Voz cuántica para la alegoría poética[0]
Candelas Gala
Profesora. Universidad Wake Forest (EE.UU)

Imagen: Jaime de los Ríos
Tanto se viene escribiendo, principalmente en tiempos recientes, sobre la convergencia de poesía y física que ya parece obsoleto dar crédito a la alerta que en 1959 lanzó el científico y novelista británico, Charles Percy Snow. El distanciamiento que en la cultura occidental existía entre las «dos culturas», como refirió a humanidades y ciencias, presentaba según él un grave obstáculo para resolver los problemas del mundo. Hoy día la transdisciplinariedad alienta muchos de los convenios y publicaciones en el mundo académico, y este número de Trépanos es un claro ejemplo del creciente interés por indagar en los medios de apropiación y cruce de fronteras entre las distintas disciplinas epistemológicas.
Si bien el desarrollo de la transdisciplinariedad, junto con el de la física cuántica y de los sistemas de información tuvo lugar en la segunda mitad del siglo XX, no hay que olvidar que, aunque la cultura y los sistemas educativos sean en gran parte responsables de la división entre las «dos culturas», su convergencia tiene acólitos desde épocas bien tempranas. De ello es testigo Clara Janés cuyos escritos dan evidencia de un acercamiento altamente transdisciplinar, remontándose a pensadores y filósofos clásicos, a mitologías y textos de civilizaciones no occidentales, y a señalar los indicios de teorías contemporáneas en épocas y autores precedentes. Lo que mueve a Clara Janés en su búsqueda transdisciplinaria es un «hondo deseo», afán, podría también llamarse, de un conocimiento que alimenta al intelecto pero que procede de la sabiduría del cuerpo pues, siguiendo a su admirado Erwin Shrödinger, para Janés todo el conocimiento proviene de los sentidos y sus experiencias y emociones. Y el conocimiento, donde intelecto y cuerpo se aúnan se resuelve en la poesía mediante la «gravedad del amor». [1] Entendemos que aplicar principios de la física cuántica a emociones humanas es una empresa altamente especulativa que muchos descartan. Por eso hay que dejar claro que partimos aquí del amor como metáfora de la enorme energía que posibilita el entrelazamiento de partículas, entrelazamiento que sobrepasa la proximidad física y cuya influencia hace que las partículas entrelazadas respondan instantáneamente, fundiéndose en un intercambio energético. Pues, como dice Nicolescu, el amor es «una resonancia energética» (2013, 75).
Es bien sabido que a principios del siglo XX se hizo evidente que los presupuestos de la física clásica no tenían la capacidad de afrontar los retos que presentaba la física cuántica con sus descubrimiento en torno a los fenómenos subatómicos. Cuando en 1900 Max Planck declaró que la energía debía entenderse como «discreta» por venir en «paquetes» o «cuantos», el choque que produjo, al romper con la creencia ya dogma de que la energía era continua, fue la razón de entender este evento como un «cambio de paradigma» [paradigm shift] [2]. La simetría y elegancia, que la física clásica atribuía a la belleza de sus fórmulas, tuvieron que dar entrada a principios que, probados experimentalmente, desafiaban esos presupuestos además del sentido común y la intuición. La indivisibilidad del observador y lo observado (en la interpretación de Copenhague liderada por Niels Bohr) daba fin a la supuesta objetividad de un observador distanciado del objeto de observación, y a la posibilidad de un conocimiento completo; los saltos cuánticos de un electrón pasando de una órbita a otra espontánea e inesperadamente eran para figuras como Einstein y Shrödinger no solo inaceptables sino dementes y descabellados; la imposibilidad de determinar al mismo tiempo la posición de una partícula, según probaba el Principio de Incertidumbre de Werner Heisenberg, hacia tambalear la noción de ser e identidad y, por mencionar alguno más, la exactitud atribuida tradicionalmente a la aritmética perdía su certeza cuando números como los infinitesimales y los teoremas de Kurt Gödel revelaban datos mucho menos fiables sobre límites intrínsecos a las matemáticas mismas. En el nuevo paradigma epistemológico de la física cuántica caen por tierra los absolutos de espacio y tiempo y las certezas del conocimiento en la física clásica para dar entrada al indeterminismo, la acausalidad, la incompletitud y la incertidumbre. En esa coyuntura se desarrolla la física de la poesía de Clara Janés. La lectura de sus poemas exige, por tanto, mantener activos ambos planos, la voz cuántica y su alegoría poética en tándem, con el conocimiento dual en alerta para detectar el amor como enlace energético entre ambos, y captar, de esa manera, el propósito interpretativo de la autora. Hay que activar la transdisciplinariedad y concebir las cosas desde ángulos diversos.
Y el propósito de la autora es factor esencial. Clara Janés admite la verdad que los experimentos han probado sobre la física cuántica. Al mismo tiempo, comparte con sus admirados Einstein y Shrödinger el desconcierto ante las «extrañezas» de la naturaleza y el cosmos que la cuántica revela y la esperanza de que puedan hallarse los teoremas y fórmulas que resulten en un cosmos armónico cuya perfección posea la completitud de la esfera. Su búsqueda intelectual y quehacer poético responden al hondo deseo de hallar esa teoría que Einstein llamó la Gran Teoría del Campo Unificado donde el electromagnetismo y la relatividad se fundirían, proporcionando la capacidad de explicar todos los fenómenos físicos, desde el mundo microscópico de las partículas subatómicas hasta el macroscópico del universo entero.
Mi foco en este ensayo, considerando las limitaciones del espacio, será en algunos de los hitos más destacados donde física y poesía convergen en los escritos de Clara Janés[3]. Tiene sentido entonces comenzar con la ruptura de la cuántica respecto a la continuidad de la energía en la física clásica por el carácter radical e importancia del cambio. La energía «discreta» postulada por los cuantos de Planck supuso una revolución en la manera de entender la materia y la radiación a nivel microscópico. Al introducir la constante fundamental de Planck, representada con la h, para relacionar la energía (E) de un fotón con su frecuencia (v), se marca la ruptura con la física clásica y el comienzo de la física cuántica.
En Orbes del sueño (Janés, 2013, 31) hallamos una articulación poética de este cambio con un rasgo propio del propósito interpretativo de Janés mencionado más arriba:
espacio es tiempo
belleza es simetría
que apacigua
la inestabilidad
del fragmento.
Los dos primeros versos aluden a la Relatividad, así como a la afiliación con la belleza y simetría en la física clásica. El espacio con sus tres dimensiones (longitud, anchura, altura) está unificado con la dimensión del tiempo, como señaló Hermann Minkowski al formular las cuatro dimensiones entendidas como un continuo, de modo que no es posible tratar el espacio y tiempo como absolutos y por separado. La ruptura provocada por la cuántica se introduce a continuación cuando tal unificación, ejemplo de simetría y belleza, «apacigua» la inestabilidad causada por los fragmentos de la discontinuidad cuántica. Como balance entre las dos teorías, Janés incluye un epígrafe de Parménides a la sección a que pertenece la cita que dice: «Todo está a la vez lleno de luz y de noche oscura … / Todo está lleno de ente; por ello es un todo continuo» (2013, 23). Parménides percibía el universo como un campo ontológico de unidad continua, eterna e inmutable, con los contrarios de luz y noche como representación de esa totalidad. Su cita en el texto emerge como un medio de dar credibilidad y autoridad al pensar conciliatorio entre los contrarios de la física clásica y la cuántica. Con igual intención conciliatoria, en su libro Variables ocultas leemos: «Amo las fórmulas, la inmovilidad de su perfección. Y la ruptura del salto» (2010, 93).
Las «variables ocultas» se entienden como un determinismo subyacente que afecta el comportamiento de las partículas. A ellas apelaron Einstein, Podolsky y Rosen en el ensayo de 1935 conocido por las siglas EPR con el fin de acabar con el indeterminismo de la física cuántica y, directamente expresar su desacuerdo con Niels Bohr y la interpretación de Copenhague para quien dicho indeterminismo era un factor intrínseco al universo. Esas variables, a las que se les asignaban resultados de medidas predeterminadas, no se pueden ni ver ni medir directamente, pero lo que los tres físicos proponían era que el comportamiento estocástico se debía entender como una mera apariencia pues, en realidad, se trataba de variables desconocidas funcionando según leyes deterministas.
En el poema citado de Orbes del sueño, Janes se refiere a dichas variables como «luminarias que se esfuerzan en ser agudizándose hacia el centro del sentido» (2013, 93). Con el verbo «agudizar», la hablante estaría dando ánimo a la propuesta en el ensayo EPR para que esas supuestas variables abandonaran su lugar subyacente y se situaran en el «centro del sentido». Pero el final, en los versos primeramente citados (2013, 93), y situados en punto y aparte respecto a la sección anterior de cinco versos, la hablante, reconociendo y admirando la inmóvil perfección de las fórmulas por la belleza de su simetría, de seguido nos dice que ama por igual «la ruptura del salto», ese abrupto, inesperado y espontáneo salto del electrón de una órbita a otra, tan vilipendiado por Einstein y Shrödinger. La hablante está en lo cierto al amar ambos contrarios pues, si bien las fórmulas poseen la inmovilidad que se atribuye a sistemas en equilibro, el salto permite un cambio en la dirección que revitaliza la inmovilidad del sistema evitando la entropía.
El «tercero oculto incluido» es el elemento intermediario que facilitará la complementariedad entre los contrarios. En el contexto de la física cuántica, el «tercero oculto» se basa en la lógica del tercero incluido del filósofo rumano Stephan Lupasco, y asociado con el trabajo de Basarab Nicolescu a quien Janés cita a menudo y dedica un poema titulado «Tercero oculto». Un tercer estado, que el tercero incluido postula, se daría entre los contrarios de onda y partícula, sugiriendo que la realidad es más compleja que ese binarismo intentando, al mismo tiempo, conciliarlo.
En el poema «Tercero oculto» (Janés, 2022, 21), las hojas de árboles y plantas en la naturaleza se superponen a las de la escritura, el canto del pájaro «llama al alfabeto» y «las gotas de agua suspendidas» son un «alado respirar» que, como la simetría «apaciguaba» la «inestabilidad del fragmento» en la cita de Orbes del sueño (2013, 31), aquí «apacigua / los turbiones oscuros / de la palabra». Y es así porque junto con Einstein y Shrödinger, Janés desea «apaciguar» las «extrañezas» de la cuántica como Lupasco y Nicolescu intentaron al introducir el tercero incluido. Semejante a los conflictos que genera el binomio partícula y onda al revelar el comportamiento contradictorio de la materia (en la superposición, el colapso de la función de onda, la imposibilidad de medir simultáneamente posición y movimiento), la palabra tiene sus «turbiones» que emergen entre sus sentidos directos y connotativos. Si de por medio se introdujera un tercer elemento, quizá sería posible volver a la «virginal llamada», forma pura «anulando los límites / que establece el otro / al enunciarse» (2022, 21). Los binomios sujeto/objeto, signo/cosa en los versos se «apaciguaría[n]» por un tercero oculto situado entremedio, funcionando como un interfaz facilitador de la comunicación entre distintos niveles de realidad. Si el tercero fuera «tristemente excluido», sería como decir que «está sentado entre dos sillas», y el «sinsentido» sería el signo de su ausencia (Nicolescu, 2013, 81).
Hay notables puntos de contacto en cuanto a su función entre el tercero incluido y el Principio de Complementariedad de Niels Bohr. La indivisibilidad del observador y fenómeno de observación con lo observado en la cuántica puso fin a la supuesta objetividad del observador que en la física clásica observaba al objeto desde una distancia y posición de jerarquía. Con la entrada de la conciencia del observador, la completitud y totalidad del conocimiento dio paso a la incompletitud y la incertidumbre. Con la Complementariedad Bohr diseñó la manera de recurrir a una descripción donde fuera posible considerar un evento o fenómeno mediante dos medios distintos de interpretación (Kothari, 1985, 325; Bohr, 1961, 10). Probaba así que no se trataba de que en la cuántica la partícula esté rota o la teoría sea incompleta, como postulaban sus detractores, sino que la «naturaleza tiene aspectos que son mutuamente exclusivos»: es posible ver la luz como onda o como partícula, pero nunca a la vez y la contradicción es un rasgo fundamental de la realidad. Mientras críticos de la cuántica seguían lamentando la pérdida de un cosmos predecible, la nueva física estaba elucidando aspectos de la química, la radiación y los conductores.
Además de su conexión con el tercero incluido, la Complementariedad está íntimamente relacionada con la superposición ya que en ambos casos se trata de aspectos que, en su exclusión mutua, se complementan, en vez de sumarse linealmente según el orden de la física clásica. La superposición, principio fundamental de la mecánica cuántica, describe cuando una partícula, electrón o fotón, se encuentra en una multiplicidad de estados o lugares posibles simultáneamente. El colapso se produce cuando la observación/medición tiene lugar. En el experimento de la rendija doble el fenómeno de la superposición es evidente pues prueba que el electrón y otras partículas parecidas crean una interferencia cuando, al no ser observadas, pasan por dos rendijas al mismo tiempo.
Dicha interferencia revela en la superposición los enlaces de las ondas tanto longitudinales como transversales y su mantenimiento de un estado de probabilidad que impide predecir su comportamiento. Janés escribe que la luz es «una y plural», que las superposiciones de partículas son tal «para que no se pueda ya / adivinar una forma», y que en esa «unidad integral» participan «todas las plantas, los animales, / los montes todos», pues se trata de una «coalescencia invocada / por el soplo interior / de la materia» (Ψ o el jardín de las delicias, 2014ª, 41, 42, 45). Esa articulación poética de la fusión invita a evitar que se produzca el colapso, manteniendo el estado de superposición donde todas las opciones son posibles.
La superposición no sostiene el entendimiento del ser como ente sólido y pleno de acuerdo con la física clásica, ya que nos hallamos en un ámbito de probabilidades, donde el ser y el no ser coexisten simultáneamente. Como la metáfora cuántica, la superposición crea un ámbito de irrealidad que resulta ser real. Es un motor que impulsa el avance de ir más allá de los límites, el motor, anhelo e impulso que mueve a Janés en sus poemas.
El primer poema de Ψ o el jardín de las delicias (Janés, 2014a), hace referencia al ejemplo quizá más citado para ilustrar el fenómeno de la superposición, el del gato de Shrödinger:
Entramos en el ser y no ser.
El felino acechaba.
En tus ojos
se fundió la esmeralda
de la visión. (2014a, 17)
Shrödinger diseñó este experimento mental para ilustrar los problemas que compartía con Einstein y otros, sobre Bohr y la interpretación de Copenhague. En una caja cerrada hay un gato hipotético que puede estar vivo o muerto al mismo tiempo debido a estar conectado a un evento subatómico, un átomo radioactivo que puede descomponerse y emitir radiación o no. El estado de vida o muerte del gato se determinaría al entrar en contacto con el mundo externo debido a la medición u observación. Un gato en un estado simultáneo de vivo o muerto mostraría, según Shrödinger lo absurdo de la Interpretación de Copenhague[4].
En los versos citados y bajo el acecho del gato, el yo y el tú se adentran en la superposición de ser y no ser. La esmeralda sugiere claridad en la percepción, y por los poderes curativos que se le atribuyen, no solo permite ver mejor sino ver más allá de lo que aparece en la superficie. Y en conexión con la Tabla Esmeralda de Hermes Trismegisto, el verde de la piedra preciosa adquiere un sentido místico. La fusión de la visión esmeralda en los ojos del tú sugiere un colapso del binomio yo/tú. Pero, como la hablante señala en el siguiente poema, ya no se trata del binomio yo/tú pues «tú estás en mí» (2014a, 18). En la articulación poética, el colapso no significa la reducción del potencial a un solo estado, sino el entrelazamiento de ambos. A ello se añade que la hablante declara desentenderse de lo que significa la h barrada de Planck, es decir, su constante, fundamental para la cuantización de la energía y el Principio de Incertidumbre, y de la letra griega o psi Ψ, que designa la función de onda desarrollada por Shrödinger. Lo que cuenta es un entrelazamiento cuya ignorancia de datos científicos es «luminosa» porque ahora se desliza «por la incertidumbre / hasta el hervidero de la disipación» (2014a, 21). Si bien la cuántica dice que la observación provoca el colapso, la hablante janesiana declara su propósito de darle su propio giro interpretativo declarando: «Es la vida que no es / si no te toca / el ojo amante». En vez de causar el colapso, el reconocimiento en la mirada del amante proclama el entrelazamiento en el amor y su gravedad. En el fenómeno de los entrelazamientos cuánticos, relacionado con la superposición y la complementariedad, las partículas están conectadas inseparablemente no importa el tiempo ni la distancia, tratándose de una conexión que subyace a la superposición y los experimentos en torno a la interferencia.
Las palabras en la alegoría poética efectivamente crean sus propios «turbiones».
El mantenimiento de la superposición en su estado más puro se identifica en Janés por su rico potencial creativo. Por eso teorías como la de los Muchos Mundos de Hugh Everett III (1957) se mencionan por sugerir que, como en la interpretación de Janés, el colapso no tiene lugar, pues observadora y sistema quedan entrelazados y las posibilidades todas se proyectan en diferentes universos.
Cerrar este breve recorrido requiere volver al primer poema citado de Orbes del sueño, perteneciente a la sección dedicada a la Relatividad en ese libro. Lo que Janés destaca en la articulación poética del gran descubrimiento de Einstein es su modo oculto, funcionando como trasfondo a modo de presencia subyacente inaccesible a la vista, aunque sus efectos en la gravedad, la tecnología GPS, la física de las partículas es fundamental; es como si se tratara de jugar al escondite, «Más se esconde [la relatividad] / más se manifiesta» (2013, 29). La «curvatura del universo» en el poema citado responde al resumen de John Wheeler de la relatividad general: «la materia le dice al espacio-tiempo cómo curvarse, y el espacio-tiempo le dice a la materia cómo moverse». La masa-energía que causa la curvatura, que Einstein postula en su famosa fórmula [E=m2], es «la galaxia oculta» en el poema, masa muy concentrada debido a la enorme cantidad de estrellas, gas y polvo.
Y esa «invisibilidad» de la relatividad, ocultándose, nos informa de que la materia no está compuesta de pequeñas bolitas sólidas sino de ondas inmateriales plenas de vibraciones y probabilidades, es decir, nos revela la inmaterialidad de la materia. El poema se refiere a esa materia de ondas invisibles como «la ignota trama» (2013, 31). Y Janés reconoce que todo lo existente constituye una trama: «El mundo es una telaraña dinámica; el vacío está lleno de vibraciones» (1999, 102). La trama describe una estructura cósmica invisible a gran escala, constituida por filamentos de materia oscura y gas que conecta galaxias y estrellas. Por su complejidad, el conocimiento que se pueda obtener de ella asume el carácter probabilístico. Como observadora con su herramienta del lenguaje, la poeta confronta la trama de la realidad cuyos enredos y fluctuaciones en el lenguaje busca captar mediante la metáfora y sus enlaces connotativos.
Los llamados «turbiones» que la palabra poética de Janés haya causado a la física y sus teorías responde al principio de que la creatividad estriba en la imaginación, en salirse de los confines asignados y explorar lo que se expande hacia un más allá. Asumiendo el desaliento provocado por los saltos y otras revelaciones cuánticas tan ajenas a aquella belleza de la simetría clásica, y recordando a Nicolás de Cusa en el siglo XV con su coincidentia oppositorum, y no digamos a san Juan de la Cruz en su unión mística, Janés da «el salto mortal» para unir los contrarios donde «la línea infinita / es línea, círculo y esfera y triángulo» (2014b, 31). Con la física cuántica, Janés afirma la indivisibilidad de cuerpo y mente, yo /tú, y se añade a los científicos en su constante exploración de los enigmas del universo aplicando, como ellos, un entendimiento que funde intelecto y vida. Y aunque reconoce que en esa empresa «se avanza no sin desconcierto» (2014b, 89), su quehacer poético sigue dando prueba de atender a ese hondo deseo transdisciplinario hacia «un más aquí-allá» donde cruzando niveles se va accediendo a entender ese energía vital, punto evanescente / que configura / vida» (2013, 20).
Bibliografía, notas y fuentes:
[0] El título procede, con alteración, de los versos: «vivo y soy alegoría / con voz mutante» (Janés, 2022,: 27).
[1] El físico teórico Basarab Nicolescu ha desarrollado la fórmula ciencia+amor=poesía, central en su trabajo sobre la transdisciplinariedad (1994, 53).
[2] El término paradigm shift procede del libro The Structure of Scientific Revolutions (1925), del historiador y filósofo de la ciencia Thomas Samuel Kuhn (1922-1996).
[3] Para un estudio más extendido sobre la convergencia de poesía y física en la obra de Clara Janés, véase Gala, 2021.
[4] Lo curioso de la superposición es que surge a partir de la ecuación lineal y diferencial de Shrödinger, uno de sus mayores detractores. Su famoso experimento del gato, ideado para mofarse de la interpretación de Copenhague, ha resultado ser uno de los ejemplos más citados para ilustrar el fenómeno de la superposición.
[1] El físico teórico Basarab Nicolescu ha desarrollado la fórmula ciencia+amor=poesía, central en su trabajo sobre la transdisciplinariedad (1994, 53).
[2] El término paradigm shift procede del libro The Structure of Scientific Revolutions (1925), del historiador y filósofo de la ciencia Thomas Samuel Kuhn (1922-1996).
[4] Lo curioso de la superposición es que surge a partir de la ecuación lineal y diferencial de Shrödinger, uno de sus mayores detractores. Su famoso experimento del gato, ideado para mofarse de la interpretación de Copenhague, ha resultado ser uno de los ejemplos más citados para ilustrar el fenómeno de la superposición.

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