Raúl Casamadrid
Profesor. Universidad Pedagógica Nacional (México)

Imagen: Sara Ramone
El concepto woke ha evolucionado, desde su origen en las comunidades afroamericanas hasta el día de hoy, cuando su uso se ha extendido a nivel global. En cuanto a su significado, este ha variado con el paso del tiempo. Traducido al castellano, «woke» quiere decir «despertado», y se utilizaba para referirse a quienes luchaban en contra del racismo y la segregación. Luego, abarcó el sentido de un estado de conciencia crítica, respecto de desigualdad social, y se relacionó con temas de inclusión, migración, discapacidad, religión, hasta evolucionar para referirse a la perspectiva de género, la orientación sexual, políticas identitarias y cuestiones relativas al feminismo, el aborto y la legalización de las drogas.
Recientemente, la expresión woke se ha resignificado y, de aparecer vinculada a la conciencia sobre los movimientos políticos progresistas y la discriminación racial y social, hoy adopta distintos matices, incluso, derivando hacia un sentido peyorativo. Si «woke», al principio, era sinónimo de «estar despierto y ser progresista»; hoy podría traducirse, de cierta forma despectiva, como «progre» o «chairo». El wokeísmo viró hacia el esnobismo cultural que encuentra mal dicha la palabra «lisiado», y que pasa del término «discapacitado» al de «con capacidades diferentes»; su visión abarca cambios semánticos que no van más allá de la superficie.
Así lo señalan los investigadores Helen Pluckrose y James Lindsay en la contraportada de su libro: Teorías cínicas: cómo la erudición activista hizo que todo girase en torno a la raza, el género y la identidad, y porqué esto perjudica a todos:
¿Has oído que el lenguaje es violento y que la ciencia es sexista? ¿Has leído que algunas personas no deberían practicar yoga ni cocinar comida china? ¿Te han dicho que ser obeso es saludable, que el sexo no es biológico y que solo los blancos pueden ser racistas? ¿Estás confundido y te preguntas cómo han logrado introducir estas ideas y desafiar la lógica? (Pluckrose y Lindsay, 2020, p. 353).
La proliferación desenfrenada de estas creencias presenta una amenaza no solo para la democracia liberal sino también para la propia modernidad, pues rodeados de cierta aura de superioridad moral, los wokístas atemorizan a quienes piensan distinto, al tiempo que restringen la libertad de expresión al promover la cultura fake, la posverdad, las ocurrencias disparatadas y el fanatismo a ultranza; mientras alimentan la autocensura.
La autocensura en el entorno académico
En el terreno de la investigación académica, vale la pena preguntarse: ¿de qué manera las dinámicas de poder dentro de las instituciones educativas pueden, de forma sutil o explícita, influir en la libertad de expresión de los investigadores; y, qué estrategias podrían implementarse para mitigar este riesgo?
Evidentemente, los entornos académicos, cada vez más competitivos y cerrados, pueden generar autocensura por el miedo a la crítica severa, a no obtener financiamiento, a la represalia de jerarquías o a no encajar en paradigmas dominantes para la publicación de las propias investigaciones. Para mitigar esto, es crucial fomentar una cultura institucional que valore la disidencia informada y el debate constructivo, que proteja la libertad académica y establezca mecanismos claros y seguros para reportar presiones indebidas. Un liderazgo que modele la apertura y la crítica sana es fundamental.
Las represalias, o lo que hoy conocemos como cancelación cultural, se enmarca en la expresión de una cultura excluyente y un tanto enfermiza; ya no es necesario enviar un piquete de jenízaros a las puertas de casa; la incertidumbre de caer en el molde donde priva la cultura de la cancelación (cancel culture), como consecuencia de la libre expresión, genera un miedo paralizante… Uno se pregunta: ¿qué podría suceder si hablo o escribo sobre este o aquel tema?; ¿seré criticado, aislado, excluido, despedido, cancelado? Los límites entre lo que se puede o no se puede decir no son claros; la cultura de la cancelación exacerba la autocensura —muchas veces— a través de las redes sociales y la digitalización manejada nocivamente por grupos, empresas, instituciones o por el propio gobierno. Para cancelar a una persona solo basta con señalarla: «este dijo», «ese fue»; «miren estas fotos, vean lo que escribió».
La mayoría de las veces, ante un ataque de este jaez, ni siquiera es necesario apuntar actitudes ciertas o verídicas: basta con acusar, y el dedo flamígero llevará una condena imposible de evadir; y permanente, en la medida en que, para las redes digitales, nada desaparece por completo, todo permanece anclado en la nube: esa especie de limbo informático. La autocensura es un fenómeno complejo que, si bien surge de una decisión individual, suele estar motivada por presiones externas que limitan la libertad de expresión. En el contexto del periodismo, el arte y la comunicación en general, la autocensura puede ser entendida como una forma de violencia simbólica, ya que coacciona al ejercicio informativo sin necesidad de una censura directa. Se trata de una censura íntima, corrosiva y devastadora: el castigo y la penitencia que uno mismo se impone por el simple hecho de pensar.
«Censurar» es un verbo transitivo que significa «Formar juicio de una obra u otra cosa»; y, también, «Corregir o reprobar algo o a alguien». En un sentido más amplio, se considera censura a la supresión de material de comunicación que puede ser señalado como ofensivo, dañino, inconveniente o innecesario para el gobierno, la sociedad o para los medios de comunicación, según lo determinado por el censor (aquella persona o entidad a quien se encomienda la función de ejercitar una censura previa). La censura es la intervención que practica el censor en el contenido de un escrito o de una obra atendiendo a razones ideológicas, morales o políticas.
La autocensura, por su parte, es el acto de censurar nuestro pensamiento y nuestras propias obras (escritas, plásticas, digitales, musicales, etcétera); subyace en ella siempre el miedo a la represalia y el temor de que el herir susceptibilidades traiga como consecuencia presiones abiertas o subterráneas de personas, instituciones o de la autoridad en turno. La autocensura es practicada por escritores, periodistas, reporteros, productores fílmicos, directores cinematográficos, músicos, editores, presentadores de noticias y, en general, por cualquier creador o comunicador en medios impresos o digitales. Emitir reportajes controvertidos, tocar —o no— ciertos temas tabú, alinearse del lado opositor o a favor de un estilo determinado de gobierno son causas y efectos producto de la autocensura.
La autocensura también la ejerce toda persona, contra sí misma, en la confortabilidad de la casa, en el trabajo, en la academia y hasta en la calle. Decía Aristóteles que el zoon politikon constituye el horizonte en el que se despliega teleológicamente lo auténticamente humano y el vivir bien propio de la polis (Firenze, 2020, p. 193); por que mora en nosotros la pulsión de constituirnos como seres sociales, los humanos tenemos latente la necesidad de expresarse socialmente, pero también el temor a ser marginados, excluidos o estigmatizados por nuestras posturas. A veces, una persona puede ser objeto de un rumor surgido en cualquier sitio; pero en otras ocasiones —dependiendo de lo mediático del caso— alguien puede ser sujeto de campañas despiadadas, ejercidas desde oscuras oficinas donde campean bots y trolls profesionales. El miedo a esta soledad, a quedar arrinconado, a las críticas ácidas y malintencionadas, resulta un poderoso catalizador para callar la voz propia y alinearse con la narrativa dominante. La autocensura es violenta y feroz.
El silencio, la violencia y la incomunicación
La autocensura se erige como un muro donde se estrella el pensamiento: ahí, la ausencia de voz, el vacío de contenido y la falta de palabras expresas producen un estruendoso silencio; la carencia de expresiones o su escasez de sentido definen, en última instancia, a la autocensura. Esta es, además, violenta, porque reprime al espíritu humano desde adentro; no se trata de una prohibición o una coacción impuesta desde el exterior; propiamente ninguna persona, grupo o institución nos impide hablar: es una autorrestricción y, por ello, adopta el sentido de un acto de omisión peligroso, que empieza por reprimir nuestra voz y termina por anular nuestros pensamientos.
La comunicación intersubjetiva es el espacio de encuentro donde los individuos trascienden sus perspectivas para construir un entendimiento compartido del mundo. Este proceso dinámico se nutre de la expresión abierta, de la escucha activa y de la voluntad por expresar significados de manera honesta y transparente. Sin embargo, la realidad comunicativa a menudo se ve permeada por fuerzas restrictivas que limitan este flujo ideal. Entre ellas, la autocensura emerge como un fenómeno insidioso que, desde las profundidades de la psique individual hasta las presiones del entorno social, obstaculiza el entendimiento.
La autocensura es la inhibición voluntaria de expresar pensamientos, opiniones o sentimientos, por temor a las consecuencias; se presenta como una una parte negativa al retraer la autenticidad de la expresión. La autocensura crea un vacío que distorsiona la claridad del mensaje y erosionan la construcción de significados compartidos; no solo es un acto individual de restricción expresiva, sino es una barrera que impide la construcción de relaciones interpersonales, inhibe la formación de identidades colectivas e impacta negativamente en la dinámica de los discursos sociales.
En cuanto a la interacción, la autocensura afecta la acción recíproca de al menos dos individuos que se influyen mutuamente a través de sus mensajes y comportamientos; al impedir el compartir significados, la autocensura disminuye la calidad de la comunicación entre quienes ya no son capaces de retroalimentarse ni de adaptar la interpretación de sus mensajes; deteriora la comprensión mutua al hacer incomprensibles los mensajes, las intenciones y las perspectivas del interlocutor en turno. La autocensura difumina y borra el contexto comunicativo; desajusta la interpretación de los significados y trastorna con vacíos de contenido la interacción comunicativa.
La autocensura representa una limitación en el flujo de la comunicación intersubjetiva, la cual, para desarrollarse, requiere de una expresión abierta y honesta entre los participantes, sin restricciones internas o externas. Inhibe la comunicación al ocultar significados y retener opiniones o sentimientos que pueden ser relevantes para la construcción de un significado compartido; por otro lado, quien se autocensura, distorsiona la intención original de sus mensajes, pues al ocultar información conduce a su receptor hacia ideas erróneas que comprometen su comprensión; finalmente, hay que apuntar que la autocensura provoca una retroalimentación poco genuina e incompleta, por lo que afecta, irremediablemente, la capacidad de construir entendimiento.
El lenguaje del silencio: la cancelación
La autocensura no es ausencia de comunicación, sino una forma de comunicación en sí misma. Transmite un mensaje de sumisión, de conformidad y, en muchos casos, el reconocimiento implícito de la intimidación y el ocultamiento. El silencio se convierte en una estrategia de supervivencia, previniendo la presencia de un entorno crítico que pueda causar daño, ya sea a una persona, a un grupo, a una institución, etcétera. Optar por el silencio denota el miedo a: convertirse en víctima de críticas (fundadas o no); a caer en supuestas traiciones y lealtades mal entendidas y, finalmente, a ver lacerada la propia reputación. La autocensura generaliza un paisaje de pensamiento uniforme, sin bordes ásperos y calla a toda voz disidente; el silencio invisibiliza los pensamientos novedosos y genera la ilusión de consenso, dando por aceptada una situación prevaleciente en el contexto político, social, laboral, familiar o de cualquier otra índole.
Y es que la autocensura no siempre es, necesariamente, una decisión individual, pues son las estructuras de poder quienes condicionan la producción de la información y limitan el acceso de los particulares y de la sociedad hacia una comunicación libre y crítica. Para la politóloga alemana Elizabeth Noelle-Neumann las personas prefieren, por miedo, reprimir y ocultar sus opiniones cuando perciben que estas ideas van en contra del discurso dominante (Noelle-Neumann, 1993). Este temor al aislamiento social produce lo que ella llama una «espiral del silencio», que se genera para evitar el rechazo, la marginación y, finalmente, el ostracismo social.
A mediados de la primera década del siglo XXI comenzó a utilizarse el término «cancelar» con una connotación que implica el rechazo o la exclusión de personas o grupos que han expresado algo considerado como ofensivo, ajeno a ciertas normas de conducta o socialmente inaceptable. Su desarrollo coincide con el auge de las redes sociales e implica silenciar al emisor del contenido, mediante su invisibilización y la condena pública a sus opiniones o razonamientos. Involucra al aislamiento social y la condena a priori a quien la voz populi señala como agresor. Es un juego de victimización donde se mancha la reputación y la honorabilidad del imputado, al tiempo en que se le hace presa del ostracismo. En sus picos en línea, la cancelación puede inducir actos de odio o violencia extrema, pasando de las palabras a los hechos y perjudicando con linchamientos mediáticos que muchas veces se descontrolan. El temor a verse exhibidos en esta especie de ejecuciones virtuales sumarias ha orillado a individuos (a veces jóvenes o adolescentes) hacia la depresión e, incluso, al suicidio.
Este fenómeno cultural está ligado a la digitalización de los medios y al apremio de las redes sociales en la comunidad global; se constituye como una especie de bullying electrónico, donde el statu quo prevalece con una enorme capacidad de penetración. El neologismo cancel culture, conocido en español como la cultura de la cancelación, consiste en señalar, boicotear, rechazar, excluir y condenar a los individuos y grupos cuyas expresiones se han vuelto ofensivas a los ojos de una cierta comunidad que las rechaza enfáticamente. Su origen, mucha veces ligado a las redes sociales, hace que su difusión de viralice rápidamente.
Nos dicen Terán y Fernández, en su artículo «La Inquisición y la censura de libros en la Nueva España del siglo XVIII», que esta institución jugó un papel infructuoso en su intento por detener la difusión y circulación de ideas heterodoxas, incluso redactando una lista de libros prohibidos y calificados como textos satíricos durante el virreinato de la Nueva España (Terán y Fernández, 2017); pero hoy es, junto con la autocensura, la cancel culture quien involucra restricciones a la libertad de expresión; la diferencia fundamental radica en el origen del control: la autocensura proviene de una presión estructural impuesta por entidades de poder (el Estado, las corporaciones, los grupos de interés), mientras que la cultura de la cancelación es un fenómeno horizontal, impulsado, principalmente, por la reacción del público y las comunidades en línea.
La autocensura coarta nuestra capacidad de expresión, e inhibe la claridad del pensamiento gracias a un impulso que fortalece a la cultura de la cancelación desde las plataformas digitales; y no solo responde al miedo a las acciones punitivas o represalias orquestadas por el poder en turno, sino también (y, principalmente) a dinámicas de control mediadas por algoritmos de empresas e instituciones públicas o privadas pues, si bien la autocensura suele considerarse una decisión individual, en realidad está intervenida por factores estructurales que generan un entorno de inhibición discursiva, afectando la pluralidad informativa y a la transparencia en las sociedades contemporáneas: la autocensura opera como una forma de violencia simbólica y estructural. En los medios, por ejemplo, la autocensura «es un proceso psicológico y social que surge de la internalización de normas represivas, lo que lleva a los periodistas a evitar ciertos temas o encuadres sin necesidad de una prohibición explícita», nos dicen Schimpfössl y Yablokov en su artículo «Autocensura postsocialista» (2020, 7). Antes de la era digital y hasta la llegada de las redes sociales, la audiencia carecía de medios para manifestar su posicionamiento frente a emisiones recibidas, ya fueran cuestiones políticas, sociales, económicas, laborales o artísticas; el espectador era un mero receptor de noticias sin posibilidades de respuesta o de ejercer feedback; hoy, con el auge digital, la cancelación como expresión de la tribu está de moda.
Bibliografía, notas y fuentes:
Firenze, A. (2020) El zoon politikon y las aporías de la virtud en la Política de Aristóteles, Bajo Palabra. Revista de Filosofía, 24, 177-196. Universidad Autónoma Metropolitana, México.
Noelle-Neumann, E. (1993) The Spiral of Silence: Public Opinion-Our Social Skin, University of Chicago Press, Chicago.
Pluckrose, H. y Lindsay, J. (2020) Cynical Theories: How Activist Scholarship Made Everything about Race, Gender, and Identity —and Why This Harms Everybody, Pitchstone Publishing, Durham, 352.
Schimpfössl, E. y Yablokov, I. (2020) Post-socialist self-censorship: Russia, Hungary and Latvia, European Journal of Communication, 35(1), 29-45.
Terán Elizondo, M. I. y Fernández Galán Montemayor, M. C. (2017) La Inquisición y la censura de libros en la Nueva España del siglo XVIII, Revista Mexicana De Historia Del Derecho, 36 (julio-diciembre), 181-216.

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