Álvaro Ibáñez Fagoaga
Historiador

Imagen: Sara Ramone
La Grand Peur de 1789 sigue siendo uno de los eventos más enigmáticos y complejos de problematizar de la Revolución Francesa. Aquella explosión de pánico, sin precedentes en la historia de Francia, asoló el campo francés de manera abrupta e incontrolable durante casi dos semanas (20 de julio – 6 de agosto de 1789), convirtiéndose junto a la Toma de la Bastilla (14 de julio de 1789) en el segundo gran estallido de masas, esta vez en las provincias, que daría el pistoletazo de salida definitivo a la Revolución. Durante aquellas dos frenéticas semanas, una parte considerable del menú peuple francés de provincias, presa absoluta del pánico, se organizará y armará ante la supuesta llegada inmediata de bandas incontroladas de bandidos dispuestos a robar y saquear sus cosechas y ciudades. Finalmente, aquellas bandas de incontrolados bandidos, que según algunos testimonios salían de las grandes ciudades buscando aprovechar el caos imperante, y que según otros se dirigían deliberadamente al campo movidos por un complot aristocrático que pretendía derrocar a la Asamblea Nacional a través de forzar al hambre y al caos al campo y a las provincias, jamás hicieron aparición.
Aquel enorme estallido de pánico se demostró finalmente infundado, puesto que ni el complot aristocrático ni la huida de bandidos desde las ciudades fueron un fenómeno que en aquel momento se estuviese produciendo. ¿Fue entonces la Grande Peur la mayor fake news de la historia de Francia?
Fake news, bulo o rumor, entendemos que lo importante no es explicar lo que fue, ni tampoco enumerar de manera pormenorizada lo que pasó, sino entender el porqué de tal estallido de pánico. Lo verdaderamente importante a la hora de comprender el Gran Miedo reside en encontrar los motivos que lograron convencer ciegamente a millones de franceses de que una oleada inexistente de incontrolables bandidos se encontraba a las puertas de sus aldeas y ciudades. Y también conocer sus consecuencias. Pero entonces, ¿qué fue lo que motivó el surgimiento del Gran Miedo?
La crisis de subsistencias de 1788-1789
En primer lugar, se hace del todo necesario remitirnos a lo escrito por Georges Lefebvre en su obra El Gran Pánico de 1789 (1932), publicación que hoy en día sigue considerándose como la mayor obra de referencia al respecto del Gran Miedo. En ella, el propio Lefebvre dedica no pocos capítulos a explicar la enorme crisis económica que asolaba el campo francés desde el verano de 1788. Aquel año, funesto para las cosechas francesas, estaría caracterizado por una calamitosa sucesión de agudas sequías y durísimas heladas, las cuales causarían estragos de enormes proporciones entre el campesinado francés, desatándose a partir de entonces la más tradicional de las insurrecciones populares del Antiguo Régimen: la Crisis de Subsistencias.
Sobre este aspecto, Lefebvre es categórico al afirmar que «en vísperas de la Revolución, el mayor enemigo de la inmensa mayoría de los franceses era el hambre». El campo francés, aquejado de una enorme escasez y una subida vertiginosa en los precios del cereal, se encontraba prácticamente en pie de guerra desde el inicio de la primavera de 1789, momento en el que hicieron aparición los primeros estallidos populares en contra de la carestía y el hambre en regiones como Borgoña, el Delfinado o el Franco-Condado. Por otra parte, uno de los elementos que más remarca Lefebvre es el impacto que la enorme reestructuración socioeconómica del campo tuvo en la virulencia de estas insurrecciones campesinas. La implementación del liberalismo económico en la economía agraria francesa, ejemplificado a través del acta de libre comercio del grano de 1787 y el progresivo desmantelamiento de las tierras comunales y los usos colectivos de bosques o pantanos, exacerbó el ánimo de muchos jornaleros franceses, que progresivamente iban aumentando en número, y que veían cómo sus últimas vías de sustento ante las adversidades iban desapareciendo.
Así las cosas, la combinación entre el acta de libre comercio y las calamitosas cosechas de 1788 desembocarán en una aguda crisis de subsistencias que se verá intensificada a partir de marzo de 1789, momento en el que los campesinos comenzarán a negarse a pagar impuestos y tributos señoriales al tiempo que se sucederán los testimonios de grupos armados asaltando mercados y graneros en busca de harina y cereales, siendo quizás el más emblemático de ellos el asalto y saqueo del Obispado de Tolón, mostrándose así una realidad ya inapelable para abril de 1789: El campo francés era un polvorín a punto de estallar.
La pugna en Versalles y la cuestión del Complot Aristocrático
Por otra parte, mientras todo esto se sucedía en el campo, el Tercer Estado comenzaba en los Estados Generales reunidos en Versalles su particular pugna por el control del poder político frente al rey, el clero y la nobleza. Mucho se ha hablado sobre las cuestiones económicas que derivaron en la convocatoria de aquellos Estados Generales. Sin embargo, lo que realmente nos interesa en esta ocasión es ver cómo la negativa de la aristocracia a ceder ante las principales exigencias del Tercer Estado (teórico representante de más del 90% de la población francesa) derivó en una progresiva convergencia política entre campesinos, obreros y burgueses.
Según la tesis de Georges Lefebvre del Complot Aristocrático, la incesante subida de los precios del pan y la harina comenzó a entenderse entre las clases populares como una estratagema política articulada por la aristocracia para boicotear las aspiraciones que el Tercer Estado pretendía conquistar mediante la recientemente creada Asamblea Nacional. Según esta teoría, la aristocracia estaría intentando debilitar la legitimidad de la Asamblea desatando un hambre calculado cuyo objetivo no sería otro que poner a campesinos y obreros progresivamente en su contra. Mientras tanto, la aristocracia estaría además reuniendo tropas en secreto para, llegado el momento, asestar un golpe de fuerza decisivo que se hiciese al mismo tiempo con el poder en las provincias, París y Versalles. Real o no, esta teoría, que según Lefebvre se fue extendiendo progresivamente a partir de junio de 1789, alcanzaría su clímax en París tras uno de los mayores alardes de incompetencia política del rey Luis XVI, quien en apenas varios días haría llegar varios destacamentos de mercenarios extranjeros a Versalles al tiempo que destituía de manera sorpresiva al primer ministro Jacques Necker bajo la acusación de «excesiva condescendencia con el Tercer Estado». Y fue precisamente esta funesta sucesión de acontecimientos lo que terminó por consumar a ojos de los parisinos la teoría del Complot Aristocrático. De hecho, el propio Georges Lefebvre afirma categóricamente que «la Toma de la Bastilla es el primer acto del Gran Miedo».
Presas del pánico, las clases populares parisinas, convencidas de la inminente llegada de mercenarios extranjeros a la ciudad, asaltarán las armerías, se proveerán de cañones y fusiles, y en poco tiempo tomarán al asalto la Bastilla, momento culminante de aquel 14 de julio en el que París pasó definitivamente a manos revolucionarias. La llegada de tropas mercenarias a Versalles, la destitución del primer ministro Necker y el eco de la sorpresiva Toma de la Bastilla por las fuerzas revolucionarias desembocaron en un impresionante tsunami de murmullos y rumores que avanzaron de manera incontrolada hacia las provincias. Había comenzado el Gran Pánico.
La Explosión Anti Señorial
Pero, antes de hablar del Gran Miedo en sí mismo, conviene recordar el estado de abierta insurrección en el que ya convivía una parte considerable del campesinado francés desde hacía meses, ya que gracias al mismo podemos comprender otro de los grandes elementos que propició la espectacular extensión del Pánico: el Alzamiento Anti Señorial. En este sentido, cabría destacar en primer lugar la cuestión de los Cuadernos de Quejas, especie de memorándums redactados poco tiempo antes de la celebración de los Estados Generales en los que quedaron plasmadas un sinfín de feroces críticas con respecto a la legitimidad de los derechos feudales, los impuestos estatales y el diezmo.
Lefebvre afirma a este respecto que la posibilidad que se dio a los campesinos de reunirse y redactar sus quejas hizo que muchos de ellos pensasen que tenían al monarca de su lado. Además, hay que tener en cuenta que los Cuadernos de Quejas fueron redactados en plena crisis de subsistencias, y que es más que razonable pensar que su confección contribuyó acristalizar el odio frente a la nobleza y el régimen feudal. Gracias a los Cuadernos, se otorgó forma y fondo a las reivindicaciones campesinas, tejiéndose de esta manera una embrionaria red asociativa entre aquellos que se sentían agraviados frente a los abusos de la aristocracia y sus privilegios feudales.
Llegados a este punto, Lefebvre asegura que, tras la Toma de la Bastilla, «la población campesina decidió por su cuenta defender su propia causa», añadiendo más adelante que «el miedo y el odio que engendraba la Bastilla en París lo engendraban los castillos y palacios en el campo, desde donde siempre se había inspirado el temor». De tal modo, en Normandía y el Franco-Condado, dos de las regiones en donde la crisis de subsistencias era más aguda, las noticias de lo acontecido en Versalles y París derivaron en la explosión de una insurrección agraria de carácter anti señorial de enormes proporciones.
Súbitamente, bandas armadas comenzaron a asaltar de manera sistemática castillos, palacios y abadías sin que las autoridades del Antiguo Régimen pudiesen hacer nada por evitarlo. La rebelión, generalizada en estas dos regiones, se focalizó en la destrucción de los archivos señoriales, prueba fehaciente de los derechos feudales y de la propiedad señorial y eclesiástica de la tierra, y que fueron quemados por decenas al tiempo que algunos señores feudales eran también apresados y forzados a renunciar a sus privilegios.
Las autoridades del Antiguo Régimen, amenazadas de muerte tras la caída de París en manos revolucionarias, poco pudieron hacer ante la imparable escalada de los acontecimientos. El sistema comenzaba a disolverse como un azucarillo.
Por otra parte, gracias a los estudios actuales podemos afirmar con seguridad que los protagonistas de aquellos actos fueron en su mayoría labradores, asalariados medios y pequeños comerciantes, y que más allá de algunas pocas quemas esporádicas de castillos y abadías (especialmente en el Franco-Condado), el alzamiento se centró en la destrucción de los archivos señoriales, siendo aún más anecdóticas las ocasiones en las que hubo que lamentar víctimas mortales. Al contrario de lo relatado por muchos discursos reaccionarios que se extendieron a partir de mediados del XIX gracias a figuras como Emile Burke o Hippolyte Taine, este tipo de alzamientos no fueron el fruto de un acceso incontrolado de rabia de las «masas embrutecidas», sino la largamente esperada revancha de las clases populares contra el régimen señorial.
La explosión del Gran Miedo
Antes de comenzar con el Gran Miedo en sí mismo, convendría destacar también la tesis de Timothy Tackett, quien en su obra El Terror en la Revolución Francesa (2015) otorgará un valor capital e ineludible a la Toma de la Bastilla en la propagación del Gran Miedo. En este sentido, Tackett afirmará que «fue el miedo incontenible a la caída de la autoridad y a los grupos de bandidos lo que marcó el tono de los brotes de pánico generalizando». Según esta tesis, no sería el Complot Aristocrático, sino el temor al caos y el desgobierno propiciados por el desplome de las autoridades tradicionales como consecuencia de la Toma de la Bastilla lo que propiciaría la extensión del Gran Miedo.
Sea como fuere, con el hambre campando a sus anchas, París y Versalles absorbidas por la vorágine revolucionaria, y regiones como Normandía y el Franco-Condado sumidas en pleno alzamiento anti señorial, rumores de toda clase y condición comenzaron a extenderse de manera incontrolada. Al norte, Brest se armará ante la aparente llegada de los ingleses al tiempo que una inminente invasión desde el Piamonte se cernía sobre las poblaciones del sureste. En Burdeos, los rumores de una invasión española a gran escala pondrán a la ciudad en armas, y en el este, se acelerarán los preparativos ante la «segura» invasión militar que los austríacos estarían orquestando desde sus posesiones en los Países Bajos. En consecuencia, el temor a una inminente invasión extranjera galvanizará los temores de la población urbana en las provincias, y al estilo del París revolucionario, las ciudades se armarán de manera improvisada, vertebrando durante el proceso sus propias guardias nacionales al tiempo que los representantes del Tercer Estado se hacían con el poder político en las corporaciones locales. Miles de pequeñas Bastillas se sucederán entonces, mostrando de manera unívoca el comienzo de la Revolución Municipal. Por otra parte, mientras todo esto acontecía en las ciudades de provincias, los rumores se extenderán de igual manera por el campo, en donde la supuesta llegada de bandidos dispuestos a saquear cosechas y aldeas sembrará el pánico entre el campesinado. En este sentido, algunos rumores afirmarán que los bandidos eran enviados por la aristocracia para vengar lo acontecido en París y Versalles (Complot Aristocrático), mientras que otros murmullos asegurarán que la intención de los bandidos era aprovechar el caos y desgobierno derivado de la caída de París en manos revolucionarias.
Fuese uno u otro el rumor imperante, no fueron pocos los campesinos que abandonaron sus aldeas buscando refugio en las montañas y los bosques. Sin embargo, la reacción más habitual fue la organización de partidas armadas en busca de supuestos bandidos, expulsando o deteniendo por el camino a cualquier extranjero o desconocido que se encontrasen en hospedajes, cruces de caminos o lindes de bosques al tiempo que se montaban barricadas improvisadas en las entradas de pueblos y aldeas. Y es a partir de este momento en donde se sucederán las escenas más dantescas fruto de la más aguda histeria colectiva:
En ocasiones, el polvo generado por la ganadería «confirmará» desde la lejanía la llegada de los bandidos, mientras pequeñas partidas enviadas por las aldeas a las ciudades en busca de noticias serán también confundidas por bandidos y recibidas a tiros desde la lejanía de sus posiciones defensivas.
En otras ocasiones, las partidas campesinas, enviadas a los puentes o cruces de caminos en busca de bandidos, al observar a lo lejos otro grupo armado acercándose (y que probablemente no era más que la partida de la aldea más cercana), volverán a toda prisa a su propia aldea advirtiendo sobre la llegada de los bandidos, momento en el que las campanas de las iglesias comenzarán a tocar a rebato, enviándose emisarios a las siguientes poblaciones, en donde de nuevo serán confundidos con bandas de bandidos y las iglesias comenzarán de nuevo a tocar a rebato, generándose de esta manera una incontrolable y multidireccional reacción en cadena que hará estallar al campo francés.
De esta manera, la falsa noticia de la inminente llegada de los bandidos se propagará y multiplicará entre unos habitantes de provincias aún conmocionados y ávidos de noticias tras los sucesos de la Bastilla, armándose, parapetándose y haciéndose con el control de aldeas y ciudades.
La Caída del Antiguo Régimen en las provincias
Llegados a este punto, el Gran Miedo propiciará el armamento y organización del campo y las ciudades ante la mirada atónita e impotente de unas autoridades del Antiguo Régimen aun profundamente conmocionadas tras lo sucedido en la capital. El Antiguo Régimen francés, gravemente herido ante la sucesión de una crisis de subsistencias, una revuelta anti señorial, y una revolución política que había tomado la capital y puesto en tela de juicio la autoridad real en Versalles, terminó por ser defenestrado con la imparable extensión del Gran Miedo por el campo y las provincias. En este sentido, Arno Mayer califica al Gran Miedo en su obra The Furies (2000) como un «terror desde abajo». Una desobediencia colectiva que «aterrorizó a muchos altos cargos del gobierno y la aristocracia, propiciando su huida al extranjero».
Nuevas autoridades burguesas se harán con el poder en las ciudades ante la impotencia o directamente la huida a la carrera de las autoridades del Antiguo Régimen en lo que más tarde se conocerá como la Revolución Municipal, cuyo surgimiento asegurará la adhesión de las ciudades de provincias a la Revolución. Mientras tanto, el campesinado, armado, organizado y creyendo tener de su parte a la Asamblea, protagonizará una espectacular revolución campesina cuyo objetivo principal pareciera ser el de hacerse con el control de la propiedad de la tierra. Durante aquellas dos semanas, la quema y destrucción sistemática de los terriers (especie de catastro feudal de la época) y demás documentos acreditativos de los privilegios y usos feudales custodiados en abadías, palacios y castillos se contarán por decenas de miles, desapareciendo de esta manera 2/3 de los registros feudales de la época. De tal modo, la sensación de caos y desgobierno será total, saltando todas las alarmas tanto entre los estamentos tradicionales del Antiguo Régimen como entre la burguesía representada en la Asamblea a través del Tercer Estado.
La Asamblea Nacional, visiblemente alarmada, será convocada de urgencia aquellos primeros días de agosto de 1789 para intentar solventar aquella incontrolable pulsión revolucionaria que, a juicio de la inmensa mayoría de la asamblea (incluido el Tercer Estado), había ido mucho más allá de lo esperable y deseable. La Revolución debía ser detenida de inmediato.
La Noche del 4 de agosto de 1789
Con respecto a estas reuniones, Albert Soboul, en su obra Comprender la Revolución Francesa (1983), no dudará en calificar a este movimiento de la Asamblea como la eclosión del «miedo burgués», ya que, en su opinión, las larguísimas sesiones que se sucederán durante los primeros días de agosto de 1789 no serán más que la manifestación del Miedo de los propietarios a perder sus propiedades ante la pulsión revolucionaria de las clases desposeídas del campo y las ciudades.
John Markoff asegurará por otra parte en su obra The Abolition of Feudalism (1992) que la Asamblea se verá forzada entonces a reconfigurar su agenda (centrada hasta entonces en la redacción de la Declaración de Derechos del Hombre y el Ciudadano) debido a los alarmantes reportes venidos desde las provincias. En este sentido, cabe destacar la condición terrateniente de no pocos miembros del Tercer Estado, ya que durante largo tiempo la principal estrategia de la burguesía había sido canalizar las riquezas obtenidas mediante el comercio en la compra de feudos nobiliarios y grandes propiedades agrícolas.
Temerosa pues la Asamblea al completo de la incontrolable explosión del campo, y alarmados todos ante la infinidad de reportes que aseguraban que los campesinos estaban tomando el control de la tierra y destruyendo por miles los registros de propiedad, comenzarán unas arduas reuniones que tendrán como punto culminante la sesión parlamentaria de la Noche del 4 de agosto de 1789:
Profundamente alarmados ante la insurrección, y temerosos de que el Gran Miedo derivase en una revolución campesina incontrolable, la Asamblea Nacional decidió resolver la situación a través de una solución drástica y radical que evitase la mayor de las catástrofes.
La Noche del 4 de agosto de 1789, la Asamblea Nacional, ante la mirada incrédula de todas las monarquías europeas, decretará de manera sorpresiva e inesperada la abolición total de todos los derechos y privilegios feudales de la nobleza y el clero. El feudalismo había caído.
Conclusiones
La primera y más importante conclusión a la que ha llegado gran parte de la comunidad historiográfica (Lefebvre, Soboul, Mayer, Markoff, Tackett, etc.) es que no podemos entender los decretos de abolición del feudalismo de agosto de 1789 sin la sorpresiva irrupción del Gran Miedo. La Asamblea Nacional, enfrascada en sus debates burgueses, se vio entonces sorprendida por una sublevación campesina sin precedentes en la historia de Francia, algo que, en opinión de Arno Mayer, forzó a reorientar el debate y las luchas políticas hacia las aspiraciones campesinas.
Los Decretos de Agosto, considerados por Tackett como «una hecatombe de instituciones y privilegios del Antiguo Régimen», supusieron una revolución sin precedentes en la historia europea que difícilmente se habría llevado a cabo sin la explosión del Gran Miedo. Además, la Noche del 4 de agosto fue la primera gran aparición política del Club Bretón, más tarde conocido como Club de los Jacobinos, siendo precisamente sus miembros los que propondrán en primera instancia los decretos de abolición de los derechos feudales. Por otra parte, Soboul puntualiza que una de las consecuencias más importantes (e inesperadas) del Gran Miedo fue la extensión y consolidación definitiva de la Revolución en las provincias.
El miedo a los bandidos, elemento diferencial que fomentará la movilización y organización de milicias populares en el campo y las ciudades secundarias, terminará mostrando a través de la Revolución Municipal la primera gran pulsión revolucionaria urbana más allá de París y Versalles. Esta Revolución, consecuencia directa del Gran Miedo, destronará definitivamente a la aristocracia del poder en las ciudades de provincias, que serán a partir de entonces gobernadas por el Tercer Estado y sus milicias populares constituidas según el ejemplo de la Guardia Nacional parisina.
Por lo tanto, el Gran Miedo será el principal responsable no solo de la abolición del feudalismo, sino también de la extensión y consolidación de la Revolución más allá de París y Versalles, demostrando de esta manera la incuestionable importancia que las movilizaciones populares tendrán en todos y cada uno de los eventos más trascendentales de la Revolución. Esta aseveración, del todo ineludible para aquellos que aún entienden la Revolución Francesa como una mera revolución burguesa, quizás se entiende aún mejor si recordamos que, en el momento en el que el Tercer Estado comenzaba su particular pugna política en la Asamblea, la crisis de subsistencias ya había elevado enormemente la conflictividad social del campo y las ciudades de provincias, y que en no pocas regiones el campesinado se encontraba ya en abierta rebeldía mucho antes de la extensión y surgimiento del Gran Miedo.
En definitiva, el estudio del Gran Miedo nos obliga a recordar a los otros grandes protagonistas de la Revolución, aquellos que, sin nombres ni apellidos, más allá del París Revolucionario y el Versalles de la corte, salvaguardaron y extendieron de manera providencial los límites geográficos, políticos y sociales de la Revolución: Los campesinos y obreros de provincias.
Bibliografía, notas y fuentes:
Lefebvre, G. (1982) 1789: Revolución Francesa, Laia, Barcelona.
—– (1939) El Gran Pánico de 1789, Titivillius.
Mayor, A. J. (2000) The Furies: Violence and Terror in the French and Russian Revolutions, Princeton University Press, Princeton.
Markoff, J. (1992) The Abolition of Feudalism: Peasants, Lords and Legislators in the French Revolution, Pennsylvania State University Press, Penn State University Park.
Soboul, A. (1983) Comprender la Revolución Francesa, Crítica, Barcelona.
Tackett, T. (2004) La Grande Peur et le Complot Aristocratique sous la
Révolution Française, Annales historiques de la Révolution française, 335, 1-17.
—– (2015) El Terror en la Revolución Francesa, Pasado & Presente, Barcelona.

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