, Vox se apropia y selecciona símbolos como la bandera nacional, la unidad territorial, la familia tradicional o el toreo, entre otros, para erigirlos como emblemas emocionales (Rodríguez-Termiño y Almansa-Sánchez, 2021). Estos no apelan únicamente al orgullo de sus seguidores, sino también a la pérdida y al peligro que, según su relato, está experimentando la nación. No es baladí que en sus discursos se aluda a la «España silenciada» o la «España traicionada», pues se trata de la construcción de una narrativa victimista (Cárdenas Rica y Lozano González, 2020) —todo discurso del miedo necesita de víctimas, ya sean reales o vicarias (Rincón y Rey, 2008)—. Así, consiguen caracterizar a aquellos que avalan el discurso como una comunidad asediada que debe resistir y luchar contra los «otros/ellos».

En general, este tipo de discursos del miedo están calando no solo por su contenido, sino por su forma de difusión y circulación, pues, como ya se mencionó, la globalización (Ordoñez, 2006) y las nuevas tecnologías están siendo vertebrales para su diseminación. Ejemplo de esto es que Vox utilizó en sus inicios (y en la actualidad) las redes sociales digitales como principal medio de difusión (Aladro Vico y Requeijo Rey, 2020; Hernández-Santaolalla et al., 2024). De hecho, se presentan como contrarios a los medios de comunicación de masas, aludiendo a que se tratan de vías de manipulación —discurso que ya utilizaba Donald Trump en las primeras elecciones a las que se presentó y ganó de 2016—. Este tipo de estrategias en las que son partícipes las nuevas plataformas digitales, los canales de mensajería internos (p.ej. WhatsApp o Telegram), medios afines e, incluso, figuras mediáticas que contribuyen a ampliar los discursos del miedo, acaban fomentando el componente emocional y a alimentar y consolidar las burbujas ideológicas (Soler y Vicente, 2022).

En este ecosistema de discursos del miedo que se entrelazan y contraponen, el uso del maniqueísmo, la construcción del enemigo, la estrategia del salvador o la temática del apocalipsis no operan únicamente como recursos retóricos, sino también como dispositivos de construcción afectiva de los que obtener rédito político. La ciudadanía ya no se adhiere a unas siglas o a un programa político, sino que opta por identificarse con una emoción compartida por una (o varias) comunidades, la cual se desarrolla a raíz de la presentada como una causa percibida como urgente, defensiva e, incluso, heroica.

Miedo, propaganda e identidad: una deriva antidemocrática

Los propagandistas entienden y explotan el miedo: identifican las amenazas, a los culpables, definen a las víctimas y aportan las soluciones. Sin embargo, y aunque en el apartado anterior se ha tratado el caso concreto de la derecha radical, lo que en un contexto es presentado y caracterizado como una amenaza —mujeres que denuncian la violencia de género, un migrante que cruza una frontera o una profesora que trabaja la diversidad en clase— en otro puede ser símbolo de esperanza o justicia. Estos relatos del miedo no pretenden erigirse como verdades absolutas, sino obtener la eficacia y el rédito político necesario. Por lo tanto, en función de quién sea el emisor y del proyecto político e ideológico que tenga la formación a la que pertenece, los enemigos pueden cambiar, las víctimas se intercambian y el salvador toma una fórmula (o bando) diferente. Al fin y al cabo, es una cuestión puramente ideológica, lo cual conlleva una dependencia de quién es el emisor y cuál es el objetivo del relato.

Es precisamente esta cuestión la que deja patente la versatilidad del miedo (Altheide, 2017) para responder a diferentes intereses. Su instrumentalización propagandística no pretende la apertura de debates sobre los matices del relato, sino una obediencia emocional por parte de los receptores; no hay que soslayar que el miedo como emoción genera pasividad en la audiencia, llevándolo a aceptar medidas y discursos que, sin dicha emoción, no serían del agrado de la misma (Catalán, 2018). Si bien es cierto que estos discursos propagandísticos del miedo pueden utilizar recursos democráticos (p.ej. campañas electorales o publicidad política) su uso es, en esencia, antidemocrático (Rincón y Rey, 2008; Korstanje, 2010; Velasco, 2013; Catalán, 2018), pues pretenden socavar el disenso y que la libertad de voto esté bajo el influjo del miedo.

En definitiva, si bien el uso del miedo como recurso propagandístico está extendido a lo largo de la historia, esto no implica que deba naturalizarse, sino que debe ser señalado y juzgado en pro del sistema democrático. Así, en el escenario contemporáneo en el que las múltiples amenazas acechan —terrorismo, guerras, apagones, pandemias, crisis económica, cambio climático, desempleo, etc.—, la obtención de rédito político a través del miedo no es más que un aprovechamiento del estado emocional y psicológico de la sociedad. Ante esto, hay que preguntarse a qué teme la sociedad, de dónde viene ese temor, a quién le sirve y qué se está intentando silenciar con él.


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