Javier Echeverría
Catedrático emérito. UPV/EHU

Imagen: Sara Ramone
1. Miedos naturales
Un etólogo prestigioso, Frans de Waal, dejó escrito que «los seres humanos son primates que hablan, pero su conducta no difiere mucho de los chimpancés» (1993, 284). Esa reflexión puede aplicarse al miedo, siempre que nos refiramos a los miedos naturales, es decir, a los temores generados por fenómenos como terremotos, inundaciones o volcanes, es decir, las diversas catástrofes naturales. Esos desastres no afectan solo a los seres humanos. En algunos casos (cambios de la polaridad magnética, glaciaciones, tsunamis, desertizaciones…) destruyen ecosistemas completos y generan temores descomunales, por así decirlo. No olvidemos que el Antropoceno da nombre a una nueva época de desequilibrios a escala planetaria, de los que solo tienen conciencia los científicos. Y no todos. En situaciones de grave peligro siempre hay quien dice: ¡no exageres!
Pero algunos animales tienen un sexto sentido, detectan esos grandes cambios, y emigran preventivamente, huyendo de las grandes catástrofes naturales. La vida en la biosfera está marcada por múltiples formas de sentir miedo y sobrevivir gracias a ello. Ya dijo Aristóteles que la prudencia es una virtud intelectual (no moral). Un exceso de temor siempre es dañino, sobre todo cuando hablamos de pavores colectivos, que suelen resultar desastrosos: no pocas manadas de rumiantes (o de insectos —piénsese en las plagas de langosta—) devienen devastadoras cuando les entra el pánico; incluso pueden destruirse a sí mismas, por falta de control. Hay ahora una auténtica obsesión por la seguridad y abundan las técnicas de control del miedo. Pero también hay técnicas y tecnologías diseñadas para generar temores y pavores, y las primeras se manifiestan en la biosfera. La ataraxia plena nunca se logra, salvo al morir.
2. Darwin y las emociones
Charles Darwin publicó en 1872 una obra poco comentada, pese a su gran interés: La expresión de las emociones en los animales y en el hombre. Defendió allí dos tesis audaces: a) la expresión de las emociones es innata y universal, y b) los modos de sentir y expresar las emociones dependen de la evolución de las especies. En todo momento dejó claro que las emociones tienen un fuerte componente fisiológico y corporal: «cuando un animal va a atacar a otro, o tiene miedo de otro, se suele procurar un aire terrible erizando sus pelos, lo que le hace parecer mayor, enseñando sus dientes, blandiendo sus cuernos, o dejando escapar gruñidos feroces» (71). Esa gestualidad amenazante ofrece rasgos propios en cada especie, y Darwin se ocupó de estas técnicas comportamentales en el marco de la evolución natural, fijándose ante todo en la gestualidad y en los movimientos corporales. Por ejemplo, la presencia súbita de un depredador puede paralizar a una presa, pero cabe una respuesta activa: hacerle frente y defenderse, sobre todo cuando hay que proteger a las crías. Este temor a los peligros que pueden amenazar a las criaturas es universal, puesto que de ellas depende la supervivencia de cada especie, como Darwin recalcó. En casos así, la fuga y el enfrentamiento son las actitudes más frecuentes.
Una tercera actitud es la sumisión a quien amenaza. Es frecuente entre mamíferos y primates y suele manifestarse mediante gestos de sometimiento. Esto es importante, porque muestra que el lenguaje gestual es un procedimiento muy difundido en el reino animal para abordar los peligros. En el caso humano, a los temores naturales hay que añadirles el miedo a muchas criaturas sobrenaturales, dada la enorme capacidad creativa de la imaginación humana. Pues bien, el temor a las divinidades (temor de Dios —se decía) siempre ha sido considerado como una virtud, así como la sumisión a los poderes sobrenaturales. Las diversas culturas humanas han practicado múltiples rituales para intentar aplacar las terroríficas cóleras divinas, sacrificios incluidos. Pues bien, hay ahora tecnotemores asociados a las nuevas formas de poder tecnocientífico. Pueden ser llamadas tecno-divinidades, porque son poderes grandiosos que suscitan tecnomiedos colectivos intensos y generalizados.
Hay una cuarta respuesta a las amenazas nada desdeñable, porque los animales la practican por doquier: escaparse del peligro a toda velocidad. Gracias a esa capacidad de fuga han sobrevivido muchas especies. Es lo que hacen los caballos salvajes cuando huyen de las fieras a galope tendido, como recordó Darwin (166). Ahora bien, hay otra respuesta frecuente cuando un animal afronta a quienes teme, sean de la misma o de diferente especie, y consiste en una técnica natural que conlleva varios cambios corporales: se transforma el aspecto propio para mostrarse grande, feroz y peligroso. Darwin describió así ese comportamiento: «bajo la influencia del terror, el gato se yergue cuanto puede, arqueando el cuerpo de un modo bien conocido y risible. Bufa, resopla o gruñe. Su pelo se eriza en todo el cuerpo y principalmente en la cola… Las orejas son dobladas hacia atrás; los dientes quedan al descubierto. Cuando dos gatos pequeños juegan, se les ve recurrir a todos estos movimientos para asustarse mutuamente» (163-164).
Los diversos tipos de respuestas que he mencionado conllevan varias técnicas: son artes corporales. Piénsese en las múltiples formas de lucha cuerpo a cuerpo, las artes marciales. Impresionar al rival con gestos amenazadores es clave. Pero fijémonos en la última frase de Darwin: los gatos (y otros animales, humanos incluidos) juegan a infundirse miedo. Este aspecto lúdico es decisivo a la hora de generar técnicas del temor. Al jugar a asustarse se imitan las expresiones corporales propias de una especie concreta cuando siente terror o cuando amenaza. Hay, pues, técnicas de simulación del miedo, y ello es muy frecuente en el mundo animal, no solo en teatros y cines. Ese tipo de juegos son frecuentísimos entre niños y niñas, porque sirven para aprender a defenderse, expresarse y socializar. Son juegos educativos: se provoca miedo para aprender a controlarlo y para medir la capacidad de amenazar, y su eficacia. Dar un susto por sorpresa, por ejemplo, es una diversión habitual, cuyo objetivo consiste en generar emociones y sentir esa experiencia con ocasión de algo imprevisto. En casos así, el miedo se convierte en la finalidad del juego, aunque sea en broma.
Ahora bien, en el siglo XX han aparecido juegos tecnocientíficos que producen pánico con solo imaginarlos. Es el caso de las armas nucleares, las cuales han llegado a generar un equilibrio de terror a escala planetaria. Tras los horrores de la segunda Guerra Mundial, con las cárceles de exterminio masivo y el genocidio nazi, hubo durante casi medio siglo una posterior «Guerra Fría», que estuvo y está basada en la amenaza nuclear como estrategia de disuasión ante posibles adversarios.
Pues bien, esas modalidades de tecnomiedo no solo son tecnocientíficas, sino que las protagonizan organizaciones especializadas en generar terror, como es el caso de los Estados con arsenales nucleares, bombarderos y armas de destrucción masiva capaces de generar pánicos colectivos. El 80 aniversario de Hiroshima y Nagasaki acaba de ser evocado, pero aquellos bombardeos imprevistos marcaron un hito en el desarrollo y evolución de los pavores humanos. Cabe decir que la tecnociencia irrumpió en 1945 con el programa Los Alamos y sus hongos nucleares. Desde entonces, se ha metido el miedo en el cuerpo a toda la humanidad. Conclusión: algunos miedos artificiales superan a los miedos naturales.
3. Técnicas educativas y miedos sociales
El miedo desempeña una función importante en los procesos educativos, sean religiosos o laicos, porque es frecuente amenazar con castigos, o al menos con penalizaciones. Ello implica haber interiorizado un miedo al castigo social, cuyas modalidades varían según las culturas, las personas y las situaciones. Hay muchos momentos en los que el educandum ha de superar tales o cuales pruebas y teme no lograrlo. Una de las cosas que hay que aprender pronto, si se quiere afrontar esas pruebas, consiste en simular que uno no les tiene miedo. Hacerse el valiente o hacer de tripas corazón: son dos modos de decirlo. Todo proceso educativo implica pasar pruebas, aunque solo sea para demostrar que uno ha aprendido. Como los procesos de aprendizaje suelen ser colectivos, surgen miedos sociales: al riesgo de no superar la prueba se le añade el de quedar por detrás de otros.
No solo hay evolución de las especies, también de las personas. Los procesos de aprendizaje social pueden tener éxito o no. Desarrollar la tolerancia al fracaso es un objetivo importante, pero no siempre se logra. Los rechazos sociales, por pequeños que sean, suelen tener costes duraderos: acaban generando temores sociales. En esos casos hablaré de miedos artificiales y los consideraré muy humanos, aunque también se manifiesten en algunos animales. Los efectos más profundos y duraderos de dichos temores suelen ser mentales, no solo corporales. En la medida en que las personas los interiorizan y se cohíben ante tales o cuales presencias y situaciones, surgen relaciones sociales de subordinación, e incluso de sometimiento y dominación de unas personas sobre otras. Lo que ocurría en la biosfera se traslada a las sociedades. Ese tipo de técnicas sociales y educativas, cuando son practicadas a gran escala, conforman grupos y jerarquías sociales. Esas tensiones ya se manifiestan en los primates y en los mamíferos, por ejemplo en las peleas entre tribus por el territorio, en las que una sojuzga a otra al invadir su espacio, o cuando los progenitores o la manada protegen a las crías de alguna amenaza externa. Pero en el caso de los animales humanos las técnicas del miedo llegan a ser socialmente constitutivas, porque conforman personas, grupos y relaciones sociales estables y duraderas basadas en el miedo.
En suma: los humanos disponemos de reflejos y técnicas innatas de defensa, no en vano somos animales y mamíferos. Sin embargo, hemos desarrollado auténticas culturas del miedo, con técnicas sofisticadas, como el equilibrio del terror recién mencionado. En casos así, cuando son masivos, aparecen auténticas tecnologías sociales del miedo. Entre los miedos socialmente constitutivos cabe mencionar las novelas y películas de terror, que suelen tener gran éxito popular. Los cuentos de miedo han sido estudiados a fondo por antropólogos y semiólogos, porque existen en todas las culturas. De hecho, muchas entidades demoníacas provienen de ese género de literatura, tradicionalmente oral, que requiere no pocas habilidades técnicas para narrar y generar inquietud, pero también, terminado el cuento, para tranquilizar: ¡solo era una ficción! La aparición de sistemas tecnológicos socialmente determinantes, como la imprenta o el cine, han elevado el listón de los tecnomiedos. Piénsese en los actuales efectos especiales en películas de terror, o simplemente en los videojuegos.
Conclusión: cabe hablar de progreso en la capacidad de generar terror. Ello no impide que siga habiendo situaciones lúdicas y representaciones teatrales e incluso cómicas de los temores y los miedos, como si no pasara nada. En conjunto, procede hablar de auténticas artes del miedo. Primero se generan zozobras, dando lugar a emociones reales, a veces intensas; luego viene el relax y queda claro que esos personajes tenebrosos eran de mentira. Lo importante es que esas artes desempeñan una función educativa y social decisiva, porque enseñan a fijar toda la atención en un relato o en un texto, y porque están conformadas por procedimientos, hábitos y sistemas técnicos que facilitan una socialización atemorizada, muy frecuente hoy en día. Algunas artes del miedo llegan a generar industrias del miedo, pero en tanto industrias de la imaginación y de la ficción. No diré más sobre los aspectos lúdicos del miedo, una vez subrayada su relevancia educativa, social e incluso económica.
Si asumimos la teoría darwiniana, según la cual el miedo es una de las emociones primarias de cualquier ser vivo, porque aporta un mecanismo importante para la supervivencia, cabe ampliar esa hipótesis a las relaciones sociales. En tal caso será preciso interesarse en las tecnologías de supervivencia, pero también en las técnicas de subordinación social: abundan las personas a quienes el miedo los lleva a sentirse psicológicamente sometidas a otras. Esos temores son menos ancestrales que los naturales, pero pueden llegar a ser muy intensos, además de estar socialmente extendidos. Aplicaremos, pues, la hipótesis evolucionista de Darwin a las propias técnicas del miedo, mostrando que hay una pugna por la existencia social, política y económica de las personas físicas y jurídicas, no solo por la supervivencia vital de las especies: perduran las mejores técnicas del miedo. Para ello, diremos que además del primer entorno (E1: naturaleza, biosfera), la especie humana ha generado y mantiene dos espacios sociales más: el segundo entorno (E2: ciudades, espacios urbanos…) y el tercero (E3: Redes y «Nubes» digitales). Este último es un entorno electrónico, telemático, digital, comunicacional e informático. Pues bien, hay tecnomiedos propios del segundo entorno, y también del tercero. Obvio es decir que no son incompatibles entre sí, sino todo lo contrario.
4. Tecnodintornos
En el libro Los Señores del Aire: Telépolis y el Tercer Entorno (Echeverría 1999) presenté y desarrollé la hipótesis de los tres entornos, que sigo manteniendo años después. En algún pasaje de aquella obra (apartado I.5.2) aludí a la posibilidad de un entorno cero, E0, fuese para aludir a lo sobrenatural y a las divinidades propias de las mentes humanas, fuese para referirse a la psyché en general, que unos conciben como mente, otros como alma, otros como espíritu y los spinozistas como natura naturans. Dejé ese tema para otra ocasión. Pues bien, ha llegado el momento de abordarlo, aunque sea brevemente.
Mis investigaciones sobre inéditos de Ortega y Gasset me han llevado a encontrar en sus escritos un vocablo novedoso, dintorno, que me parece preferible a la expresión «entorno cero». Por tanto, a mi antigua hipótesis de los tres entornos voy a añadirle ahora una nueva conjetura filosófica: hay dintornos D en torno a los cuales se desarrollan tres tipos de mundos (physis, pólis y tecnomundos), los cuales conforman sistemas espacio-temporales E1, E2 y E3 con sus correspondientes topologías, métricas y sistemas de relaciones. Me atengo a la acepción que utilizó Ortega en El Espectador VI, artículo «Contorno y dintorno» (1920), en el que distinguió esos dos conceptos:
Sin contorno no habría dintorno, y por esta razón no puede definirse claramente un fenómeno histórico, si, después de decir lo que él es, no añadimos lo que es su ambiente.
Dicho de otra manera: si el dintorno soy yo, el entorno es mi circunstancia. O también: no existe ningún sujeto individual ni colectivo sin circunstancia propia. Pues bien, en la época actual cabe distinguir tres tipos de circunstancia: una corporal, otra ciudadana y una tercera más reciente, llamada digital. El término «dintorno» rompe con el enfoque gramatical imperante en la filosofía actual, el de la ontología del sujeto. Dicha entidad suele ser caracterizada por sus propiedades o atributos. Dintorno aporta un concepto más topológico que lingüístico: es un lugar. Lo concibo como un foco de energía que interactúa con otros (dinámica) y al hacerlo genera mundos interactivos y fenómenos diversos en los tres tipos de espacio-tiempo recién mencionados. Ello implica asumir, a lo Dewey, que la acción precede al ser, y no al revés. Pienso que los haceres humanos conforman a los seres humanos, y que estos no les preexisten.
La identidad de cada dintorno Di, su interioridad o dintornidad, queda definida por los múltiples sistemas de relaciones que constituyen a Di en E1, E2 y E3, que es donde se expresan y exteriorizan esos dintornos. El concepto de dintorno es relacional y circunstancial, no sustancial ni esencial. La identidad de cada Di cambia y evoluciona en cada entorno (sus tres circunstancias constitutivas), así que para un determinado dintorno D cabe hablar de D1, D2 y D3, siendo D1 el sistema de relaciones e interacciones que el organismo D mantiene en E1 con otros organismos, humanos o no; D2 su identidad social y ciudadana en el segundo entorno (ciudad, Estado…) y D3 las diversas tecnopersonas que D genera al actuar y relacionarse en E3, por ejemplo en redes sociales. Frente a la concepción gramatical o biopolítica del sujeto humano, D aporta una interioridad que mantiene relaciones múltiples en un espacio-tiempo generalizado. De esta manera, intento superar el logocentrismo propio de la noción de sujeto y el antropocentrismo inherente a la reducción de la subjetividad a lo humano.
En efecto, D puede «ser» un personaje ficticio o una inteligencia artificial, no solo un organismo humano. La clave es lo que haga D en E1, E2 y E3, así como las relaciones que establezca con otros dintornos en cada uno de esos tres espacio-tiempos.
Mi hipótesis adicional, por tanto, aporta una topología al sujeto (supuesto que D fuese expresable como sujeto gramatical, lo cual no siempre es factible), pero también una topología para objetos, fenómenos y procesos, caso de que D aparezca en E1, E2 y E3 como un objeto, como un proceso o como un fenómeno, y no como algo sustancial. Este planteamiento no solo vale para sujetos humanos, sino para seres vivos en general, siempre que sean concebidos relacionalmente. Las circunstancias no son sustantivas ni esenciales, pero ejercen una función determinante en las acciones y relaciones que D mantiene en E1, E2 y E3. Dicho en otros términos: D1 designa las circunstancias corporales y situacionales de D, D2 sus circunstancias sociales y ciudadanas, y D3 sus diversas tecnocircunstancias, es decir, las tecnopersonas varias que D genera al actuar en E3 usando dispositivos y redes digitales.
Como los párrafos precedentes son un tanto formales y abstractos, conviene ilustrarlos con ejemplos concretos. Ello permitirá distinguir los diversos tipos de tecnotemores que surgen en E1, E2 o E3. Por mor de la coherencia expositiva, distinguiré tres modalidades de miedo: M1, M2 y M3. De los primeros y segundos temores ya hemos hablado: eran los miedos naturales y los artificiales, que pueden ser distinguidos analíticamente, aunque suelen aparecer conjuntamente. Nos queda por explorar los miedos tecnocientíficos, que son los más recientes y preocupantes. Son miedos M3, es decir, miedos que los dintornos Di pueden experimentar al expresarse, actuar y relacionarse en E3. Sentir miedo es una acción interna a Di, que puede llegar a conmoverse. Ser miedoso es un modo de ser, pero el hacer es previo al ser. Por tanto, esos Di serán lo que hagan en E1, E2 o E3, por lo que a mi análisis respecta.
5. Miedo a la quiebra
Tomaré como primer ejemplo una empresa industrial que cotice en bolsa. Por tanto, se trata de una entidad del segundo entorno, ubicada en un país, ciudad y sector económico determinados. Su valor en bolsa, sin embargo, se gestiona en el tercer entorno, porque las bolsas de valores están informatizadas desde hace años. Supondré asimismo que la gestión de la empresa está informatizada, de modo que, conforme la empresa haga públicas sus cuentas anuales o semestrales de resultados, las bolsas reaccionen de una manera u otra fijando su valor bursátil al alza o a la baja. Otro tanto sucede cuando se publica una noticia de alcance en relación a un dintorno empresarial D, que puede ser internamente complejo. Supondré además que D trabaja, emprende y opera en el sector pesquero, de modo que le afecte lo que ocurra en el primer entorno. Habría muchas circunstancias a tener en cuenta: los caladeros pueden ser más o menos ricos; puede haber veda; el estado de la mar puede impedir que los pesqueros salgan a hacer su faena; etc. También hay factores industriales a tener en cuenta (E2), como el tipo de buque que la empresa utilice, porque hay barcos de pesca que pueden faenar en alta mar y congelar allí mismo lo que pescan. Los factores jurídicos también suelen ser relevantes las empresas en E2; pero el tercer entorno E3 es un espacio muy distinto, donde intervienen otros agentes. Paso a analizar el valor en bolsa de D y las técnicas bursátiles que determinan dicho valor, así como el riesgo de quiebra que D pudiera tener, a juicio de los analistas. Es claro que el temor a la ruina influye mucho en las acciones de los empresarios, y también afecta a los trabajadores. Pues bien, los datos bursátiles de D pueden ser tranquilizadores, preocupantes o incluso alarmantes en tales o cuales circunstancias bursátiles. Dichos datos y sus índices resultantes generan miedos diversos. Aunque la empresa opera en un sector de E2, los mayores temores provienen de lo que suceda en los índices bursátiles, los cuales son claros ejemplos de tecnociencias empresariales en el tercer entorno E3.
El tercer entorno genera tecnomiedos diversos, tanto entre los gestores de la empresa y los trabajadores como entre los propios inversores, cuyo modo de actuar suele estar determinado por el imperativo de obtener beneficios en bolsa. Las acciones de D se venderán a diario a un precio determinado. Pues bien, la evolución de dicho precio puede hacer saltar las señales de alarma. En función de cómo evolucionen esas cotizaciones, el riesgo de quiebra puede aumentar, y los temores también. Cabe la hipótesis de que se llegue a un estado de pánico y se suspenda la cotización de D en B. Hay muchas circunstancias posibles, y ellas son las que definen el valor de D, sea D lo que sea. D queda definida por lo que hace y por lo que le sucede en el entorno B, espacio este en el que están involucrados diversos agentes (stakeholders). Sus razones para temer son distintas y sus reacciones también. En todo caso, es claro que los datos bursátiles generan tecnomiedos varios, puesto que las cotizaciones tienen un efecto causal sobre las preocupaciones de los diversos stakeholders.
Obsérvese que la situación económica de la empresa puede no ser preocupante, pero el dato bursátil sí. El entorno financiero tiene sus propias reglas de juego. Hay ruinas cuyo origen son las maniobras especulativas que hacen bajar artificialmente el valor de la empresa D en B, quizá con el objetivo oculto de comprar D una vez que haya bajado el precio de sus acciones. Estas técnicas son habituales al hacer negocios especulativos en E3, vaya como vaya la empresa D en E2 y en E1. Generar pánicos en la bolsa, sea en relación a un valor, a un sector económico o a un país entero (primas de riesgo) es una técnica que se aprende en las escuelas de negocios.
Obsérvese qué lejos estamos de la biosfera, a pesar de que la empresa pesca y comercializa peces. D está ubicada en el sector industrial, sin duda. Pero tanto el personal como la propia marca están sometidas a los tecnomiedos bursátiles, que tienen una fuerte componente tecnocientífica, porque los índices y los procedimientos de compraventa de acciones están completamente informatizados. Son acciones que tienen lugar en el tercer entorno, es decir, tecno-acciones que producen tecnomiedos.
También son importantes las relaciones que D mantiene con otras empresas Di, como sus competidoras, pero también sus posibles fuentes financiadoras; y no olvidemos a los sindicatos de pescadores, los cuales pueden declarar una huelga ante el temor de perder sus puestos de trabajo. Tanto las acciones de D como sus interacciones en B definen «el ser de D», es decir, lo que D sea en tal o cual momento, y si está o no en riesgo de desaparición como empresa. D puede haber afirmado en sus estatutos su misión, su visión y sus valores, los cuales definen aparentemente su esencia como empresa. Pero la clave no está en el ser, sino en el hacer: más concretamente, en lo que los diversos stakeholders hagan con D. Hay una fuerte dependencia relacional de D respecto a los entornos empresariales en los que actúa, sean estos industriales o laborales (E2), o bien financieros y bursátiles (E3). En todo caso, los tecnomiedos tienen efectos y consecuencias en todos esos subsistemas.
Conclusión: D no es un sujeto, sino un sistema complejo con su propia interioridad (dintorno). Su existencia y vida empresarial depende de los entornos y mercados en donde actúa, y de lo que otros hagan a favor o en contra de D. Se trata de un ejemplo de ontología relacional, pero los riesgos provienen de un espacio muy distinto a aquel en el que D actúa primariamente.
6. Tecnoviolencias
A lo largo de la historia, las amenazas y las armas han sido los principales instrumentos para generar miedo en las personas. Pues bien, el tercer entorno ha aportado nuevas formas de (tecno)violencia y de (tecno)guerra, gracias a los sistemas tecnológicos que caracterizan al nuevo espacio social, a los que suelo designar TeDIC (tecnologías electrónicas de datos, información y comunicación). Dejo atrás las siglas tecnologías de la información y la comunicación (TIC), porque esas siglas me parecen obsoletas. El tercer entorno sigue siendo un espacio para la información y la comunicación, sin duda, pero desde comienzos del siglo XXI ha generado una economía de datos, que no solo es informacional y comunicacional, sino ante todo dataísta, por decirlo al modo de Harari. En suma: el tercer entorno actual es, ante todo, un magno espacio de datos digitalizados y almacenados en Big Data Centers.
Por otra parte, el tercer entorno se ha feudalizado, porque está estructurado en torno a diversas Redes telemáticas y «Nubes» digitales (Clouds), que son utilizadas a diario por cientos de millones de personas. En el actual tercer entorno hay grandes tecnofeudos globales (Alphabet —Google—, Amazon, Apple, Baidu, Meta, Microsoft, Nvidia, Open AI, Tencent, Tik Tok, etc.), a cada uno de los cuales les aportan gratuitamente datos sus usuarios. Eso sucede porque todas esas plataformas, aplicaciones y dispositivos están diseñados para distribuir información, pero también para transmitir datos de uso a las empresas proveedoras. Gracias a esta estructura, netamente tecnocientífica, ha surgido en las dos últimas décadas la actual economía de datos, que también funciona bien en China, por cierto, no solo en los EE.UU. de América. Esas pléyades de datos quedan almacenadas y son luego capitalizadas en las presuntas «Nubes». En realidad, estas son grandes centros de datos, que requieren un enorme y creciente consumo de energía eléctrica para funcionar. Además, ocurre que los usuarios de dichas redes y aplicaciones suelen ser fieles a dichas siglas y formatos. Se socializan y se entretienen allí, en E3. Pues bien, gracias a esa activa participación social han surgido las tecnopersonas (Echeverría y Almendros, 2020). Con el término «tecnopersona» aludimos a los sistemas de datos que cada usuario/a genera al utilizar los dispositivos digitales, siempre que haya conexión a algún centro de datos. Los teléfonos móviles, generan datos continuamente. Por eso los califico de tecnoladrones de datos.
Pues bien, en ese espacio tecnológico datificado han surgido nuevos sistemas de ataque, defensa y seguridad, en particular en el sector militar y en el sector financiero, que siempre han sido altamente innovadores. En EE.UU., la innovación en defensa y seguridad es el gran tractor en la cuarta revolución industrial, como suele denominarse al actual tecnofeudalismo. Y en China también. No hay que olvidar que China es el líder mundial en lo que atañe a las tecnologías de identificación biométrica de personas (tecnopersonas clasificadas, por tanto), aunque EE.UU. e Israel no le van a la zaga, como muestran los éxitos en la guerra de Gaza del Lavender, un sistema de inteligencia artificial para la identificación biométrica creado y desarrollado por una empresa que preside Sam Altmann. Dicha empresa, a la que cínicamente se le puso el nombre de Tools for Humanity, está menos publicitada que Open AI y que el Chat GPT, pero para Altmann y sus financiadores resulta mucho más rentable. ¿Por qué? Porque es una aplicación especializada en la destrucción inteligente. Sus algoritmos fueron diseñados para localizar y destruir a distancia de personas, tras haberlas detectado gracias a drones minúsculos o mediante satélites de observación y espionaje a distancia. Durante los primeros meses de la guerra de Gaza, el ejército israelí utilizó casi exclusivamente esos misiles para bombardear la franja. Lavender es un canon de los sistemas TeDIC inteligentes, por eso aporta ejemplo de tecnoviolencia extremada.
Funcionaba y funciona así: una vez detectada una persona sospechosa por la calle, y tras digitalizar y datificar su imagen mediante algoritmos biométricos, el sistema Lavender contrasta esos datos con los de los servicios de inteligencia (israelí, en este caso), y, supuesto que hubiera una correlación alta, la persona «identificada» se convierte en un objetivo directo de la «tecnoarma inteligente». Queda por decidir si liquidar al objetivo ya, matándole con algún misil no menos «inteligente», o si más bien esperar a que dicha persona llegue a su casa por la noche, y liquidarla entonces. En tal caso no solo moriría el presunto terrorista de Hamás, sino también su familia y sus vecinos, a modo de escarmiento. Esta última decisión, por cierto, depende de la programación previa del Lavender, que suele ser programación humana.
Pues bien, esta tecnoguerra «inteligente» fue previa a la invasión del territorio de Gaza con tanques, cañones y soldados. Esta segunda fase aporta un ejemplo de guerra destructiva con armas industriales, y ciertamente da miedo; pero no hemos de olvidar la terrible tecnoviolencia que generan las actuales guerras telemáticas «inteligentes». Dichas tecnoguerras no las libran tanques, barcos ni aviones, sino tecnoarmas cuyo funcionamiento está basado en el procesamiento informático y telemático, así como en el análisis automatizado de masas de datos digitalizados. Esas operaciones solo pueden ser llevadas a cabo por dispositivos tecnocientíficos, esa es la novedad de la tecnoguerra. Tiene lugar en el tercer entorno, no en el segundo, como en el ejemplo anterior ocurría con la bolsa B y la empresa D.
Obvio es decir que la invención de estas nuevas tecno-armas inteligentes ha generado a su vez tecno-guaridas, es decir, habitaciones, cuevas y túneles tecnológicamente protegidos mediante algoritmos de espectro de barrido, por ejemplo. Ahora se les llama muros anti-drones, pero esas tecnociencias ya fueron utilizadas previamente contra otros grupos terroristas, como sucedió con ETA en el País Vasco y en España.
Dicho en términos generales: la violencia, el terrorismo y la guerra se han trasladado al tercer entorno. Mediante dispositivos TeDIC avanzados, se observa, se detecta, se analiza y se interviene destructivamente en cualquiera de los tres entornos. En este caso hay tecno-armas, porque están controladas informática y telemáticamente; incluso pueden requerir grandes bases de datos para operar, como es el caso del Lavender. Se habla mucho de la «Internet de las cosas», pero habría que empezar a indagar la «Internet de las armas y de la tecnoviolencia».
También habría mucho que decir sobre los drones, que aportan otra modalidad de tecno-armas nuevas, sin perjuicio de que haya drones de juguete, del mismo modo que hay pistolas de agua o metralletas de plástico para que los niños jueguen y se vayan educando para la violencia. Entre la multitud de recientes innovaciones tecnobélicas, todas ellas TeDIC, las hay de miedos sociales. Es el caso del ciberacoso entre adolescentes (y entre personas mayores, que también lo hay). Se trata de otra modalidad de tecnoviolencia y tiene efectos devastadores para las víctimas. No voy a entrar en detalles, porque hay mucha literatura al respecto. Me limitaré a afirmar que estamos ante otra forma de tecnomiedo, muy frecuente y muy insidiosa. No se trata de una violencia física, como la que Darwin comentó en la biosfera, ni de una violencia regulada, como la que se practica en las artes marciales, sino de una tecnoviolencia mental, lo cual tiene un alcance mucho más profundo y duradero. El acoso a través de las redes sociales, tan frecuente hoy en día, genera miedos duraderos, que quedan grabados en las mentes de las víctimas, sobre todo si son niños o adolescentes y no tienen medios de tecnodefensa mental.
No voy a analizar ningún ejemplo de tecnoviolencia mental. Quien lea estos párrafos podrá hacerlo sin problema. Me limito a señalar que se trata de una violencia que se ejerce desde el tercer entorno hacia el dintorno cero, y que en ocasiones afecta a las mentes profundamente, no solo a los organismos ni a las personas. A mi juicio, las tecnoviolencias mentales aportan un plus de daño a las violencias naturales y artificiales. Hoy en día, generan profundos y duraderos tecnomiedos individuales.
Pero esos miedos no son colectivos. Como ejemplo mayor de tecnomiedo colectivo propondré uno, para terminar: el derrumbe del tercer entorno, que al fin y al cabo es un tecnoespacio artificial, que no opera sin muchísima energía eléctrica. Cuando se va la luz en una ciudad se producen múltiples problemas, con las consiguientes angustias y víctimas. Pues bien, la caída de las redes telemáticas y de las presuntas «Nubes digitales», algo que puede producirse si colapsan las redes de suministro eléctricos, generaría, hoy por hoy, un Gran Tecnopánico.
Bibliografía, notas y fuentes:
Waal, F. de (1993) La política de los chimpancés, Alianza, Madrid.
Darwin, C. (1902) La expresión de las emociones en el hombre y en los animales, Sempere Ediciones, Valencia.
Echeverría, J. (1999) Los Señores del Aire, Telépolis y el Tercer Entorno, Destino, Barcelona.
—– y Almendros, L. S. (2020) Tecnopersonas. Cómo las tecnologías nos cambian, Trea, Gijón.
Harari, Y. N. (2016) Homo Deus. Breve historia del mañana, Debate, Barcelona.

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