Armand Puig
Doctor. Ciencias Bíblicas

Imagen: Fundación Antonio Gaudí
El 15 de marzo del año 1878 Antoni Gaudí i Cornet (Reus, 25 de junio de 1852 – Barcelona, 10 de junio de 1926) recibió el título de arquitecto por la Escuela Superior de Arquitectura de Barcelona. En el título, expedido en Madrid, constan los resultados académicos del nuevo arquitecto. Sus estudios habían durado diez años, a partir de 1868, año en el que dejó Reus y se instaló con su familia en Barcelona. De estos, cinco años los dedicó a la carrera de arquitectura (1873-1878) y el resto estuvo realizando cursos previos en el Instituto de Segunda Enseñanza y en la Universidad de Barcelona (matemáticas y geometría, sobre todo). Gaudí no fue un alumno particularmente brillante durante su carrera de arquitecto: 18 aprobados (algunos en convocatoria extraordinaria), 3 notables y 1 sobresaliente (en la asignatura «Proyectos», donde presentó como proyecto una puerta de cementerio inspirada conceptualmente en el libro bíblico del Apocalipsis) (1875). Realizó dos reválidas (el 22 de octubre de 1877 y el 4 de enero de 1878), y al terminarlas el arquitecto Elies Rogent, autor del edificio histórico de la Universidad de Barcelona, director de la Escuela Superior de Arquitectura y presidente del tribunal, pronunció una frase a modo de profecía: «Hoy damos el título a un loco o a un genio». Fue lo segundo.
Una síntesis creativa
Gaudí siguió, de forma libre, cursos de filosofía y pensamiento en la Universidad de Barcelona, y se dedicó de forma voraz a leer y a impregnarse de todo lo que tenía relación con la arquitectura y con los edificios más emblemáticos, civiles y religiosos, de las arquitecturas mundiales, desde los egipcios al gótico pasando por la Grecia y la Roma clásicas, el arte bizantino y el románico, sin dejar de lado el barroco, e integrando el teórico Gaspard Monge, el geómetra francés de las superficies onduladas o «enguerxides». Mucho menos se vio interpelado por el neoclásico y el rococó. De hecho, a diferencia de muchos de sus coetáneos, la ornamentación, es decir, los elementos sobreañadidos, destinados a «embellecer» las construcciones, tanto los interiores como los exteriores, le resultan a Gaudí profundamente innecesarios.
Gaudí plantea lo que él llama una «nova arquitectura», que es una síntesis de los elementos más conspicuos de las aportaciones arquitectónicas. «Sintético», pero, no significa «sincrético». Gaudí no amalgama, como Elies Rogent, estilos arquitectónicos sino que recrea, reelabora algo superior que es realmente nuevo, fruto de la sedimentación creativa de lo recibido. Basta tener presente que Gaudí es el hombre de la experimentación con materiales, modelados y remodelados (madera, hierro, vidrio y sobre todo bronce como hijo y nieto de caldereros que era). Un ejemplo son los vitrales de la catedral de Mallorca con la superposición de capas de vidrios de colores para conseguir efectos cromáticos inéditos. Otro ejemplo es su posición con relación al gótico y al neogótico, el estilo más en boga del momento. Gaudí ha trabajado con Joan Martorell y Francesc de P. del Villar, en Montserrat y Barcelona, y ha tenido como profesor a Elies Rogent, y por lo tanto conoce los postulados de Violet-le-Duc, el teórico del neogótico, autor de la reforma de la catedral de Notre Dame de París. Los conoce y empieza aplicándolos hasta que va evolucionando hacia algo propio: una reformulación del gótico.
En el Petit Palais, en París, Eusebi Güell, mecenas de Gaudí, le organiza una exposición con materiales procedentes del Palau Güell y de la Sagrada Familia. Estamos en 1910. Gaudí declina viajar a París y envía allá uno de sus colaboradores, al cual da instrucciones precisas. Este, Jeroni Martorell, pregunta a Gaudí qué debe responder cuando le pregunten qué clase de arquitectura hacen en Barcelona. Gaudí le responde que debe limitarse a decir que «estamos mejorando el gótico» («fem un millorament del gòtic»). Obviamente, es una respuesta atrevida, casi vanidosa, que implica superar quinientos años del arte europeo par excellence. Sin embargo, Gaudí no duda. Está convencido de que la Sagrada Familia no es una repetición, una reiteración del gótico, sino un exponente de algo nuevo, que supera lo antiguo.
Gaudí no es un modernista, es un moderno. Se inspira en la naturaleza, que para él es obra de Dios, y de ahí su deseo de recrear lo que Dios ha creado. Se siente atraído por las fuerzas telúricas, entraña de la naturaleza, y por las cimas y las nieves eternas, le fascinan los animales y las plantas más exiguos de la naturaleza, y cuando desea representar a los seres humanos, culmen de todo lo creado, hace moldes de yeso para que su obra sea exactamente la obra del creador plasmada en todas sus criaturas. Su hiperrealismo, plasmado en la fachada de la Natividad de la Sagrada Familia, tiene que ver con la fidelidad a la naturaleza, su «maestra», como él la llama. Gaudí se inspira también en la revelación divina, la Biblia, y en la liturgia de la Iglesia, las cuales, con la naturaleza, son las tres fuentes de su arte. Gaudí no es solo un arquitecto, es un artesano que trabaja el bronce y el latón, para dar forma a los múltiples objetos litúrgicos y que se fía de artistas como el escultor Carles Mani o el pintor Aleix Clapés. Gaudi escoge a los mejores, tanto artistas como artesanos, entre los que destaca Josep M.ª Jujol, y con ellos crea su propio universo.
Arquitectura y símbolo
Desde el punto de vista estético, la arquitectura y el estilo de diseño de Gaudí se encuentra en las antípodas de Le Corbusier y de la Bauhaus. Lo demuestra el pabellón alemán de Mies van der Rohe para la Exposición Universal de Barcelona de 1929. Sin embargo, a pesar de la distancia conceptual entre la arquitectura representada por los segundos y las opciones propias de Antoni Gaudí, los representantes de la arquitectura funcional supieron apreciar las obras y el arte del autor de la Pedrera. Gaudí compartía con la arquitectura emergente en las primeras décadas del siglo XX la importancia de la funcionalidad. Decía que en las construcciones diseñadas por él, las personas estarían a gusto y que quedaban garantizadas las condiciones de vida (luz, salubridad, higiene, comodidad). Además, para Gaudí la arquitectura y el diseño de interiores en los edificios de tipo no religioso tenían que poseer una variedad estética, a la cual se añadían referencias simbólicas constantes.
Tomemos, como ejemplo, las dos casas gaudinianas del Passeig de Gràcia de Barcelona, ambas edificadas en la primera década del siglo XX: la casa Batlló y la Pedrera o casa Milà. Estos dos edificios no parecen ser del mismo autor. Solo se parecen, eso sí, en la integración de la fachada con la opción conceptual escogida. Es decir, las respectivas fachadas no son dos superficies a las que se hayan «enganchado» algunos elementos de tipo decorativo u ornamental, sino que representan los colores y texturas del mar (casa Batlló) y de la tierra (la Pedrera). El color azul y los elementos marinos, como los balcones con grandes peces inquietantes, domina en la casa Batlló, mientras que el ocre de la tierra y de las piedras con unas superficies onduladas, da a la Pedrera una imagen de gran cantera —el pueblo, sabio, «bautizó» la casa Milà como «la Pedrera», es decir, «la Cantera», en castellano.
Ambos edificios dialogan entre sí a nivel de opción estética, pero también a nivel de la simbología. En efecto, el tema del triunfo del bien sobre el mal aúna a las dos fachadas, bajo el prisma de dos personajes centrales en el cristianismo: Jesucristo (casa Batlló) y la Virgen María (la Pedrera). La casa Batlló culmina con una elegante cruz de cuatro brazos que se yergue poderosa ante un enorme dragón extendido a sus pies, de color rojizo, que ejerce de tejado del edificio. El dragón es un monstruo marino, asimilable a Leviatán (véase Isaías 27,1), que está acompañado de los peces inquietantes y jadeantes que son los balcones. El dragón tiene decenas de pies y una crinera en lo más alto, con su cola aplastada bajo la cruz y, en la parte opuesta, un ojo vaciado —un gran agujero. La cruz vence a Satanás, el bien se impone al mal. Y a quien deba enfrentarse a este mal y vencerle, le basta mirar a la torre que sustenta la cruz e invocar a Jesús, María y José, cuyos anagramas están inscritos en ella como memento para el viandante.
Por su parte, la Pedrera debería haber contado con un grupo escultórico de 4 m de alto, con la Virgen María y el Niño en brazos, acompañada de los arcángeles Miguel y Gabriel, pisando la serpiente enroscada en una bola del mundo. Este grupo plástico, obra de Carles Mani, tendría que estar colocado en el centro del edificio, bajo la cornisa, bajo la letra M, alusiva al Ave María («Ave gratia M(aria) gratia plena Dominus tecum»). La maqueta en arcilla ya estaba hecha, pero los dueños, los Milà, impidieron que Gaudí lo colocara y no se pudo fundir en bronce dorado. Así, un edificio de pisos, que estaba concebido como un gran retablo dedicado a la Virgen María, con los balcones como maceteros de flores, no llegó a finalizarse y la maqueta se perdió. En cualquier caso, la imagen de la victoria del bien sobre el mal, representado por la serpiente diabólica (véase Apocalipsis 12,7-9), irrumpe una vez más en un edificio no religioso, en el que Gaudí introduce la simbología cristiana.
El símbolo, inspirado en la naturaleza (mar – tierra) o en la simbología cristiana (Jesucristo – Virgen María), forma parte del universo de Gaudí. Lo hemos comprobado en las dos casas más emblemáticas del arquitecto. En Gaudí no se sabe dónde empieza el símbolo y dónde termina la arquitectura. En su obra se produce una fusión de horizontes que la convierten en algo realmente único y a la vez extremadamente atractivo. El símbolo fecunda la arquitectura con la potencia de un significado que proviene de la revelación cristiana y de la naturaleza, la maestra de Gaudí. A su vez, la arquitectura se convierte en expresión visible de realidades invisibles o intangibles, históricas o inmateriales, que pasan a ser parte de un conjunto en el que todo está relacionado. Gaudí se propone traducir en piedra, en plástica, realidades espirituales aglutinadas alrededor del misterio cristiano, sobre todo en la Sagrada Familia.
Solo la conjunción entre arquitectura y símbolo, ambos de potencia inigualable, podía dar lugar a un resultado como el que Gaudí consigue. La belleza, que surge de la luz y la proporción, de la armonía y la comprensión del espacio, realizada con una creatividad sin límites, es la meta de Gaudí. La belleza es irresistible. Por esta razón, las obras de Gaudí se han convertido en un fenómeno mundial, difícil de gestionar por la cantidad de gente que las visita, pero que atraen a todo tipo de culturas y tradiciones, incluso religiones. En particular, la Sagrada Familia, expresión inaudita del Dios cristiano, Padre, Hijo y Espíritu Santo, ha pasado a ser patrimonio común. Es un mundo global que busca sentido y verdad a través de la belleza.
Gaudí y su recorrido vital
Gaudí nació y vivió hasta los dieciséis años en la segunda ciudad industrial de Cataluña después de Barcelona, ciudad a la que se trasladó con su familia y en la que estudió y realizó la mayor parte de sus obras. La Reus de mediados del siglo XIX engendra un general y político, Joan Prim, que llegó a ser Presidente del Consejo de Ministros del Gobierno de España, un pintor, Marià Fortuny, artista virtuoso, y un arquitecto, Antoni Gaudí, genio de la arquitectura y declarado venerable por la Iglesia católica. Hasta aquí nos hemos ocupado de la arquitectura de Gaudí. Es preciso presentar la dimensión completa del personaje, también su recorrido espiritual.
Los santos no se improvisan, se construyen poco a poco. Los santos son imperfectos, a pesar de vivir dentro de sí algo permanente, una presencia transcendente que está sometida a vaivenes y contratiempos. Gaudí no es excepción. En su infancia y juventud no manifiesta una adherencia singular a las cosas de Dios. Es una persona como las demás, que sigue las prácticas religiosas del catolicismo, si bien nace en él un afecto por la Virgen de Misericordia, patrona de la ciudad de Reus, que no abandonará nunca. Es más bien tímido y rehúsa actuar en el Juan Tenorio que preparan sus amigos adolescentes, capitaneados por Eduard Toda, en una buhardilla de Reus. Gaudí prefiere la observación de la naturaleza en todas sus facetas (luz, flora, fauna, minerales), como cuando, a los ocho o nueve años, pregunta a su maestro la razón por la cual las gallinas no vuelan si tienen alas. O cuando se percata de las colas de obreros que llenan las naves de los vapores industriales de su ciudad natal, obligados a un trabajo duro y mal pagado. Gaudí llevará en su mente los problemas sociales de su tiempo, y colaborará con el proyecto de la Cooperativa Obrera Mataronense, de inspiración socialista, y posteriormente con el catolicismo social del papa León XIII, trabajando en la colonia Güell y construyendo las Escuelas de la Sagrada Familia después de la Semana Trágica de 1909. Su lema es: contra revolución, educación y bienestar.
Esto no significa que Gaudí no trabajara para un mecenas adinerado como era Eusebi Güell, un patricio de la burguesía catalana, con quien compartía ideas políticas (ambos eran de la Lliga, el partido de la derecha catalanista de Cambó y Prat de la Riba) y sociales (el catolicismo social del papa León XIII). Gaudí, además, no era un arquitecto barato, porque su búsqueda de la excelencia repercutía obviamente en los costes de sus obras. Sin embargo, no construye con lujos ni es ambicioso: en 1906, ante la falta de recursos para la construcción de la Sagrada Familia, decide renunciar a su salario como arquitecto, y en 1914, por la misma razón, recorre los domicilios de las personas ricas de Barcelona para mendigar donativos para la basílica.
Con relación a los trabajadores de sus obras, Gaudí era franco y directo, aunque, como él mismo reconoció, tuvo siempre problemas para dominar su mal genio, llevado por su deseo de que las cosas se hicieran del mejor modo posible —Gaudí buscó en todo momento la perfección. Por otra parte, era afable con la gente del pueblo pero inflexible con los aduladores y con los sabelotodo. Amigo de sus amigos, no dudó en atender con delicadeza y virtud personal a dos colaboradores, a quienes abrió la puerta de su casa en el Park Güell cuando estaban afectados por graves enfermedades: al modelista Llorenç Matamala, con un tumor maligno en la nariz, y al escultor Carles Mani, enfermo de lepra.
Gaudí, hombre más bien introvertido, se desencadenaba cuando explicaba la Sagrada Familia. Entonces, con un entusiasmo que comunicaba a los que escuchaban, describía lo que eran (serían) las procesiones litúrgicas, los cánticos de centenares de cantores y los cuatro órganos que resonaban (resonarían) en las naves de la basílica, las campanas de tres tipos, tubulares y de voleo, que llenan (llenarían) la ciudad de Barcelona, el perfume del incienso y la majestad de la liturgia de la Iglesia que elevan (elevarían) una alabanza a Dios. Así sucedió en 1921 cuando el teólogo y organista Albert Schweitzer, acompañado de Lluís Millet, director del Orfeó Català, visitó la Sagrada Familia y Gaudí le expuso lo que sería la basílica ante los ojos atónitos de un Schweitzer que solo veían un gran solar lleno de piedras a medio desbastar y la fachada de la Natividad a medio construir. Gaudí era un hombre de visión, de ojos claros y profundos, que poseía el don de la mirada que comprende la realidad y la identifica más allá de lo que ahora aparece como visible. La Sagrada Familia existía dentro de él antes de ser construida fuera de él, y por esta razón la explicaba como algo ya existente. Su sueño provenía del don y conducía a una explosión de belleza.
En el recorrido vital de Antoni Gaudí, hay un momento a la vez de crisis y de gracia: la Cuaresma de 1894. La sensibilidad de Gaudí no pudo soportar la muerte de varias personas próximas a él, sobre todo la del obispo Grau, de Astorga, y la de Bocabella, el impulsor de la Sagrada Familia, ni las dificultades económicas e institucionales que afectaron a las obras de la basílica y al proyecto de las Misiones Católicas de Tánger, ni la violencia urbana que sacudió a Barcelona (la bomba del Liceu estalla en noviembre de 1893), ni la desilusión provocada por el rechazo que en 1889 había recibido de Pepeta Moreu, de quien estaba enamorado, ni el ritmo de trabajo que él mismo se autoimpuso, ni las preguntas interiores de alguien que se estaba plateando un cambio de paradigma existencial. La descripción que ofrece Ricard Opisso del estado lastimoso de Gaudí, tendido en la cama, vestido y con sus brillantes zapatos puestos, practicando un ayuno casi absoluto, con los ojos entornados, muestra una persona que se encuentra en la encrucijada y debe efectuar un salto hacia adelante: iniciar una vida «des-mundizada», concentrada en lo espiritual y en lo esencial, y focalizarla en lo que es su misión en esta tierra: construir la Sagrada Familia. Son las palabras del futuro obispo de Vic, Josep Torras i Bages, el hombre providencial cuya autoridad moral sacará a Gaudí de la postración y lo encaminará al futuro.
El trayecto vital de Gaudí continuará hasta 1926. Y, siguiendo el parecer de la Iglesia que ha hablado por boca del Papa Francisco (14 de abril de 2025), su camino es el de un «venerable», es decir, alguien que ha practicado las virtudes en grado ejemplar y modélico. Gaudí sigue un camino de santidad. Y me atrevería a decir que este camino incluye elementos místicos. Sobre todo a partir de 1914, después de la enfermedad de las fiebres de Malta que le llevó a las puertas de la muerte (1911), cuando decidió concentrarse solamente en la Sagrada Familia, Gaudí colocó en el centro de su vida su experiencia de Dios. El arte se convierte cada vez más en la expresión de su fe, vivida intensamente, en el marco de la oración y del contacto con la Escritura y la liturgia. En efecto, existe un vínculo innegable entre el lugar exclusivo que ocupa la Sagrada Familia desde 1914 y el anhelo espiritual que lo embarga, propio de un místico.
Hablar del Gaudí místico significa ver en él a un buscador, alguien que se afana por encontrar el Absoluto. No hay en Gaudí fenómenos extraordinarios (visiones, raptos) de los que a veces se atribuyen a personas con experiencias de tipo «místico». La santidad de Gaudí pasa por la más absoluta normalidad, y se expresa discretamente, con formas austeras de vida, en la caridad hacia los demás, ante todo en la oración. Sin embargo, hay cuatro elementos que confluyen y fundan la calificación de Gaudí como místico.
En primer lugar, la providencia. Gaudí está convencido de que existe una providencia «que vela por nosotros» y que en la Sagrada Familia todo es providencial, todo dimana de la voluntad divina, empezando por el hecho de que en 1883, solo a los treinta y un años, se le encargó la dirección arquitectónica de aquel edificio singular. En segundo lugar, la ascensión o elevación. En la Sagrada Familia prima la verticalidad. En un edificio cuyos interiores miden 90 × 60 × 75 (en su punto más alto), se proyectan dieciocho torres (!), la más alta de las cuales llega a los 172,5 m (23 × 7,5), añadiendo la cripta 180 m, por encima de todas las iglesias del mundo. Gaudí busca la ascensión espiritual y este propósito se traduce en un edificio que es la nueva Jerusalén, asamblea de ciudadanos presididos por Dios y por Jesús, el Cordero místico. En tercer lugar, el sacrificio. Gaudí aúna la consciencia de fragilidad del ser humano y la opción tenaz y sacrificada por el trabajo como tarea insoslayable de la persona. En cuarto lugar, Gaudí concibe la vida como una ascensión hacia la gloria, es decir, hacia la amistad con Dios, la felicidad sin fisuras, el canto eterno: «En el cielo todos seremos orfeonistas», es decir, cantores, escribió.
Gaudí vivió una vida no siempre fácil. Proyectos y anhelos de su itinerario vital quedaron a medias. Como muestra, la Sagrada Familia, de la que pudo ver terminada una sola torre. En cambio, la construcción que no quedó a medias fue su propia persona, su arte inigualable, su humanidad sólida y una espiritualidad que creció sin detenerse. Cuando sufrió el accidente que lo llevaría a la muerte, no llevaba encima documentación ninguna. Solo un libro de comentarios al Evangelio de Jesús. Le tomaron por un mendigo, porque su traje negro estaba raído por el uso. Murió como los humildes, en una cama del hospital público de Barcelona. Su sepelio fue multitudinario. El pueblo supo, y sabe, comprender la talla de un hombre genial, arquitecto de los hombres y de Dios.
Bibliografía, notas y fuentes:
Puig, A. (2011) La Sagrada Familia según Gaudí. Comprender un símbolo, El Aleph, Barcelona.
—– (2013) Arquitectura i símbol de la Sagrada Família, Pòrtic, Barcelona. Libro escrito conjuntamente con Jordi Bonet i Armengol.
—– (2024) Antoni Gaudí, vida y obra, Arpa, Barcelona.
—– (2026) Estudios teológicos sobre la basílica de la Sagrada Familia. Libro en preparación.

Debe estar conectado para enviar un comentario.