Las raíces del miedo

Alberto Lombo Montañés
Doctor. Ciencias de la Antigüedad

Imagen: Sara Ramone

«Nadie entiende el miedo», decía Jerome Kagan (2000, 34). El psicólogo no creía en la naturaleza única e inmutable del miedo y tenía razón. El miedo engloba múltiples —y muy variados— fenómenos relacionados: la ansiedad, la ira, el susto, la timidez…, por poner solo unos cuántos. Además, el miedo no es siempre el mismo, cambia, tiene una historia. Eso es lo que Guy de Maupassant advertía en 1883, cuando afirmaba que lo sobrenatural había desaparecido de la Tierra (2011b, 2735). Lamentablemente, se quejaba el escritor, ya no sabemos lo que es sentir el verdadero Miedo (Maupasssant, 2011ª, 1579). Y es que el mundo había cambiado, el Siglo de Las Luces había declarado la guerra a la oscuridad y las supersticiones. La ciencia buscaba explicaciones racionales a lo sobrenatural, ¡sapere auden!, el miedo había muerto, o quizás no. 

¡Qué hay de nuevo, viejo!

En 1871 Edward Tylor advertía que las viejas creencias —lo sobrenatural de Maupassant— seguían vivas en el seno de las comunidades modernas. El antropólogo se refería a las supersticiones como las patas de conejo que ciertamente surgen en situaciones de peligro o momentos de inquietud (Tylor, 1977, 90). Este tipo de supersticiones se encuentran en todas partes, en la vida cotidiana, en el juego e incluso formando parte del código penal. Un caso curioso es el de las armas utilizadas en asesinatos y juzgadas como cómplices (Hentig, 1967, 94). Piénselo bien, los seres humanos somos bastante supersticiosos, sobre todo cuando tenemos miedo. Nadie pelaría una manzana con el cuchillo de Norman Bates (Psicosis, Alfred Hitchcock, 1960). Así que el genial escritor francés estaba en lo cierto a medias, porque desconocía las raíces biológicas del miedo, eso es algo que hemos tardado bastante en descubrir (Lovercraf, 1989, 8). El miedo no solo tiene una historia, tiene también una prehistoria. Es como un viejo conocido que se adapta a las nuevas circunstancias y reaparece, what’s up, doc?, como diría Bugs Bunny.

Por lo tanto, como bien señaló Darwin (1984), el miedo evolucionó de manera distinta en las diferentes especies animales. El miedo que sienten las ballenas, por ejemplo, es de una intensidad inconcebible para nosotros. Pues al tener el triple de neuronas fusiformes[1] que un ser humano (Bekoff y Pierce, 2010, 63), es capaz de sentir un temor inimaginable. No se ha trazado todavía la evolución del miedo y no la conocemos bien; sin embargo la aversión a los medios adversos (en los que se ha desarrollado una especie) y la interacción entre depredadores y presas, parecen ser dos patrones importantes en la génesis de los miedos.

En el primer caso, la oscuridad es uno de los medios que más temor nos suscita. Que no se piense que el miedo a la oscuridad es cosa de niños, la noche nos transforma, hasta las leyes la consideran un agravante de delito (Delumeau, 1989, 150). Somos una especie diurna que siempre se ha sentido desprotegida en la oscuridad, porque no estamos adaptados para movernos de noche. Hace ya unos años el neurólogo Donald Hebb demostró que el miedo a la oscuridad es innato en los niños y también en los chimpancés (Marina, 2006, 27). Trabajos posteriores han comprobado que la amígdala, la primordial reguladora del miedo en nuestro cerebro, se activa en la oscuridad (McGlashan et al., 2021), como si fuera un Gusiluz[2]. Por esa razón, cualquier cosa, un ruido o una forma percibida durante la noche, nos asusta el doble que durante el día. La parte de nuestro cerebro encargada de enviar señales de alarma a nuestro cuerpo está tan activa que nos da algún que otro susto innecesario. Lo prefiere así, más vale prevenir que curar, ante cualquier señal sospechosa, la amígdala pone en funcionamiento el mecanismo del miedo. Es así como nuestra percha de ropa se puede transformar en un monstruo durante la noche. Pero hay algo más, hasta los ciegos temen la noche, la sienten en la piel[3] (Humphrey, 1995, 85), pues la noche es una dimensión temporal, como afirman los antropólogos que la han estudiado (Galinier et al., 2010). Su historia apenas está escrita, pero es sabido que la noche establece sus propias normas, ritmos y costumbres. La noche produce particulares procesos mentales, el más conocido es el sueño, la nocturnidad, el sonambulismo, las pesadillas. ¿Y si el sol no retornara y si siempre fuera de noche?, según algunos, este es uno de los temores más antiguos de las viejas civilizaciones (Delumeau, 1989, 141). Los aztecas celebraban una gran ceremonia para evitar que el sol se apagara, colocaban un fuego en el cuerpo de un sacrificado antes de arrancarle el corazón, alimentaban las llamas con su sangre, cualquier cosa para evitar la oscuridad de la noche eterna. Los pueblos inuit del ártico la llaman la Gran Oscuridad, ni siquiera la luz eléctrica ha logrado disipar estos temores del corazón humano.

Creo que he visto un lindo gatito

Somos el animal más temido de Planeta; pero no siempre fue así. Hubo un tiempo en el que también fuimos presas y es ahí donde radican algunos de nuestros miedos recónditos. El peligro de los depredadores humanos, salvo excepciones, ha quedado relegado en el tiempo. Sin embargo, es muy posible que nuestros antepasados homínidos formaran parte de la dieta de algunos carnívoros e incluso fueran atacados por algunos de ellos. Un cráneo de hace 1´8 millones de años hallado en Dmanisi, presenta marcas de colmillos idénticas a las de un Megantereon (Antón, 2007, 196). En esta misma línea, Bruce Chatwin cree que el Dinofelis era un depredador humano, es decir, un felino especializado en la caza de homínidos (Antón, 2007, 189-190). Nos seguía, afirma el aventurero, a todas partes, conocía nuestro olor y nuestro sabor. Y es cierto que hay carnívoros que se especializan en de una determinada presa, generando una interacción evolutiva entre ambas. Las especies cazadas idean un gran número de estrategias biológicas para evitar ser cazadas. Pero de ser cierta esta hipótesis el felino en cuestión eligió mal su presa, porque a la larga el homínido se convertirá en el más temible depredador que se halla visto nunca. Con el tiempo, no habrá especie que nos dé caza, somos, como dice Chatwin, una especie de vacaciones. 

Sin embargo, nuestro sistema cognitivo-perceptivo se desarrolló básicamente durante el tiempo que fuimos presas. Nuestro sistema visual por ejemplo se adaptó para detectar posibles peligros: determinados ruidos y ojos ocultos en la maleza parecen los más comunes. Nuestro mecanismo neuronal funciona rápidamente, lo cual es muy útil a la hora de evitar cualquier peligro, aunque nos proporcione alguna falsa alarma que otra, lo que conocemos como un susto. Los estímulos como ruidos inesperados u ojos acechando en la maleza provocan una reacción fisiológica, la conocida respuesta de miedo, que prepara nuestro organismo para huir o quedarse quieto (pues la visión de los depredadores es muy sensible al movimiento). Es decir, la presa se prepara para escapar o esconderse (es curioso que estos sean dos de los juegos básicos de los niños: el escondite y el pilla pilla). Lo que sea que ocurre en nuestro cerebro es una maravilla biológica, en muy poco tiempo, el sistema límbico, con la amígdala como protagonista, pone en marcha el estado de alarma generalizado (Marina, 2006, 83). Se envía a los músculos tanta energía que si en vez de salir corriendo nos quedamos paralizados, sudamos como si hubiéramos corrido una maratón. La emoción que dispara la amígdala es la que comúnmente llamamos miedo, pero el proceso, recuerda Antonio Damasio, no se detiene ahí. Cuando la tensión y el sobresalto se atenúan, las cortezas prefrontales, en especial el hipocampo, evalúa el miedo, lo ubica en su contexto, crea imágenes para su comprensión, solo así el miedo se hace consciente (Damasio, 2004, 160). De esta manera, tan ingeniosa, intentamos comprender esta emoción al mismo tiempo que nos protegemos de ella. Pero aun así siempre que veamos unos ojos acechando en la oscuridad (posible émulo ancestral de los ojos de los felinos que cazan al acecho) nos sobresaltaremos en recuerdo, en parte, de nuestro pasado de presa. Aunque los devoradores de hombres ya prácticamente no existen, su miedo aún sigue vivo en nosotros. Ya nadie o muy pocos han sentido ese intenso miedo que es ser una presa en una selva; sin embargo, son dos de los recursos importantes de las películas de terror o los cuentos de miedo.

No pensemos tampoco que los cuentos de terror son solo para mayores. En mi opinión, el género de terror es probablemente de origen infantil. Con razón, Stephen King (2000, 159-162) recuerda que a los niños les encantan las historias de miedo. El término «cuento de hadas» me parece un eufemismo. Pues los cuentos infantiles, recuperados de las tradiciones orales, son bastante terroríficos: brujas caníbales, ogros asesinos, lobos hambrientos, ¡Hansel y Gretel son abandonados en un bosque! La función didáctica del cuento de miedo es muy importante, ayuda a los pequeños a entender y manejar mejor sus miedos (Bettelheim, 2012, 163). El miedo puede ser peligroso si no se conoce, puede desembocar en fobias y ansiedades. Acostumbrarse a pasar un poco de miedo parece una estrategia sapiens, uno de sus más logrados inventos: el cuento de terror. Y cómo lo hacen, pues divirtiéndose, pasar miedo puede ser divertido, de hecho lo es, basta oír los gritos que se emiten en una montaña rusa. Es lo que el psiquíatra Michael Balint describió como thill, de ahí el nombre de thilller, el miedo como placer (Huber, 2000, 17).

Entierro prematuro

Según Edgar Allan Poe (2004, 62), ser enterrado vivo es, sin la menor duda, la más terrorífica de las vivencias. La catalepsia nada tiene que ver con lo que vamos a relatar ahora, pero sí tiene que ver con el miedo a ser enterrado vivo. En el cementerio real de Kerma, nos cuenta el arqueólogo Alfredo González Ruibal, hay una estampa terrorífica. Algunos cadáveres muestran gestos de terror, tienen las manos en la cara, parece que fueron enterrados vivos, para mayor honra del soberano en cuestión (González, 2023, 112). No es el único caso, en muchas partes los poderosos se hacen enterrar junto a sus súbditos, pero normalmente se les mata antes, en Kerma, al parecer, ni siquiera se molestaron, fueron enterrados con vida. 

En sus reflexiones sobre entierros prematuros, Poe se pregunta cómo establecemos los límites entre lo vivo y lo muerto. En ocasiones, es difícil saber cuándo una persona está viva o muerta. Muchas culturas conservan el cadáver de sus familiares largo tiempo por ese motivo. También algunos animales llevan consigo un tiempo el cuerpo de sus crías muertas: es conocido el caso de una ballena que llevó a su cría durante días, como si esperara que pudiera recuperarse de una enfermedad. La cuestión, si se piensa bien, no es fácil, ni siquiera la ciencia puede dilucidar con seguridad dónde se halla dicha frontera en casos como el coma, ¿y qué decir del sueño, la hibernación o plantas que parecen muertas y de pronto resucitan[4]? ¿Y la bella durmiente, está viva o muerta?, porque en la primera versión del cuento la protagonista está claramente muerta (Bettelheim, 2012, 306), por suerte nadie la enterró, era demasiado hermosa. La apariencia de muerte esconde algo de vida, pero si la muerte puede ser falseada, ¿ocurre lo mismo con la vida? Dicho de otro modo, ¿la apariencia de vida esconde el proceso de la muerte? Esta parece ser una cuestión crucial para entender el futuro del miedo. Imposible no recordar los muertos vivientes de George Romero que aún podridos van de compras al supermercado. Nos venden una felicidad teatralizada, una happycracia como la llaman los sociólogos (Cabanas y Illouz, 2021), un mundo sin miedo y eso sería como cortar las raíces de nuestro árbol. Para responder a esta contradicción debemos remontarnos esta vez a la prehistoria reciente.

La lavandería de la familia Manson  

El miedo a los extraños parece tener orígenes muy recientes. Este miedo se materializó en la construcción de recintos para proteger las posesiones emanadas del nuevo sistema de explotación neolítica. Los muros, como se ha dicho en más de una ocasión, no solo están para protegerse de los de fuera, están también para controlar a los de dentro. Los Estados aprenden pronto a usar el miedo para controlar a la gente, cada vez más numerosa, de las nacientes ciudades. Es en este momento cuando el miedo se escenifica —casi siempre desde los centros de poder político— de una manera nunca antes vista: cabezas cortadas, muertes, ejecuciones, torturas, como si hubiera algo de bello en toda esta masacre. Los Imperios exhiben su poder con una estética macabra haciéndola pasar por algo hermoso, el arte de la guerra, la belleza del guerrero. Esto no había sucedido nunca antes, en el paleolítico no se hacían instrumentos para matar a la gente y no había guerras institucionales.

El Homo sapiens es un depredador sutil, conserva los rasgos fáciles de un niño, parece incapaz de hacer daño a nadie, me recuerda al Piolín de los dibujos animados. Es una especie aparentemente amable, hipersociable, pero igualmente capaz de realizar atrocidades sin nombre. Es, como recordó Nicolás Ramiro (2023), un animal ladino, que ha sublimizado su capacidad depredadora a una maquinaria que funciona como la lavadora de la famila Manson. Basta ir de compras a un mercado para darse cuenta cómo se blanquean los animales troceados, se limpia la sangre, habla la gente como para olvidarse que está en medio de una auténtica carnicería. Hay que reconocer que nos hemos convertido en depredadores muy sutiles.

Una de las claves de ser o no civilizado es adoptar una actitud concreta, sino un estado casi letárgico de sublimación civilizada. Cabe por dilucidar en qué medida es una prolongación de nuestro sistema de producción neolítica. Porque es fundamental para entender la proyección de los miedos sociales hasta nuestros días. El miedo a ser visto, a la mirada de los demás, la vergüenza, es un opresor social de una envergadura solo comparable al miedo a quedarse atrás y no ser como los demás, que parecen más bien estrategias de uso comercial. La nación civilizada es sin duda un negocio muy rentable para algunos y quizás sea la continuación de nuestro viejo sistema de explotación, apenas reconocible tras dos grandes revoluciones industriales.

El miedo ha modelado la faz de la Tierra. El primer instrumento físico del miedo construido por el Hombre es la muralla. Los arqueólogos las constatamos sobre todo en las primeras sociedades metalúrgicas. En el calcolítico los poblados se fortifican con una, dos, incluso tres murallas en los altos de los terrenos. El mundo se fortifica, con fosos, cercos, uno se pregunta ¿de qué tienen tanto miedo? Como resultado de este auto-cercado, se acentúan las diferencias con los extraños, entre «ellos» y «nosotros» (Fernández, 2007, 139). Pero el aumento de la seguridad no ha sido nunca la solución a los miedos, más bien acrecentó el temor a lo que hay fuera, pues siempre se teme lo que se desconoce. Parece mentira que en pleno siglo XXI las ciudades resuciten viejos sistemas de segregación, el «regreso de las murallas» (Dioni, 2023, 165), condiciona el futuro del miedo. Los oligarcas como Donald Trump se aprovechan de ello, siguen construyendo muros, parece que volvemos a las sociedades de liderazgo, lo que históricamente es un suicidio.

¡Esto es todo amigos!


Bibliografía, notas y fuentes:

[1] Son neuronas especializadas en la empatía y la intuición de los sentimientos de los demás, también es un área vital para emitir juicios emocionales rápidos, por ejemplo cuando se sufre una experiencia desagradable. 

[2] Muñeco luminoso que irradia luz para que los niños pequeños no pasen miedo de noche.

[3] Se debe a que la retina humana empieza su vida evolutiva como parte de la piel, por esa razón podría decirse que todos conservamos cierta «visión» dérmica.

[4] Nos referimos al fenómeno de las plantas reviviscentes, piénsese también en los animales o microorganismos capaces de vivir mucho tiempo en estado letárgico.

Antón, M. (2007) El secreto de los fósiles. El arte y la ciencia de reconstruir a nuestros antepasados y otras criaturas, Santillana, Madrid.

Bettelheim, B. (2012) Psicoanálisis de los cuentos de hadas, Crítica, Barcelona.

Bekoff, M. y Pierce, J. (2010) Justicia salvaje. La vida moral de los animales, Turner, Madrid.

Cabanas, E. y Illouz, E. (2001) Happycracia. Cómo la ciencia y la industria de la felicidad controlan nuestras vidas, Paidós, Barcelona.

Damasio, A. (2004) El error de Descartes, Crítica, Barcelona.

Darwin, C. (1984) La expresión de las emociones en los animales y en el hombre, Alianza, Madrid.

Delumeau, J. (1989) El miedo en Occidente (siglos XIV-XVIII). Una ciudad sitiada, Taurus, Madrid. 

Dioni López, J. (2023) El malestar en las ciudades, Arpa, Barcelona.

Fernández Martínez, V. (2007) Prehistoria. El largo camino de la humanidad, Alianza, Madrid.

Galinier, J. et al. (2010) Anthropology of the Night. Current Anthropology, 51(6), 819-847.

González Ruibal, A. (2023) Tierra Arrasada. Un viaje por la violencia del Paleolítico al siglo XXI, Crítica, Barcelona.

Hentig, H. von. (1967) La Pena I. Formas primitivas y conexiones histórico-culturales, Espasa-Calpe, Madrid.

Huber, A. (2000) El miedo, Acento, Madrid.

Humphrey, N. (1995) Una historia de la mente. La evolución y el nacimiento de la consciencia, Gedisa, Barcelona.

Lovercraf, H.P. (1989) El horror en la literatura, Alianza, Madrid.

Marina, J. A. (2006) Anatomía del miedo. Un tratado sobre la valentía, Anagrama, Barcelona.

Maupassant, Guy de. (2011a) El miedo, en Cuentos Completos II. Páginas de Espuma, Madrid, 1577-1584.

—– (2011b) Lo Fantástico, en Cuentos Completos II. Páginas de Espuma, Madrid, 2735-2739.

McGlashan, E. M., Poudel, G. R., Jamadar, S. D., Phillips, A. y Cain, S. N. (2021) Afraid of the dark: Light acutely suppresses in the human amygdala, PLOS ONE, 16(6), e0252350.

Poe, E. A. (2004) El entierro prematuro, en El gato negro y otros cuentos. EL PAÍS, Madrid, 61-79.

Ramiro Rico, N. (2024) El animal ladino y otros estudios políticos, Prensas Universitarias de Zaragoza.

Tylor, E. B. (1977) Cultura primitiva I. Los orígenes de la cultura, Ayuso, Madrid.

Kagan, J. (2000) Tres ideas seductoras. La abstracción, el determinismo en la infancia y el principio del placer, Paidós, Barcelona.

King, S. (2000) Danza macabra, Valdemar, Madrid.